Homilía de la Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo (Ciclo A)

Promesa de la Eucaristía. En el evangelio está la promesa que hizo Jesucristo de la Eucaristía. Las palabras del Señor en la sinagoga de Cafarnaúm son de un realismo tan fuerte que excluyen cualquier interpretación en sentido figurado: si Cristo no estuviera realmente presente bajo las especies del pan y del vino, este discurso, llamado Discurso del Pan de Vida, carecería absolutamente de sentido y de fuerza. Aceptada por la fe la presencia real de Cristo en la Eucaristía, sus palabras resultan inequívocas y muestran el infinito y entrañable amor de Cristo por nosotros.

 

Jesús dice que Él es el pan de vida. Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguien come de este pan, vivirá para siempre. Este pan vivo es distinto del maná, aquel alimento que comieron los israelitas. En la peregrinación del pueblo elegido por el desierto, Dios acudió en ayuda de los hebreos en dificultad con el don del maná. Gracias al maná los israelitas pudieron sobrevivir en aquel desierto inmenso y terrible. El maná era figura de ese don mesiánico sobrenatural que Cristo trae a los hombres: la Sagrada Eucaristía.

 

Alimento del alma. La Eucaristía es alimento del espíritu. No podemos vivir sin la Eucaristía. El Señor, para esta peregrinación de la vida, nos ha dado el alimento eucarístico, su propia carne como comida y su propia sangre como bebida. El mismo Cristo explica para qué pan Dios quería preparar al pueblo de la nueva alianza mediante el don del maná: Éste es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come de este pan vivirá para siempre. Necesitamos este pan para afrontar la fatiga y el cansancio del viaje. Alimentarse del Pan eucarístico es una necesidad para el cristiano. Alimentados con el Cuerpo y la Sangre del Señor seremos fuertes en la fe, dichosos en la esperanza y activos en la caridad.

 

Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. La comunión es un dejarse penetrar por la vida de quien es el Señor, de quien es Creador y Redentor. El objetivo de la comunión es la asimilación de la vida de quien comulga con la de Cristo, su transformación y configuración con quien es Amor vivo.

 

Unión con Cristo. El Señor no nos deja solos en el camino de la vida. En el humilde signo del pan y el vino, transformados en su Cuerpo y en su Sangre, Cristo camina con nosotros y nos da fuerza. Está con nosotros; más aún, desea compartir nuestra suerte hasta identificarse con nosotros (Benedicto XVI). Cristo habla de esta identificación: El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. ¿Cómo no llenarse de gozo por estas palabras del Señor?

 

Acudamos a María, la Mujer eucarística, para que nos enseñe lo que significa entrar en comunión con Cristo. Ella dio su carne, su sangre a Jesús y se convirtió en tienda viva del Verbo, dejándose penetrar en el cuerpo y en el espíritu por su presencia. Pidámosle a ella, nuestra santa Madre, que nos ayude a abrir cada vez más todo nuestro ser a la presencia de Cristo; que nos ayude a seguirlo fielmente, día a día, por los caminos de nuestra vida (Benedicto XVI).

 

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