Homilía de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo

El Primado de Pedro. Y Yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Con estas palabras Cristo prometió a san Pedro el Primado sobre la Iglesia, inmediatamente después de la confesión en Cesárea de Filipo. Después de su Resurrección, el Señor confirió a Simón, hijo de Juan, el Primado jerárquico, constituyéndole en jefe de los Apóstoles y Cabeza visible del nuevo Pueblo de Dios.

Cristo trata a Pedro como al primero de los Apóstoles. Toda la serie de atenciones que Jesús tiene para con Pedro reviste un significado único: el de querer darle la primacía sobre los demás apóstoles, y, por tanto, constituirle en Cabeza de la Iglesia. Simón Pedro fue puesto en la cúspide del Colegio Apostólico, no como el primero entre iguales, sino como Vicario de Cristo. Y esto lo comprendieron los demás apóstoles respetando con obediencia las especiales prerrogativas concedidas a san Pedro.

Obispo de Roma. Con su estancia y martirio en Roma, san Pedro unió ‑no sin una particular inspiración divina‑ la Sede romana y el Primado universal. Desde entonces el Romano Pontífice es el poseedor del poder supremo de la Iglesia. Roma es la Sede de Pedro. Según una antigua tradición, durante la persecución de Nerón, Pedro quería abandonar Roma. Pero intervino el Señor, saliéndole al encuentro. Pedro se dirigió a Él preguntando: “¿A dónde vas, Señor?”, y el Señor le respondió inmediatamente: “Voy a Roma, a fin de ser crucificado por segunda vez”. Pedro volvió a Roma y aquí permaneció hasta el momento de su crucifixión (Juan Pablo II).

El Papa, sucesor de san Pedro, es quien hace las veces de Cristo en la tierra. Ubi Petrus, ibi Ecclesia, ibi Deus (Donde está Pedro, está la Iglesia, está Dios). Es el Pastor de toda la Iglesia. Hemos de amarle, escucharle, porque en su voz está la verdad. El amor al Romano Pontífice no puede reducirse al terreno de los sentimientos. Debe concretarse en obras, tales como: la oración y mortificación por su persona, que es la mejor forma que tenemos de ayudarle; la obediencia rendida; el ser propagadores de su enseñanza, porque su Magisterio es el verdadero, el que contiene la doctrina de Cristo.

Fidelidad al magisterio del Papa. Benedicto XVI se presentó a los fieles como un simple y humilde trabajador de la viña del Señor y añadió me encomiendo a vuestras oraciones. Rezar por la persona e intenciones del Papa es uno de los más gratos deberes que tenemos los católicos.

Además, el amor al Papa implica fidelidad a su magisterio, procurando siempre y en todas las cosas sentire cum Ecclesia (sentir con la Iglesia de Cristo). Decía san Josemaría Escrivá: No tenemos otra doctrina que la que enseña el Magisterio de la Santa Sede. Aceptamos todo lo que este Magisterio acepta, y rechazamos todo lo que él rechaza. Un propósito que podemos hacer es conocer bien el magisterio pontificio, los documentos más recientes, o más importantes, de la Santa Sede. Hoy día, con los medios de comunicación que hay, podemos estar al día de todo lo que el Papa dice.

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