El Papa de la sonrisa (Juan Pablo I)

Semblanza de Juan Pablo I

Tiempos difíciles

A medianoche del 6 de agosto de 1978, la bandera amarilla y blanca del Vaticano ondeaba a media asta. Pablo VI, sucesor de san Pedro, servus servorum Dei, había fallecido.

En el momento de producirse la vacante de la Sede Apostólica, el estado de la Iglesia no era precisamente de los menos duros. Todos sus dogmas eran puestos en tela de juicio por algunas mentes oblicuas y sinuosas que no atacaban de frente pero que, poco a poco, los iban vaciando de contenido. Se cuestionaba la presencia real de Jesucristo en las especies eucarísticas. El hecho milagroso de la Resurrección de Cristo no era reconocido como un hecho histórico sino como una hipótesis según la cual la resurrección había sido un producto de la credulidad de los Apóstoles. Voces heréticas negaban la Concepción Inmaculada de Santa María y su virginidad perpetua. El Primado de Pedro era combatido…

Los abusos en materia litúrgica estaban a la orden del día, siendo especialmente maltratados los sacramentos. Las normas emanadas de la autoridad eclesiástica eran objeto de réplica contestataria. Las admoniciones de Roma eran consideradas como sugerencias, y sus reprimendas parecían ser tomadas como cumplidos.

Privados del catecismo, en unos casos; desorientados por catecismos heréticos, en otros;  adoctrinados por teólogos que, en lugar de proporcionarles nociones claras y concisas, les obsequiaban con sus dudas, los cristianos ya no sabían en qué debían creer o no creer, y sufrían, mientras proseguía la desbandada silenciosa de los fieles que iba despoblando los templos, a la vez que muchos conventos se vaciaban no tan silenciosamente.

El cardenal patriarca de Venecia, Albino Luciani, era lúcidamente consciente de la gravedad del momento que atravesaba la Iglesia y del enorme peso que caería sobre el futuro papa dirigirla. En la homilía hizo referencia al calvario de Pablo VI: Defender y conservar la fe fue el primer punto de su programa. En el discurso de coronación, el 30 de junio de 1963, había declarado: “Defenderemos a la Santa Iglesia de los errores de doctrina y de costumbre que, dentro y fuera de sus fronteras, amenazan su integridad y oscurecen su belleza”. San Pablo había escrito  a los Gálatas: “Si un ángel bajado del cielo os anunciara una buena nueva distinta de la que os hemos anunciado, ¡fuera con él!” (Ga 1, 8). En nuestros días, los ángeles pueden ser la cultura, la modernidad, el “aggiornamiento”. Todas estas cosas las apreciaba el papa Pablo VI, pero cuando le parecieron contrarias al Evangelio y a su doctrina, las rechazó inflexiblemente. Basta citar la “Humanae vitae”, su “Credo”, su  postura acerca del catecismo holandés, la clara afirmación  sobre la existencia del diablo. Alguien ha dicho que la “Humanae vitae” representó el suicidio de Pablo VI, la caída de su popularidad y el comienzo de las feroces críticas. Sí, en cierto sentido es así, pero él lo había previsto y, siempre con san Pablo, se había dicho: “Qué, ¿trato ahora de congraciarme con los hombres o con Dios?, o ¿busco yo contentar a los hombres? Si todavía tratara de contentar a los hombres, no podría estar al servicio de Cristo” (Ga 1, 10).

No ignoraba, pues, el cardenal Luciani que el sucesor de Pablo VI iba a encontrar la incomprensión del mundo; no se hacía ilusiones.

La elección del nuevo papa

Para asistir al cónclave, el cardenal Luciani viaja a Roma. El 24 de agosto, víspera del cónclave, el Patriarca de Venecia se dedica a escribir. En una carta dirigida a un pariente, dice: No sé cuánto durará el cónclave. Es difícil encontrar la persona adecuada para enfrentarse con tantos problemas, que son cruces muy pesadas. Por fortuna, yo estoy fuera de peligro. Ya es bastante grave votar en estas circunstancias. Y a un conocido suyo le escribe: El momento es verdaderamente importante para la Iglesia. Aunque quien la guía, en definitiva, es el Señor, es muy importante que el Vicario de Cristo sea un verdadero hombre de Dios. Contribuir con el voto a su elección, indicar a una persona y decirle al Señor: “acéptalo” es una gran responsabilidad que pesa mucho. Afortunadamente, estoy seguro de que esa persona no voy a ser yo, a pesar de algunos chismorreos de los periódicos. “Son sólo cábalas”, diría Pío X.

El 25, por la tarde, aproximadamente hacia la cinco, el último de los cardenales atraviesa la puerta de la Capilla Sixtina. En ese momento termina el canto del Veni Creator. Poco después, monseñor Virgilio Noé, maestro de ceremonias, se acerca al umbral y con voz imperiosa pronuncia las palabras del Ritual: Extra omnes! (¡fuera todo el mundo!). La puerta es cerrada. La custodia del cónclave por el exterior está confiada por vez al Prefecto de la Casa Pontificia, monseñor Jacques Martin, al Delegado especial de la Pontificia Comisión para la Ciudad del Vaticano y al Comandante de la Guardia Suiza, coronel Pfyffer von Altishofen.

La mayoría de los cardenales no están familiarizados con las diversas estancias de los Palacios Apostólicos. En la misma noche de la clausura, uno de ellos, el cardenal filipino Sin, coincide con el cardenal Luciani en un ascensor. Aprovecha la circunstancia para preguntarle dónde hay un lavabo. El interpelado responde: No lo sé. Esto es tan grande… Y de inmediato, el purpurado asiático, sin pensarlo dos veces y quizá en broma, le dice: Pues lo vas a saber pronto, porque vas a ser dueño de esta casa. Luciani, riéndose, contesta: ¿Eres tú profeta? Y luego, más serio: Pobre de este papa que va a salir. Hay tempestades… El cardenal Sin hace alusión a las palabras del Evangelio: No temas.

