La parábola del hijo pródigo

En el Evangelio según san Lucas aparecen una serie de parábolas -parábolas de la misericordia- en las que de modo gráfico, Jesús habla de la infinita y paternal misericordia de Dios, de su desvelo por cada uno de los hombres y de su alegría por la conversión del pecador. La meditación de estas enseñanzas del Señor es una fuente de confianza para nosotros.

Una de estas parábolas es la del hijo pródigo, pero que quizá sería mejor llamarla la del padre misericordioso. Es una de las parábolas más bellas de Cristo, en la que tiene enorme relieve el hecho mismo de la conversión. En ella Jesucristo describe de forma maravillosa el proceso de la conversión y de la penitencia de un joven que, deslumbrado por los espejuelos de este mundo, se metió en el fangoso camino del pecado y de la perdición.

En la parábola se habla también del hermano del pródigo. La actitud del hijo mayor también deja mucho que desear.

En el relato de la parábola aparece la realidad del pecado: ante un padre tan bueno, los hijos… uno le abandona y el otro le obedece refunfuñando. Uno busca una libertad sin obediencia; y el otro obedece sin libertad, sin amor. Verdaderamente el pecado es un mysterium iniquitatis (misterio de iniquidad).

Pero vayamos al texto evangélico.

Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde”. Y les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo más joven lo recogió todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente (Lc 15, 11-13).

Aquel joven abandonó la casa paterna con ansia de libertad, que bien pronto comprobará que es una libertad ilusoria, una verdadera esclavitud. ¡Cuántas personas no quieren llevar el yugo suave de Cristo! Y haciendo caso omiso de los mandamientos de la Ley de Dios se entregan al libertinaje. Ven en los mandamientos como algo negativo, como preceptos que limitan la libertad. Pero se equivocan, porque los mandamientos están puestos por Dios para nuestro bien. En ellos Dios -autor de la naturaleza humana y, por tanto, conocedor de lo que nos conviene y de lo que nos perjudica- nos manda cosas buenas y nos prohibe cosas malas. Los mandamientos se entienden, se convierten en fuerza liberadora, cuando uno procura entender y cumplir el gran mandamiento del amor a Dios sobre todas las cosas (Juan Pablo II, Homilía 18.V.88).

El hijo pródigo veía en la casa de su padre unos límites que coartaban su libertad. Lo tenía todo. El amor de su padre, el bienestar, la consideración de hijo, la honra… Pero para él esto era contrario a su libertad.

El hombre cuando peca pasa de la condición de hijo de Dios a ser esclavo de Satanás; de gozar de la libertad propia de los hijos de Dios a estar encadenado por el pecado. Quebranta los mandamientos de Dios haciendo mal uso de su libertad y se encuentra que ha perdido la libertad.

Malgastó allí su fortuna. El verdadero tesoro del hombre es la amistad con Dios, el estado de gracia. Con el pecado se pierde este tesoro. El alma queda privada de la gracia; la amistad con Dios se rompe; la paz y la alegría desaparecen; los méritos adquiridos anteriormente para alcanzar el premio de la felicidad eterna se esfuman.

Se dice que malgastó su fortuna viviendo lujuriosamente. Aquel joven se dejó arrastrar por las más bajas pasiones, y en vez de vivir como una persona humana tuvo un comportamiento propio de los animales que se dejan llevar por el instinto sexual. Llenó su corazón de impurezas, de aberraciones sexuales.

Los pecados de la carne -impureza de corazón- provocan la insensibilidad para las cosas de Dios, y también para muchas cosas humanas rectas, entre ellas, la de enamorarse limpiamente, castamente. El hijo pródigo perdió, pues, la capacidad de amar. Sólo un corazón limpio puede amar plenamente a Dios. Sólo un corazón limpio puede llevar plenamente a cabo la gran empresa de amor que es el matrimonio. Sólo un corazón limpio puede servir plenamente a los demás (Juan Pablo II, Homilía 12.VI.99).

