La Transfiguración del Señor

Anuncio de la Parusía. A él se le dio dominio, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su dominio es un dominio eterno que no pasará; y su reino no será destruido. En la 1ª lectura Daniel nos habla de la visión del hijo del hombre. Cristo se aplicó a Sí mismo el título de hijo del hombre. Visión profética del juicio divino, de la segunda venida del Señor a la tierra. Al que viene en las nubes del cielo, se le da el reino universal y eterno. Los Apóstoles se convirtieron en los testigos del Reino que no tendrá fin. Ellos nos han dado a conocer el poder y la venida futura de nuestro Señor Jesucristo.

 

La autoridad apostólica sobre la condición divina de Jesús no se basa en fábulas ingeniosas, sino en los testigos oculares de la revelación de Dios en el Tabor, de su majestad. La Transfiguración del Señor garantiza la Parusía o segunda venida de Cristo. Si entonces el Señor dejó entrever su divinidad momentáneamente, al final de los tiempos se manifestará en plenitud y para siempre.

 

Misterio de luz. Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo escuchen y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo (Juan Pablo II). Tuvo lugar poco después del primer anuncio que hizo el Señor a los discípulos de su Pasión, y de las palabras proféticas de que sus seguidores también tendrán que tomar su Cruz -Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame (Lc 9, 23)-, como para hacernos entender que nos es preciso pasar por medio de muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios (Hch 14, 22).

 

La contemplación de este misterio nos llenará de ánimos para afrontar con visión sobrenatural, paciencia y optimismo las contrariedades que se presenten durante la jornada, sobre todo las inesperadas. La senda de la felicidad pasa por el sacrificio: per crucem ad lucem!

 

El Tabor y el Calvario. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías. Jesús muestra su gloria divina, pero también que para entrar en la gloria, es necesario pasar por la Cruz. Y cuando la Cruz se ama, y no simplemente se tolera, entonces el Señor nos colma de la eficacia y nos concede la alegría con la paz, como un trasunto de la bienaventuranza que nos reserva en el Cielo.

 

La Transfiguración recuerda a todos los cristianos que están llamados a acercarse más y más a Dios por el ejercicio de las virtudes teologales, manteniendo con Él un trato personal y directo. Este misterio luminoso habla especialmente de esperanza pues nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo (Flp 3, 21).

  

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