En la tarde del 26 de agosto, en la segunda fumata del día, empieza a salir por la chimenea de la Sixtina un humo grisáceo. Aunque con poca precisión, la fumata cumple su misión: los cardenales han elegido al nuevo papa.

En la Capilla Sixtina, después de haberse realizado el escrutinio que le eleva a la Sede de San Pedro, Albino Luciani, ya convertido en papa, se enfada con los cardenales y les dirige las mismas palabras que siglos antes dijera san Bernardo con motivo de una elección, en la que el santo abad fue elegido para regir la comunidad cisterciense de su monasterio: ¿Qué habéis hecho? Que Dios os perdone.

Han de transcurrir aún algunos minutos hasta que, muy lentamente, se abra la ventana de la fachada principal de la Basílica de San Pedro. Por fin se abre. Precedido de una cruz procesional, aparece el cardenal protodiácono, Pericles Felici, que pronuncia pausadamente las solemnes palabras del Ritual: Os anuncio una alegría grande. ¡Tenemos papa! El Eminentísimo y Reverendísimo Señor Albino Cardenal de la Santa Iglesia Romana Luciani, que ha tomado el nombre de Juan Pablo I.

Hijo de un emigrante

Albino Luciani nació el 17 de octubre de 1912, en el seno de una familia humilde, en Canale d’Agordo, pueblecito del Valle de Cordevole, en la provincia de Belluno. Fue bautizado casi inmediatamente después de ver la luz en la casa de la comadrona, por considerarse que su vida peligraba.

En Canale d’Agordo, de marzo a octubre se quedaban sólo las mujeres y los niños, pues no había trabajo en la comarca por ser una de las más desoladas de Italia. Los hombres se iban todos, unos a Alemania, otros a Suiza. El padre de Albino no fue una excepción.

Con el marido en el extranjero, la madre de Albino, Bortola Tancon, llevaba prácticamente todo el peso de la familia. Era una mujer sencilla, muy católica. Se sabía casi todo el Catecismo de San Pío X de memoria, y lo enseñaba a sus hijos, a veces mientras los lavaba y los vestía.

Albino vivió los años de su infancia en medio de padecimientos y estrecheces, por lo que su salud se resintió. Fueron tiempos de mayor pobreza en la región, en los que se comía poco, lo que se podía: a veces, hasta las raíces silvestres de los prados condimentadas con un poco de mantequilla. Sin embargo, Albino era un niño muy vivo. A menudo era él quien inducía a sus compañeros a hacer novillos para ir a los bosques a capturar pajarillos. O bien organizaba verdaderas batallas con bolas de nieve y peleas a puñetazos. Más tarde confesaría: A veces “encajaba” un poco y “arreaba” otro poco, tratando de igualar entradas y salidas.

A los diez años manifestó a su madre el deseo de ser sacerdote. Bortola le sugirió que hablase con el párroco, don Filippo Carli, que a su vez aconsejó al muchacho que si de veras sentía vocación ingresara en el Seminario Menor de Feltre donde, de todos modos, podría continuar los estudios. Como era necesario el permiso paterno, Albino escribió a su padre, que, como de costumbre, se encontraba en el extranjero, para manifestarle su deseo. El padre, a pesar de la sorpresa que representó para él la decisión de su hijo y la carga económica que tendría que soportar la familia, le respondió: Haz lo que quieras.

Seminarista

Los años de estudios en el seminario fueron difíciles para Albino: pusieron a prueba su estado físico, ya debilitado por una broncopulmonía mal curada cuando tenía tres años. El régimen del internado era duro y riguroso; las comidas, más bien franciscanas; el descanso nocturno, corto; las horas de estudio y oración, largas y fatigosas. Por dos veces el joven seminarista tuvo que regresar a su casa a consecuencia de amagos de tuberculosis, y por dos veces, apenas curado, quiso volver al seminario.

En los períodos de vacaciones, Albino ayudaba en la parroquia de su pueblo. Sin duda alguna, la persona que más le influyó fue el párroco, don Filippo Carli. De él aprendió a hablar con sencillez. Don Filippo le decía: Albino, cuando hables desde el púlpito, piensa siempre en la viejecita más inculta. Te debe entender ella también.

El párroco le encargó que enseñara el catecismo después de la misa dominical de las diez. Albino llamaba por su nombre a los chicos, hacía que se le acercaran de uno en uno. Tenía una agudeza particular. Para hacerse entender, usaba anécdotas sacadas de la Historia, de la Literatura y de vidas de santos, de modos de decir populares y ocurrencias. En una ocasión, para explicar la diferencia entre pecado venial y mortal puso el siguiente ejemplo: Si robas una manzana del huerto de tu  abuelo ‑decía‑, es pecado venial. Pero si un extraño entra en el mismo huerto y se lleva una cesta entera, entonces el pecado es más grave. Todos entendían y se divertían.

Buen estudiante, obtuvo en el seminario calificaciones brillantes. Lo recuerdo como un muchacho listísimo y de inteligencia excepcional ‑dijo un compañero suyo de estudios‑. Lo que más me sorprendía era su capacidad para leer libro tras libro y recordarlos con sorprendente nitidez.

Joven sacerdote

Recibió la ordenación sacerdotal el 7 de julio de 1935, pero su salud seguía endeble. La afección pulmonar se le reprodujo y para recuperarse estuvo una temporada en un sanatorio. Él mismo, más tarde, escribió: Me acordé de  ella (santa Teresa del Niño Jesús) cuando me llevaron enfermo al sanatorio. Eran aquéllos unos años en los que no se habían descubierto todavía la penicilina y los antibióticos, y la perspectiva que se le presentaba al paciente era una muerte más o menos próxima. Me avergoncé de haber pasado un poco de miedo. “Teresa a sus veintitrés años, hasta entonces sana y rebosando vitalidad ‑me dije‑, se inundó de alegría y esperanza cuando sintió que le venía a la boca la primera hemoptisis. Por si esto fuera poco, y quitándole importancia a su mal, consiguió llevar hasta el final el ayuno a pan y agua. ¿Y tú te vas a echar a temblar? Eres sacerdote, ¡despierta, no hagas el tonto!”

