La conciencia

La conciencia nos la ha dado dios para que, teniendo en cuenta las normas morales, podamos conocer y distinguir el bien y el mal en cada acción concreta. Gracias a la conciencia, nuestra inteligencia es capaz de captar la bondad o malicia de cada uno de nuestros actos, con sus circunstancias peculairaes y concretas, a la luz de la ley moral.

Es evidente, por tanto, que la conciencia no determina (no “crea”) el bien o el mal, porque eso está ya establecido por Dios. Pero, acierta siemprela conciencia en sus juicios morales? Puede a veces suceder (como ocurriría en el caso de una brújula que estuviera afectada por algo, un imán, por ejemplo) que la conciencia no acierte a señalar el bien y el mal. Por eso, la conciencia ouede ser verdadera (cuando acierta) o errónea (cuando está equivocada).

Conciencia verdadera es la que juzga en conformdad con los principios rectos de la moral. Conciencia errónea es la que toma por bueno lo que objetivamente es malo o toma por malo lo que en realidad está moralmente bien.

Todos tenemos una grave obligación de formar bien nuestra conciencia, para que ésta “funcione” bien y acierte en sus juicios. La ignorancia (y el error) en la conciencia puede ser culpable o no culpable.

a) Hay ignorancia culpableen la conciencia cuando no se ha puesto la debida diligencia para tenerla bien formada; por ejemplo, porque uno no quiere saber siestá bien o mal lo que va a hacer.

b) La ignorancia no culpable de la conciencia (que también se llama “ignorancia invencible”) elimina la responsabilidad moral. Por ejemplo, el que falta al tercer mandamiento al no acudir a Misa un día de precepto porque desconoce que ese día sea una fiesta de guardar.

Cuando se tiene conciencia dudosa de si algo está bien o mal, ante decisiones importantes, no se debe actuar sin preguntar antes y pedir consejo para salir de la duda y poder tomar la decisión correcta.

El cristiano debe formarbien su conciencia y conocer bien las leyes morales (los Mandamientos de la Ley de Dios y la ley moral de Cristotal como la enseña la Iglesia), pues el bien y el mal no son entidades puramente abstractas o a nuestro capricho, sino que se ordenan según unas normas morales que deben ser conocidas y respetadas.

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