Homilía del Domingo de Resurrección

DOMINGO DE RESURRECCIÓN (A)

Lecturas: Hch 10, 34a.37-43; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9

El triunfo de Jesús sobre la muerte. ¡Jesucristo ha resucitado! Nuestra fe tiene un firme apoyo. Jesús es Dios. Su resurrección es la mayor prueba de su divinidad. Lo acontecido en aquel domingo es el tema principal de la predicación de los Apóstoles: Y los apóstoles daban testimonio con gran fortaleza de la resurrección del Señor Jesús (Hch 4, 33). Si no fuera así, no tendría sentido nuestra fe: Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es vana (1 Co 15, 17).

La Resurrección de Cristo es un acontecimiento real con manifestaciones históricamente comprobadas, como lo atestigua el Nuevo Testamento. El primer dato que registran los Evangelios es el del sepulcro vacío. Ante el Santo Sepulcro, Juan Pablo II dijo: Aquí, en la Basílica del Santo Sepulcro, me arrodillo ante el lugar de su sepultura: “Ved el lugar donde le pusieron”. La tumba está vacía. Es un testimonio silencioso del evento central de la historia humana: la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Apariciones del Resucitado. En la 1ª lectura, vemos a san Pedro pregonar la buena nueva de la Resurrección. En la 2ª lectura, san Pablo, nos exhorta a que, muertos al pecado y resucitados con Cristo por el bautismo, llevemos una vida nueva, para ser con Él glorificados, y que busquemos los bienes de arriba, donde está Cristo. Durante cuarenta días, Cristo se apareció a diversas personas: María Magdalena, las santas mujeres, los Apóstoles, los discípulos de Emaús… Contemplando al Resucitado, el cristiano descubre de nuevo las razones de la propia fe, y revive la alegría no sólo de aquellos a los que Cristo se manifestó, sino también el gozo de María, que experimentó de modo intenso la nueva vida del Hijo glorificado.

Jesús se apareció a los Apóstoles el mismo día que resucitó. No estaba santo Tomás. Conocemos la incredulidad de este discípulo, cuando los demás le dijeron que habían visto a Jesús resucitado. Ocho días después, se apareció de nuevo a los Apóstoles, en esta ocasión está Tomás. El Señor le dijo: Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. La duda de Tomás movió al Maestro a darle una prueba especial de la realidad de su cuerpo resucitado. Y la respuesta del discípulo es un maravilloso acto de fe en la Divinidad de Jesucristo: ¡Señor mío y Dios mío!

Optimismo cristiano. La Resurrección ha supuesto el triunfo de Jesús sobre la muerte, el pecado y el demonio. Cristo ha roto las cadenas de la triple esclavitud a la que estaba sometido el hombre. Nuestra muerte ha sido vencida y redimida. La resurrección de Jesús es la mejor garantía de nuestra vida después de la muerte. Dejemos, pues, en el sepulcro del Señor los andrajos de nuestro hombre viejo, y resucitemos con Él a una vida nueva de gracia y santidad. Vida rejuvenecida en una primavera espiritual de esperanza, vida perennemente orientada hacia el cielo.

La Madre del Resucitado no fue al sepulcro a buscar entre los muertos al que está vivo. A Ella le pedimos que nuestra fe en las palabras de Cristo sea cada vez mayor, pues somos de los que creemos sin haber visto.

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