Al salir del sanatorio, marchó a Canale d’Agordo a respirar el aire de su valle, lo que aprovechó para desarrollar las tareas de coadjutor en la parroquia. Recordaba tiempo después el párroco de entonces, Augusto Bramezza: Un día vi llegar a mi casa a un cura joven, pálido, de aspecto tímido, que me dijo: “¿Qué debo hacer para ser útil?” La primera tarea que le asigné fue que cuidase de los niños y los hiciera jugar, y lo consiguió de un modo espléndido: era un auténtico genio para contar fábulas, de las que sacaba con agudeza un sentido moral. Y los niños lo escuchaban boquiabiertos.

Lo que más le hubiera gustado al joven sacerdote era ser párroco, pero nunca lo fue. Tuvo otros cargos: profesor, vicerrector del seminario, vicario general…  a lo largo de su vida, pero nunca desaprovechó la ocasión de  ser pastor. Una vez, siendo vicario general, envió a un antiguo compañero suyo del seminario como párroco a un pueblo destruido por la guerra; era un sacerdote con excelentes dotes de organización, pero descuidaba la vida de la comunidad parroquial. Entonces Albino se acercó él mismo a aquella parroquia, en donde permaneció una semana hablando con los jóvenes, dando clases…

En 1941 se matriculó en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma. Su obispo, monseñor Cattarossi, no quiso verse privado de su trabajo de docente, y consiguió de Pío XII para Luciani una dispensa expresa de la asistencia a las clases.

Con una tesis sobre Rosmini consiguió en 1947 el doctorado en Teología. Y durante más de veinte años enseñó Teología Dogmática, Sagrada Escritura y Derecho Canónico, al tiempo que ejercía cargos de gran responsabilidad en su diócesis.

Obispo

Al comienzo del año 1945 el Papa nombró obispo de Belluno y de Feltre a un capuchino apellidado Bortignon. Entre Luciani y el obispo se estableció en seguida una simpatía y estima recíprocas. Apenas conseguido el doctorado, Bortignon lo nombró procanciller, confiándole la tarea de preparar el sínodo interdiocesano de Belluno y de Feltre, que para aquella época representaba una novedad: se trataba de estimular a los sacerdotes a que buscaran una línea eclesiástica más adecuada a la situación histórica de la zona. El éxito alcanzado en el sínodo le valió primero, el ascenso a provicario, y luego, a vicario general. También fue nombrado director del Secretariado de Catequesis.

En 1948 falleció su madre a los setenta años, cuando al fin podía disfrutar de un poco de paz, junto a su marido, jubilado desde hacía cuatro años. Noté que se hacía un vacío dentro de mí ‑dijo Albino‑. Fue una madre diligente, sensible y cariñosa. Nos enseñó mucho, sobre todo el valor del verdadero amor a Dios y al prójimo. En estos momentos tan dolorosos, uno busca refugio más que nunca en el consuelo de la Iglesia cristiana, con la certeza de que ella ha alcanzado la felicidad eterna.

Su padre moriría en 1952, en el umbral de los ochenta años y perfectamente reconciliado con Dios.

El 15 de diciembre de 1958, Albino Luciani fue nombrado obispo por el beato Juan XXIII. El Papa que acababa de ser elegido había dejado vacante la sede Patriarcal de Venecia. Por tanto, era necesario nombrar un nuevo patriarca para la sede de San Marcos. Fue designado Giovanni Urbani, obispo de Verona, y Giuseppe Carraro fue trasladado a la diócesis de Verona desde la sede episcopal de Vittorio Veneto.

Como consecuencia de los cambios habidos, quedaba vacante la última diócesis citada. Para cubrirla el papa Juan XXIII pidió consejo a Girolamo Bortignon, que ocupaba a la sazón la sede de Padua. -Debería indicarme un buen sacerdote de su diócesis para enviar a Vittorio Veneto. Bortignon le respondió: -A decir verdad, entre los paduanos no sabría a quien indicaros. En cambio, en Belluno, hay un joven sacerdote, un tal Luciani, que parece que de un momento a otro se va a romper en dos… pero yo os lo aconsejaría. -Lo conozco, lo conozco, dijo con una amplia sonrisa el papa Roncalli.

No había olvidado Juan XXIII que, siendo patriarca de Venecia, efectuó dos viajes en tren con un sacerdote llamado Albino Luciani. Tampoco a éste se le olvidaron estos viajes con el cardenal Roncalli: No me dejó casi nunca abrir la boca ‑contó Luciani años después, cuando Roncalli ya era papa‑. Siempre hablaba él y yo me limitaba tímidamente a escucharle.

En 1957 había tenido lugar otro encuentro. Roncalli había decidido pasar unos días de descanso en una casa veraniega situada en San Vito di Candore, en la región de Belluno, y se detuvo en la curia al pasar para hablar con el obispo, pero éste a la sazón se hallaba ausente. En cambio, se encontró con Albino Luciani, que lo recibió con gran cortesía y luego lo acompañó a San Vito. Posiblemente, en aquella ocasión se conocieron mejor.

El mismo Juan XXIII quiso consagrarle obispo en la Basílica de San Pedro de Roma, actuando también en el solemne rito los obispos monseñor Bortignon y monseñor Muccin, éste último obispo residencial de la diócesis de Belluno y de Feltre.