Continuemos narrando la parábola. Después de gastarlo todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a sentir necesidad. Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras a cuidar puercos; le entraban ganas de comer las algarrobas que comían los puercos, y nadie se las daba (Lc 15, 14-16).

El relato de la parábola resalta la miseria extrema en que aquel joven se encontró tras haber malgastado su fortuna. También se hace referencia a la humillación profunda de verse obligado a apacentar puercos y, peor aún, la de desear alimentarse con las algarrobas que comían aquellos animales de la piara.

Comenzó a sentir necesidad. Vemos las tristes consecuencias del pecado. Con esa hambre se nos habla de la ansiedad y el vacío que siente el corazón del hombre cuando está lejos de Dios. El joven buscó la felicidad fuera de la casa de su padre y no la encontró. Igualmente, la persona que fuera de los caminos trazados por Dios quiere encontrar la felicidad, no la encuentra.

Fue y se puso a servir a un ciudadano de aquella tierra, que le mandó a sus campos a apacentar puercos. Con la servidumbre del hijo pródigo se nos describe la esclavitud a que queda sometido quien ha pecado. Por el pecado, como se ha dicho ya, el hombre pierde la libertad de los hijos de Dios y es sometido a la esclavitud de Satanás.

Deseaba llenar su estómago de las algarrobas que comían los puercos, y no le era permitido. Situación infrahumana del joven. Peor que los puercos. Y esto ocurre también cuando el hombre peca, cuando vive lejos de Dios, cuando está sumergido en el fango del pecado.

A continuación viene la parte en la que se habla del arrepentimiento del joven. Volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros (Lc. 15, 16‑19).

Aquel joven, al verse en la situación infrahumana en que había caído, recapacita: Cuántos jornaleros… y se arrepiente. Hay humildad. Reconoce su pecado, no lo justifica. Recapacitó: hizo examen de conciencia. Vence a la soberbia, pisotea su amor propio y se pone en camino hacia la casa paterna. Sabe que ha pecado contra Dios, contra su padre, y esto le duele. Hay contrición. Considera la bondad de su padre y el sufrimiento que le ha producido.

La reflexión sobre los bienes perdidos, el reconocimiento de su pecado, el arrepentimiento, la decisión de declararse culpable ante su padre y de emprender el camino de retorno, forman parte del proceso de la conversión.

Reconocer el propio pecado, es más, ‑yendo aún más a fondo en la consideración de la propia personalidad‑ reconocerse pecador, capaz de pecado e inclinado al pecado, es el principio indispensable para volver a Dios. Es la experiencia ejemplar de David, quien “tras haber cometido el mal a los ojos del Señor”, al ser reprendido por el profeta Natán exclama: “Reconozco mi culpa, mi pecado está siempre ante mí. Contra ti, contra ti pequé, cometí la maldad que aborreces”. El mismo Jesús pone en la boca y en el corazón del hijo pródigo aquellas significativas palabras: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Venerable Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paentientia).

Y levantándose, se vino a su padre. Cuando aún estaba lejos, le vio el padre, y, compadecido, corrió a él y se arrojó a su cuello y le cubrió de besos. Díjole el hijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: Pronto, traed la túnica más rica y vestídesela, poned un anillo en su mano y unas sandalias en sus pies, y traed un becerro bien cebado y matadle, y comamos y alegrémonos, porque este mi hijo, que había muerto, ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado. Y se pusieron a celebrar la fiesta (Lc 15, 20‑24).

El padre del hijo pródigo es figura de Dios. De un Dios rico en misericordia, que sale al encuentro del hombre pecador. Es un Padre amoroso que no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

La acogida generosa y llena de alegría del padre habla de la misericordia divina y del perdón que Dios otorga al pecador en el sacramento de la Penitencia.

El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de la vida nueva, pura, digna, llena de gozo que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.

Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores”. Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa “alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”. La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida “para remisión de los pecados” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 545).

Con esta parábola Jesucristo desea convencer a los que entonces le oían, y a los hombres de todos los tiempos, que nunca es tarde para el arrepentimiento; que nuestro Padre-Dios nos espera en todo momento, siempre pronto a recibirnos con misericordia y a limpiar nuestra alma -si hemos tenido la desgracia de alejarnos de Él por el pecado- en cuanto abrimos el corazón con sinceridad en la Confesión.

