La muerte de los Papas

LA MUERTE DE LOS PAPAS

El 6 de agosto de 1978, Pablo VI, pocas horas antes de morir, dijo a monseñor Gaetano Bonicelli, obispo de la diócesis de Albano, en donde está ubicada la villa papal de Castelgandolfo: La muerte de un Papa es como la de los otros hombres, pero siempre puede enseñar algo a los demás hombres. Al igual que san Pedro, todos sus sucesores, por su condición humana, son mortales, aunque la institución del Primado en la Iglesia permanezca a lo largo de los siglos.

El papa es Pedro, y los que mueren son Sixto, Clemente, Juan, Gregorio, Formoso, Silvestre, Pío… Pedro perdura en sus sucesores, pero éstos van falleciendo. No hay excepciones, la muerte alcanza a todos los hombres. Escribió el poeta que a Papas, emperadores y prelados, así los trata la Muerte, como a pobres pastores de ganado (Jorge Manrique). Cosa bien distinta son los ritos y costumbres en el sepelio y en las exequias que se reservan para quienes han ocupado la Sede de San Pedro.

En primer lugar, la muerte de un papa no sólo la certifica el médico, sino que debe ser corroborada por el cardenal Camarlengo. El médico de cabecera, también llamado arquíatra pontificio, inmediatamente después del fallecimiento del romano pontífice ausculta el cadáver y le toma el pulso, pero antes de firmar el certificado de defunción, por tradición, enciende una vela que acerca a los amoratados y entreabiertos labios del finado en busca del más remoto hálito de vida. La inmovilidad de la llama es señal clara de la muerte del papa. Es entonces cuando los clérigos de Cámara cubren el rostro del pontífice difunto con una fina gasa blanca, y el resto del cuerpo con un paño de seda roja. Sólo las manos del papa permanecen sin cubrir, cruzadas sobre el pecho y sujetando un crucifijo y un rosario.

Miembros de los cuerpos armados del Vaticano custodian el cadáver mientras es velado en oración por los canónigos penitenciarios, que celosamente defienden el privilegio de ser los primeros en velar al papa muerto y de oficiar la primera de las misas que se aplican en sufragio por su alma. Mientras tanto, el Camarlengo ha ido a vestirse de color violeta, para regresar a la estancia mortuoria con el luto que procede. El Camarlengo, ya ante el cadáver, ordena a los clérigos de Cámara que destapen el rostro del finado, identifica al difunto y se inclina hasta él llamándole al oído por su nombre de pila, que repite dos veces más. Sólo tras no obtener respuesta, certifica la defunción con su vere Papa mortuus est (En verdad el Papa ha muerto) y cae de hinojos para recitar el Salmo 129, De profundis.

Hasta el siglo XIX, el Camarlengo debía golpear además la frente del papa con un martillo a la espera de una posible reacción. Cuando en el año 1878 murió el beato Pío IX se dejó de utilizar semejante instrumento, que aunque fuera de plata y con mango de marfil, daba un matiz de crueldad a la hora de verificar la muerte. El beato Juan XXIII decretó su abolición.

Verificada y proclamada la muerte del papa, el Maestro de Cámara quita del dedo del difunto el anillo del Pescador, que es entregado al Camarlengo para su posterior destrucción. Sólo a partir de este momento se considera acabado el pontificado y comienza el período de sede vacante.

Durante varios días, sobre un catafalco cubierto con un terciopelo rojo -el color prescrito para el luto por la muerte de un pontífice-, es expuesto el cadáver revestido con los ornamentos pontificales en la Basílica de San Pedro para la veneración de los fieles. Para su inhumación los restos mortales son colocados en un triple féretro. El primer ataúd es de ciprés, que es introducido dentro de otro de plomo y éste en un tercero de madera de nogal.

Después de la Misa exequial, se procede al entierro en las Grutas vaticanas. Momentos antes de ser depositado en la tumba, se abre el féretro y se introduce en él un acta en pergamino, después de ser leída por el Secretario de los Breves, con los datos personales y los hechos más sobresalientes de la vida y obra del papa difunto. También una pequeña bolsa de piel con las monedas de su pontificado. A continuación, sobre la cara del pontífice se deposita un velo blanco y se reza el último responso. Luego, cerrado el féretro, es bajado a la fosa excavada en el suelo.

El beato Juan XXIII, con el motu proprio Summi Pontificis Electio, fechado el 5 de septiembre de 1962, dispuso que cuando el soberano pontífice esté a punto de morir, o después de su muerte, nadie podrá hacer fotografías o grabar en cinta magnetofónica en sus apartamentos privados. Si alguien desea, después de la muerte del papa, sacar fotografías que tengan valor de documento o de testimonio, podrá presentar su petición al cardenal Camarlengo. Con todo, éste sólo permitirá que se fotografíe el cadáver del finado si está revestido de sus ornamentos pontificales.

Estas disposiciones fueron motivadas por el triste espectáculo ocurrido con la agonía y muerte de Pío XII. Durante su larga agonía hubo una gran afluencia a la habitación del papa, e incluso Radio Vaticano instaló en la estancia contigua un transmisor desde el cual se narraba en directo las novedades del trance. Pero lo peor fue el comportamiento del propio médico de cabecera, el doctor Galeazzi-Lisi, que tomó fotos furtivas de la agonía, y una vez muerto, del cadáver, que fueron vendidas en exclusiva al semanario francés París-Match.

La muerte del beato Pío IX está narrada en una biografía de León XIII de la siguiente forma: El 7 de febrero de 1878, mientras el cardenal Simeoni celebraba Misa, vinieron a decirle que el Padre Santo, cuyo estado inspiraba grandes inquietudes desde hacía varios días, expiraba rápidamente. Una vez acabado el santo Sacrificio, el cardenal acudió lo más rápidamente posible a la cabecera del augusto moribundo. Un gran número de familiares, cardenales, prelados, dignatarios civiles y servidores, rodeaban el lecho del moribundo. Hubo un momento en que el cardenal Pecci se acercó al Papa y, doblando la rodilla, le dijo: “Santísimo Padre, bendecid al Sacro Colegio, bendecid a toda la Iglesia”. Pío IX tuvo aún fuerza para responder: “Sí, bendigo al Sacro Colegio y ruego a Dios para que hagáis una buena elección”. Después, cogiendo un pequeño crucifijo que contenía un fragmento de madera de la verdadera Cruz, añadió: “Bendigo a todo el mundo católico”. A las cinco y treinta y cinco, mientras el cardenal Bilio recitaba el proficiscere de la oración de los agonizantes, el Padre Santo murmuró: “Si, proficiscar”, y expiró.

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2 Respuestas a “La muerte de los Papas

  1. ..Tienen una lista de las edades que han fallecido los Papas? De antemano gracias

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