El lema episcopal adoptado por Luciani fue Humilitas. Y la humildad fue el rasgo peculiar de la personalidad del nuevo obispo. La homilía pronunciada en la fiesta de la Epifanía del Señor en su pueblo natal, Canale d’Agordo, tras su consagración episcopal, es un ejemplo de humildad: No sé qué habrá pensado el Señor, qué habrá pensado el Papa, qué habrá pensado la Divina Providencia de mí. En estos días estoy pensando que el Señor usa conmigo su viejo sistema: saca a los pequeños del barro de la calle y los pone en lo alto, saca a la gente de los campos, de las redes de mar, del lago y los hace apóstoles. Es su viejo sistema. Ciertas cosas el Señor no las quiere escribir ni en el bronce, ni en el mármol, sino en el polvo, para que si la escritura permanece,  no se la lleva el viento, quede bien claro que todo es obra y mérito del Señor. Yo soy el pequeño de antaño, yo soy el que viene del campo, yo soy el puro y pobre polvo; sobre este polvo el Señor ha escrito la dignidad episcopal de la ilustre diócesis de Vittorio Veneto. Si algo bueno nace de todo esto, que quede claro ya desde ahora: es sólo fruto de la bondad, de la gracia, de la misericordia del Señor.

También en la primera homilía en la catedral de Vittorio Veneto, cinco días después, se aprecia su profunda humildad de saberse solamente un instrumento en las manos de Dios: Uno de los obispos más brillantes fue san Pablo Apóstol, el cual decía de su predicación en Corinto: “Yo planté la semilla, pero quien dio el crecimiento fue Dios”. No se trata de ir con prisas, se trata sólo de misericordia y delicadeza de Dios. Yo, obispo, y mis sacerdotes podemos instruir, iluminar, incluso convencer, pero nada más; sólo Dios puede llegar a vuestro corazón y convertiros…

En el transcurso de los once años que estuvo gobernando la diócesis de Vittorio Veneto, se celebró en Roma un acontecimiento de suma importancia para la vida de la Iglesia: el Concilio Vaticano II. Monseñor Luciani como padre conciliar participó en todas las sesiones.

En la Sede de San Marcos

Después de la muerte del cardenal Urbani, patriarca de Venecia, el papa Pablo VI designó a Albino Luciani como sucesor. Era el 15 de septiembre de 1969. Cuando Pablo VI lo llamó a Roma para informarle personalmente del nombramiento, monseñor Luciani objetó al Papa: Lo siento mucho, Santidad, pero no creo que pudiera salir adelante. Tengo la voz cada día más débil y una salud muy endeble. Pablo VI le contestó: ¡Ánimo, ánimo! Por lo que se refiere a la voz, hoy existen los micrófonos. En cuanto a la salud…; bueno, siempre se encuentra en las manos de Dios.

Al llegar el momento de la despedida de la diócesis de Vittorio Veneto, los fieles quisieron demostrarle el afecto que por él sentían con una colecta que recaudó una gran suma de dinero. Pero Luciani la rechazó cortésmente: Gracias ‑dijo, devolviendo el dinero‑. Llegué aquí sin un céntimo y sin un céntimo quiero salir.

Tomó posesión de su nueva sede el 3 de febrero de 1970 con una solemne ceremonia en la Catedral de San Marcos.

En la ciudad de las góndolas continuó su magisterio. El patriarca Luciani fue un pedagogo cristiano por excelencia, que puso sus innumerables conocimientos al servicio de la predicación. Admiraba sin reservas a su paisano san Pío X: Tenía el catecismo en la sangre. Lo mismo ha podido decirse de él. Efectivamente, fue la catequesis el sector de vida cristiana al que más intensamente se dedicó, tanto en la práctica como en la teoría, no solamente cuando era simple sacerdote, sino también cuando fue obispo y, más tarde, cardenal patriarca. Basta recordar su espléndido Catecismo en migajas, publicado en 1949, como también sus puntuales intervenciones en el Sínodo de Obispos de 1977 que trató sobre la catequesis.

Con frecuencia hablaba de la importancia de la enseñanza del Catecismo: Los chicos que hoy se preparan para la Primera Comunión no tienen ni idea ‑decía‑. Es menester que aprendan algunas fórmulas de memoria. También es cierto que se necesitan buenos catequistas que sepan explicarlas.

De su época en Venecia son sus cartas cristianas, publicadas en la revista Messaggero di San Antonio y recogidas en el libro Ilustrísimos Señores. Las cartas están dirigidas a personajes históricos y de ficción de todos los tiempos y lugares, como Pinocho, san Bernardino de Siena, Hipócrates, santa Teresa de Ávila, san Buenaventura, Fígaro, etc. Escritas con una prosa periodística y ágil, notablemente ingeniosa ‑amén de espiritual‑, de indudable carácter popular. Es un  epistolario vivo, surgido de una cultura sorprendente y moderna que hace renacer una apologética poderosa, aunque afable, sin reticencias y sin ampulosas citas culturales, rica en episodios de la vida diaria; una apologética que establece la lógica de la vida y de la muerte, para los avatares de nuestro tiempo. Presentado a la luz de la sabiduría eterna, es toda una defensa de la persona y de la sociedad.

Su temperamento de catequista le hacía buscar en la comunicación escrita el cauce para difundir la luz, la alegría, la esperanza, la paz de la doctrina cristiana al mayor número de personas. Escribió artículos en diversas publicaciones. El último, antes de ser elegido papa, vio la luz en el diario veneciano Il Gazzettino, y versa sobre el hoy ya san Josemaría Escrivá y la obra universal que fundó: el Opus Dei.

La sonrisa de un breve pontificado

Poco más de un mes ‑33 días‑ fue la duración del pontificado de Juan Pablo I. El papa Luciani, en tan breve tiempo, supo ganarse, con su espontánea sonrisa y su palabra llena de unción, el corazón de los fieles y de millones de criaturas de otras creencias. A todos hizo experimentar la alegría de oír hablar de Dios con palabras claras, sencillas, estimulantes.

No tuvo tiempo de escribir una sola encíclica o constitución apostólica, ni siquiera un documento de menor rango, pero con una catequesis, en la que no faltaban pequeñas anécdotas personales, ejemplos tomados del inmenso caudal de literatura que había asimilado en toda su vida, se impuso a las almas con la fuerza del Espíritu.