El Señor comienza la parábola hablando de dos hijos. Hasta ahora sólo se ha hablado del menor, pero en la parte final del relato se habla del hijo mayor.

El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a casa oyó la música y los cantos y, llamando a uno de los siervos, le preguntó qué pasaba. Éste le dijo: “Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano”. Se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a convencerle. Él replicó a su padre: “Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos. Pero en cuanto ha venido ese hijo tuyo que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero cebado”. Pero él respondió: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado” (Lc 15, 25-32).

La conducta del hijo mayor era una reacción de despecho, que causó pena al padre. ¿Cómo era posible no gozarse ante la recuperación del hermano perdido?

Es tan grande la misericordia divina, que los hombres -pequeños y limitados- somos incapaces de comprenderla, y quizá nos indignamos ante tanto derroche de amor, como el hijo mayor de la parábola, que no es capaz de compartir la alegría de su padre. Ante tal posibilidad, hemos de meditar lo que escribió san Josemaría Escrivá: es verdad que fue pecador. -Pero no formes sobre él ese juicio inconmovible. -Ten entrañas de piedad, y no olvides que aún puede ser un Agustín, mientras tú no pasas de mediocre (Camino, n. 675).

Por otra parte, es lógico considerar que si Dios tiene tanta compasión de los pecadores, mucha más tendrá de los que se esfuerzan -dentro de sus limitaciones- por mantenerse fieles. Nuestro Padre Dios, cuando acudimos a Él con arrepentimiento, saca, de nuestra miseria, riqueza; de nuestra debilidad, fortaleza. ¿Qué nos preparará, si no lo abandonamos, si lo frecuentamos cada día, si le dirigimos palabras de cariño confirmado con nuestras acciones, si le pedimos todo, confiados en su omnipotencia y en su misericordia? Sólo por volver a Él su hijo, después de traicionarle, prepara una fiesta: ¿qué nos otorgará, si siempre hemos procurado quedarnos a su lado? (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 309).

La parábola no dice nada de la madre de aquellos dos hijos. No es difícil imaginar que compartiría la misma pena que el padre al ver irse al más joven, pero también la alegría de verle de nuevo en casa. Santa María es Refugio de pecadores y a Ella le pedimos que siempre tengamos el corazón bien contrito, y que no permita que nos alejemos de la casa paterna. Y si alguna vez tenemos esa desgracia, que enseguida hagamos como el hijo pródigo, emprendiendo el retorno a la casa del Padre mediante el sacramento de la Penitencia.

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8 Respuestas a “La parábola del hijo pródigo

  1. S eo.y catequista Colombiana .dios los vendiga por el aporte tan importane,me es de gran utilidad

  2. No podemos enviar a un hombre justo e inexperto al campo de batalla porque terminaria siendo crucificado, es mejor enviar a un perverso que con su malicia sepa sortear las intrigas del rival.

  3. ME ENCANTÓ ESTÁ CATEQUESIS !!! ES MUY BUENA !!! ME SIRVIÓ PARA VER CON LOS CATEQUISTAS PECADO, CONVERSIÓN Y RECONCILIACIÓN !!! GRACIAS!!!! SIGAN HACUENDO ESTOS APORTES. DIOS LOS BENDIGA !!!

  4. Esta parabola de Jesus es muy rica pues nos hace ver que aveces tenemos esas pobrezas en nuestro corazon y no las podemos reconocer hasta que nos pasa algo y comenzamos a preguntarnos que es lo que estamos haciendo mal !Que La Misericordia Divina sea para toda la humanidad un ejemplo a seguir ya que nos cuesta tanto reconocernos pecadores¡Un abrazo en el amor de Xto.

  5. que sacramento hace referencia a esta parabola

  6. Sabia reflexión de la parábola. Gracias por su ayuda

  7. que lindo mensaje este del hijo prodigo este asido parte de mi conbercion celos recomiendo mucho

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