En los pocos días de su servicio a la Iglesia desde la Sede del Pescador de Galilea repitió más de una vez: Os quiero explicar estas verdades como un catequista de parroquia. (…) No puedo hacer otra cosa que repetir las verdades del Evangelio como hacía en la iglesia de mi pueblo. (…) En el fondo es esto de lo que tienen necesidad los hombres, y yo soy sobre todo un pastor de almas; entre el párroco de mi pueblo y yo no hay sino una diferencia en el número de los que me han sido confiados, pero la tarea es la misma: hablar de Cristo y de su palabra.

Las comparaciones, las referencias sencillas, a veces los ejemplos y expresiones humorísticas, no eran un recurso para entretener. Eran los apoyos necesarios para transmitir las verdades evangélicas y hacerlas comprensibles a todos. Y como el Maestro, de quien fue su Vicario en la tierra, enseñaba por medio de parábolas.

Su catequesis quedará para siempre en el recuerdo como un mensaje luminoso y alegre de fe, amor y esperanza para la humanidad. En su paso por la historia, Juan Pablo I ha dejado esculpido un modelo maravilloso de catequista: hombre firme en la doctrina, hombre de estudio, oración y celo por las almas, con una bondad cautivadora, fruto de la humildad y de una fuerte unión con Dios, capaz de hacer amable las exigencias de la virtud.

Juan Pablo I, en su primera alocución dominical, al día siguiente de su elección, antes del rezo del Angelus y desde el balcón de la loggia central de la basílica vaticana, dijo a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro a modo de presentación: Ayer por la mañana, fui a la Sixtina a votar tranquilamente. Nunca había imaginado lo que iba a suceder. Apenas comenzó el peligro para mí, los dos compañeros que tenía al lado me susurraron palabras de ánimo. Uno me dijo: “Ánimo, si el Señor da un peso, dará también las fuerzas para llevarlo”. Y el otro compañero: “No tenga miedo, en el mundo entero hay mucha gente que reza por el nuevo Papa”. Al llegar el momento, he aceptado.

A continuación explicó el motivo por el cual había elegido el nombre compuesto de Juan Pablo: Después vino la cuestión del  nombre, porque preguntan también qué nombre se quiere tomar, y yo había pensado poco en ello. Hice este razonamiento: el papa Juan quiso consagrarme él personalmente aquí, en la Basílica de San Pedro. Después, aunque indignamente, en Venecia le he sucedido en la Cátedra de San Marcos, en esa Venecia que  todavía está completamente llena del papa Juan. Lo recuerdan los gondoleros, las religiosas, todos. Pero el papa Pablo no sólo me ha hecho cardenal, sino que algunos meses antes, sobre el estrado de la Plaza de San Marcos, me hizo poner completamente colorado ante veinte mil personas, porque se quitó la estola y me la puso sobre las espaldas. Jamás me he puesto tan rojo. Por otra parte, en quince años de pontificado este papa ha demostrado, no sólo a mí, sino a todo el mundo, cómo se ama, cómo se sirve y cómo se trabaja y se sufre por la Iglesia de Cristo. Por estas razones dije: me llamaré Juan Pablo.

Con un gesto de humildad terminó su alocución pidiendo oraciones por su persona Entendámonos, yo no tengo la “sapientia cordis” del papa Juan, ni tampoco la preparación y la cultura del papa Pablo, pero estoy en su puesto, y debo tratar de servir a la Iglesia. Espero que me ayudéis con vuestras plegarias.

Alocuciones

En la alocución del domingo siguiente hizo referencia a san Gregorio I Magno, cuya fiesta se celebraba: Fue muy bueno con los pobres. Convirtió a Inglaterra. Y sobre todo escribió libros muy bellos; uno de ellos es la “Regula pastoralis”, en ella enseña a los obispos su misión, y en la última parte dice: “yo he descrito al buen pastor pero no lo soy; he mostrado la playa de la perfección a la que hay que llegar, pero personalmente me encuentro todavía en las oleadas de mis defectos y de mis faltas; así, pues, por favor ‑escribe‑ para que no naufrague, echadme una tabla de salvación con vuestras oraciones”. Yo os digo lo mismo; pero no sólo el Papa tiene necesidades de oraciones, también la tiene el mundo.

El domingo 10 de septiembre comenzó su alocución hablando de la reunión en Camp David, en la que estuvieron trabajando por la paz en Oriente Medio los presidentes Carter de los Estados Unidos y Sadat de Egipto y el primer ministro de Israel, Begin, para terminar referiéndose al amor paterno de Dios para con el hombre. Me ha causado muy buena impresión el hecho de que los tres presidentes hayan querido manifestar públicamente su esperanza en el Señor a través de la oración. Los hermanos en religión del presidente Sadat suelen decir: “En una noche negra, hay una piedra negra, y sobre la piedra, una hormiga insignificante; pero Dios la ve, no la olvida”. El presidente Carter, que es cristiano fervoroso, lee en el Evangelio: “Llamad y se os abrirá. Ni un cabello de vuestra cabeza caerá sin la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos”. Y el “premier” Begin recuerda que el pueblo hebreo pasó momentos difíciles y se dirigió al Señor lamentándose y diciendo: “Nos has abandonado, nos has olvidado”. “No -respondió Dios por  medio del profeta Isaías-: ¿Puede acaso una madre olvidar a su hijo? Pero si sucediera esto, jamás Dios olvidará a su pueblo”. Los que estamos aquí tenemos los mismos sentimientos: somos objetos de un amor sin fin de parte de Dios. Sabemos que tiene los ojos fijos en nosotros siempre, también cuando nos parece que es de noche. Dios es Padre, más aún, es madre. No quiere nuestro mal, sólo quiere hacernos bien a todos.

Con el inicio del nuevo curso escolar, aprovecha la alocución del domingo 17 de septiembre para dirigirse a los docentes hablándoles de responsabilidad en su tarea académica: Los profesores italianos tienen en su historial casos clásicos de amor ejemplar y dedicación a la enseñanza. Giosué Carducci era profesor universitario de Bolonia; acudió a Florencia a unos actos conmemorativos. Un día por la tarde, fue a despedirse del ministro de Instrucción Pública. “No, no -dijo el ministro-, quédese mañana también”. “Excelencia, no me es posible. Mañana tengo clase en la Universidad y los chicos me esperan”. “Le dispenso yo”. “Usted puede dispensarme, pero yo no me dispenso”. El profesor Carducci tenía de verdad un alto concepto tanto de la enseñanza como de los estudiantes. Era de la raza de los que dicen: “Para enseñar latín a John, no es suficiente saber latín, es necesario también conocer a John y amarlo”. E igualmente: “Tanto vale la lección cuanto vale la preparación”.

Las palabras pronunciadas a continuación y destinadas a todos los estudiantes, independientemente del nivel de enseñanza, son una llamada al estudio y al aprovechamiento del tiempo: También el Papa ha sido alumno de estos centros: escuela, liceo y universidad. Pero yo pensaba sólo en los jóvenes y en la parroquia. Nadie vino a decirme: “Tú llegarás a papa”. ¡Ay si me lo hubieran dicho!, habría estudiado más, me habría preparado. En cambio ahora soy viejo, ya no hay tiempo. Pero vosotros, jóvenes queridos que estudiáis, vosotros sois realmente jóvenes, vosotros tenéis tiempo para ello, tenéis juventud, salud, memoria, inteligencia; afanaos por sacar provecho de estas cosas. De vuestros centros de enseñanza saldrán los dirigentes del mañana; muchos de vosotros llegaréis a ser ministros, diputados, senadores, alcaldes, asesores, o bien ingenieros, médicos; ocuparéis puestos en la sociedad. Y hoy el que ocupa un puesto debe ser competente, hay que prepararse. El general Wellington, el que venció a Napoleón, quiso volver a Inglaterra a ver la academia militar donde había estudiado y se había preparado; y dijo a los cadetes: “Mirad, aquí se ganó la batalla de Waterloo”. Lo mismo os digo a vosotros, jóvenes queridos, se os presentarán batallas en la vida a los 30, 40, 50 años, pero si queréis vencerlas, ahora es cuando hay que comenzar, ahora hay que prepararse y ahora hay que ser constantes en el estudio y en las clases.

En su última alocución dominical, cuatro días antes de su imprevista muerte, da la solución para mejorar este mundo en que vivimos: La gente, a veces, dice: estamos en una sociedad totalmente podrida, totalmente deshonesta. Esto no es cierto. Hay todavía mucha gente buena, mucha gente honesta. Más bien había que preguntarse: ¿Qué hacer para mejorar la sociedad? Yo diría: Que cada uno trate de ser bueno y contagiar a los demás con una bondad enteramente imbuida de la mansedumbre y del amor enseñados por Cristo. La regla de oro de Cristo es: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti. Haz a los demás lo que quieres que a ti te hagan. Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón”. Y Él dio siempre ejemplo de esto. Puesto en la Cruz, no sólo perdonó a los que le crucificaron, sino que los excusó diciendo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Esto es cristianismo: éstos serían los sentimientos que, puestos en práctica, ayudarían muchísimo a la sociedad.

Una catequesis adecuada

En el Sínodo de Obispos celebrado el año 1977 muchos obispos dijeron: Los discursos de los miércoles que pronuncia el papa Pablo son una auténtica catequesis adecuada al mundo moderno. Juan Pablo I quiso seguir con la acción catequética de su inmediato predecesor y aprovechó las audiencias generales de los miércoles para hacer catequesis con su estilo personalísimo.

Al hablar de los mandamientos de Dios dijo: Dios nos los ha dado no por capricho ni en interés suyo, sino muy al contrario, en interés nuestro. Una vez, una persona fue a comprar un automóvil. El vendedor le hizo notar algunas cosas: “Mire que el coche posee condiciones excelentes, trátelo bien; ¿sabe?, gasolina súper en el depósito, y para el motor, aceite del fino”. El otro le contestó: “No; para su conocimiento le diré que de la gasolina no soporto ni el olor, ni tampoco del aceite; en el depósito pondré champagne que me gusta tanto, y el motor lo untaré de mermelada”. “Haga Ud. como le parezca, pero no venga con lamentaciones si termina con el coche en un barranco”. El Señor ha hecho algo parecido con nosotros; nos ha dado este cuerpo animado de un alma inteligente y una buena voluntad. Y ha dicho: “esta máquina es buena, pero trátala bien”. Estos son los mandamientos. Honra al padre y a la madre, no matarás, no te enfadarás, sé delicado, no digas mentiras, no robes… Si fuéramos capaces de cumplir los mandamientos, andaríamos mejor nosotros y andaría mejor también el mundo.

Cuando trató de la virtud de la caridad, se refirió especialmente en lo que él llamaba las caridades menudas: Hay que amar al prójimo, ¡el Señor nos lo ha recomendado tanto! Yo recomiendo siempre no sólo las grandes caridades, sino las caridades menudas. En un libro titulado “El arte de ganarse amigos”, escrito por el americano Carnegie, he leído este episodio insignificante: Una señora tenía cuatro hombres en casa: el marido, el hermano y dos hijos ya mayores. Ella se ocupaba de la compra, de lavar y planchar la ropa, de la cocina… todo ella. Un domingo, llegan a casa. La mesa está preparada, pero en los platos hay sólo un puñado de heno. Protestan y dicen: “¡Oh!, pero qué, ¿heno?” Y ella dice: “No, todo está preparado. Pero dejadme deciros esto: yo cambio el menú, tengo todo limpio, atiendo todo. Y jamás me habéis dicho ni siquiera una vez: Nos has preparado una comida estupenda. No soy de piedra”. Se trabaja más a gusto cuando se ve el agradecimiento. Éstas son las caridades menudas. En casa todos tenemos alguna persona que espera un detalle nuestro.

En pocas palabras definió la identidad de la Iglesia y su tarea de enseñar la doctrina recibida de Cristo: San Pablo preguntó: “¿quién eres, Señor?” “Soy ese Jesús a quien tú persigues”. Una luz, un relámpago le pasó por la inteligencia. “Yo no persigo a Jesús, ni siquiera lo conozco; persigo a los cristianos, eso sí”. Se ve que Jesús y los cristianos, Jesús y la Iglesia, son una misma cosa indivisa e inseparable. Leed a san Pablo: “Corpus Christi quod est Ecclesia”. Cristo y la Iglesia son una sola cosa. Cristo es la Cabeza, nosotros, la Iglesia, somos sus miembros. No es posible tener fe y decir creo en Jesús y acepto a Jesús, pero no acepto la Iglesia. Hay que aceptar la Iglesia tal como es; y ¿cómo es esta Iglesia? El papa Juan la ha llamado “Mater et Magistra”, maestra también. San Pablo ha dicho: “Nos acepta a cada uno como ayudadores de Cristo, y administradores y dispensadores de sus misterios”. Cuando el pobre Papa y cuando los obispos y los sacerdotes presentan la doctrina, no hacen más que ayudar a Cristo. No es doctrina nuestra, es la de Cristo, sólo tenemos que custodiarla y presentarla.

En la Audiencia general del miércoles 13 de septiembre había varias parejas de recién casados. También a ellos se dirigió Juan Pablo I para desearles felicidad, a la vez que les contaba una anécdota simpática para recalcar la grandeza del matrimonio cristiano: A la derecha en cambio están los recién casados. Han recibido un gran sacramento; deseémosles que el sacramento recibido sea de verdad portador no sólo de bienes materiales, sino más aún de gracias espirituales. El siglo pasado había en Francia un profesor insigne, Federico Ozanam; enseñaba en La Sorbona, era elocuente, estupendo. Tenía un amigo, Lacordaire, que solía decir: “Este hombre es tan estupendo y tan bueno que se hará sacerdote y llegará a  ser todo un obispo”. Pero no. Encontró a una señorita excelente y se casaron. A Lacordaire no le sentó bien y dijo: “Pobre Ozanam, también él ha caído en la trampa”. Dos años después Lacordaire vino a Roma y fue recibido por Pío IX: “Venga, venga, Padre ‑le dijo‑; siempre había oído decir que Jesús constituyó siete sacramentos; ahora viene Ud., me revuelve las cartas y me dice que ha instituido seis sacramentos y una trampa. No, Padre, el matrimonio no es una trampa, es un sacramento muy grande”. Con estos deseos, damos la enhorabuena a estos queridos recién casados; que Dios los bendiga.

Cuando trató de la virtud de esperanza hizo todo un canto a la misericordia de Dios: He dicho que la esperanza es obligatoria; pero no por ello es fea o dura. Más aún, quien la vive, viaja en un clima de confianza y abandono, pudiendo decir con el salmista: “Señor, tú eres mi roca, mi escudo, mi fortaleza, mi refugio, mi lámpara, mi pastor, mi salvación. Aunque se enfrentara a mí todo un Ejército, no temerá mi corazón; y si se levanta contra mí una batalla, aun entonces estaré confiado”. Diréis quizá: ¿No es exageradamente entusiasta este salmista? ¿Es posible que a él le hayan salido siempre bien las cosas? No, no le salieron bien siempre. Sabe también, y lo dice, que los malos son muchas veces afortunados y los buenos oprimidos. Incluso se lamentó de ello alguna vez al Señor. Hasta llegó a decir: “¿Por qué duermes, Señor? ¿Por qué callas? Despiértate, escúchame, Señor”. Pero conservó la esperanza, firme e inquebrantable. A él y a todos los que esperan, se puede aplicar lo que de Abraham dijo san Pablo: “Creyó esperando contra toda esperanza” (Rm 4, 18). Diréis todavía: ¿Cómo puede suceder esto? Sucede, porque nos agarramos a tres verdades: Dios es omnipotente, Dios me ama inmensamente, Dios es fiel a las promesas. Y es Él, el Dios de la misericordia, quien enciende en mí la confianza; gracias a Él no me siento solo, ni inútil, ni abandonado, sino envuelto en un destino de salvación, que desembocará un día en el Paraíso.

Un día antes de su muerte, como si quisiese dejar a la humanidad un testamento, en su conmovedora catequesis de los miércoles, habló del amor a Dios: Amar a Dios es viajar con el corazón hacia Dios. Un viaje precioso. De muchacho me entusiasmaban los viajes narrados por Julio Verne (“Veinte mil leguas de viaje submarino”, “De la tierra a la luna”, “La vuelta al mundo en 80 días”, etc.). Pero los viajes del amor a Dios son mucho más interesantes. Están contados en las vidas de los santos. Por ejemplo, san Vicente de Paúl, cuya fiesta celebramos hoy, es un gigante de la caridad: amó a Dios como se ama a un padre y a una madre; él mismo fue un padre para prisioneros, enfermos, huérfanos y pobres. San Pedro Claver, consagrándose enteramente a Dios se firmaba “Pedro, esclavo de los negros para siempre”. El viaje comporta a veces sacrificios. Pero éstos no nos deben detener. Jesús está en la cruz; ¿lo quieres besar?, no puedes por menos de inclinarte hacia la cruz y dejar que te puncen algunas espinas de la corona que tiene la cabeza del Señor. No puedes hacer lo que el bueno de san Pedro que supo muy bien gritar “Viva Jesús” en el monte Tabor, donde había gozo, pero ni siquiera se dejó ver junto a Jesús en el monte Calvario, donde había peligro y dolor. El amor a Dios es también un viaje misterioso, es decir, uno no lo emprende si Dios no toma la iniciativa primero. “Nadie ‑ha dicho Jesús‑ puede venir a mí si el Padre no lo trae” (Jn 6, 44). Se preguntaba san Agustín: y entonces ¿dónde queda la libertad humana? Pero Dios que ha querido y construido esa libertad, sabe cómo respetarla aun llevando los corazones al punto que Él se propone: “parum est voluntate, etiam voluptate traheris”, Dios te atrae no sólo de modo que tú mismo llegues a quererlo, sino hasta de la manera que gustes de ser atraído. “Con todo el corazón”. Subrayo aquí el adjetivo “todo”. El totalitarismo en política es malo. En cambio, en religión nuestro totalitarismo respecto a Dios cuadra estupendamente. Está escrito: “Amarás a Yavé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu poder, y llevarás muy dentro del corazón todos estos mandamientos que hoy te doy. Incúlcaselos a tus hijos, y cuando estés en tu casa, cuando viajes, cuando te acuestes, cuando te levantes, habla siempre de ellos. Atátelos en tus manos, para que te sirvan de señal; póntelos en la frente entre tus ojos; escríbelos en los postes de tu casa y en tus puertas” (Dt 6, 5‑9).

Anecdotario de la catequesis y de la vida

A unas parejas de recién casados, les dijo: La presencia de nuevos esposos conmueve particularmente, porque la familia es algo grande. Yo, en una ocasión, escribí un artículo en el periódico y me permití bromear, citando a Montaigne, un escritor francés, que decía: “El matrimonio es como una jaula; los que están fuera hacen todo lo posible por entrar, y los que están dentro hacen todo lo posible por salir”. No, no, no. Sin embargo, algunos días después, por casualidad, recibí una carta de un viejo superintendente provincial de los estudios, que había escrito libros, y me censuró diciendo: “Excelencia, ha hecho mal citando a Montaigne. Mi mujer y yo estamos unidos desde hace sesenta años y cada día es como el primer día”. Más aún, me citó otro poeta francés, en francés, pero yo lo digo en italiano: “Te amo cada día más; hoy mucho más que ayer pero mucho menos que mañana”. Y deseo que a vosotros os suceda lo mismo.

Sobre el sacerdocio de las mujeres, comentó: El otro día una niña de trece años me puso en un gran aprieto al preguntarme: “¿Es justo que Jesús instituyera siete sacramentos y que sólo seis están a disposición de las mujeres?” Se refería naturalmente, al sacramento del Orden, al que por tradición sólo se admite a los hombres. ¿Qué podría responder? Tras mirar a mi alrededor, dije: “En esta clase veo niños y niñas. Vosotros, los niños, ¿podéis decir que uno de entre los hombres del mundo es padre de Jesús?” Respuesta de los niños: “No, porque san José era sólo padre putativo”. “Y vosotras chicas, una de vosotras, mujeres, ¿es madre de Jesús?” Respuesta: “Sí”. Y yo: “Muy bien, pero reflexionad: si ninguna mujer es papa, obispo o sacerdote, eso queda mil veces compensado con la Maternidad divina, que honra extraordinariamente tanto a la mujer como a la maternidad”. La pequeña contestataria pareció quedar convencida.

En una audiencia general estaba hablando sobre el cuarto mandamiento: Sobre nosotros están nuestros padres. El catecismo decía: “respetarlos, amarlos, obedecerles”. El Papa debe inculcar respeto y obediencia de los hijos a los padres. Y de pronto interrumpe el discurso y comenta: Me dicen que están aquí los monaguillos de Malta. Que venga uno, por favor… Los monaguillos de Malta han prestado  servicio durante un mes en San Pedro. “Veamos, ¿cómo te llamas?”   “James”. “¡James! Dime, James, ¿no has estado enfermo alguna vez?”  “No”. “¿Nunca has estado malo?” “No”. “¿Ni siquiera con un poco de fiebre?” “No”. “¡Qué afortunado! Pero cuando un niño se pone enfermo ¿quién le da un poco de sopa, alguna medicina? ¿No es la madre? Pues bien tú te haces mayor y tu madre envejece: tú te conviertes en un gran señor y tu pobre madre a lo mejor está enferma en la cama. Entonces ¿quién le dará un poco de leche y medicinas? ¿Quién?” “Mis hermanos y yo”. ¡Estupendo! Sus hermanos y él, ha dicho. Me gusta. “¿Has entendido?”

La respuesta a una pregunta “comprometida”: Un día me preguntaron ‑son curiosas estas almas piadosas‑: “Usted, ¿qué Virgen prefiere? ¿La del Carmen? Porque mire, yo soy muy devota de la Virgen del Carmen”. Es gente campechana, y le respondí: “Si usted me lo permite le aconsejo la Virgen de los pucheros, los platos y las sopas”. Mirad que la Virgen se hizo santa sin tener visiones ni éxtasis, se hizo santa con estas pequeñas cosas. Lavaba los platos, preparaba la sopa, pelaba patatas y cosas por el estilo.

Sobre la predicación, comentó en una ocasión: Dupanloup escribió hace un siglo: “Por suerte,  Francia sigue siendo católica, a pesar de los treinta mil sermones que dan cada domingo los párrocos y los curas”. ¡A pesar, dice! Quizás era demasiado severo, pero a veces los sermones están mal hechos; son sólo invectivas y reproches. Hay que agradecerle al Señor que a pesar de esto la fe continúe. Y pensar que tendríamos que ayudar a que la fe crezca.

Y sobre el teofilantropismo, dijo: Durante la Revolución Francesa, el filósofo La Réveillère‑Lépaux fundó una nueva religión: el “teofilantropismo”. Viendo que tenía poco éxito, le pidió consejo a su colega Barras. Este le dijo: “Hay un medio seguro para alcanzar lo que quieres: te dejas matar un viernes y resucitas al domingo siguiente”. El filósofo torció el gesto: la primera parte del consejo le parecía antipática, la segunda imposible.

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2 Respuestas a “El Papa de la sonrisa (Juan Pablo I)

  1. Pingback: Centenario del nacimiento del Papa Juan Pablo I (Albino Luciani) « Fray Martín de Porres

  2. Una vida ejemplar en su sencillez. Un catequista nato , delicado e ingenioso. Un gran hombre, un santo

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