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Los Novísimos

Las verdades eternas

Un día, estando conversando con un chico de primero de BUP (Bachillerato Unificado Polivalente), le pregunté si pensaba de vez en cuando en los novísimos. La respuesta fue negativa. Ni siquiera sabía lo que eran los novísimos. Entonces se me ocurrió emplear la palabra sinónima -las postrimerías- por si le sonaba más. Tampoco tenía idea de lo que pudieran ser las postrimerías. Visto lo cual, comencé a decirle: Mira, los novísimos son cuatro: muerte…¡Uf!, a mí aún me queda mucho tiempo… Claramente no le interesaba el tema. Solamente nombrar la muerte me interrumpió y dijo:

Pues sí que es un tema que hay que tener presente en la vida. Y de él vamos a tratar ahora. El lenguaje tradicional cristiano designa como los cuatro novísimos o postrimerías del hombre a la Muerte, al Juicio, al Infierno y al Cielo. Y es importante considerar estas verdades, pues toda una eternidad es lo que está en juego. La meditación sobre los novísimos es una ayuda para vivir siempre cara a Dios, con sentido de eternidad. No se puede olvidar que el hombre tiene un destino eterno.

Hay un cuento oriental, que podríamos titular: Cita con la muerte. Paso a narrarlo. Una mañana un cierto mercader de Bagdad envió a su sirviente al mercado para que comprara las provisiones del día. Al poco rato regresó el criado, completamente pálido y tembloroso. Amo y señor -le dijo al mercader-. Estando en el mercado una mujer me empujó y cuando me volví para mirarla, vi que era la Muerte. Clavó en mí sus ojos profundos y me hizo un gesto amenazante. Señor, si tú te dignas prestarme tu caballo huiré a Samarra, y allí la Muerte no me podrá encontrar. El mercader le prestó su caballo, y el sirviente, con prisas, se montó en él partiendo velozmente como el viento. Entonces el mercader fue al mercado  y viendo a la Muerte entre la multitud se acercó a ella y le preguntó: ¿Por qué hiciste un gesto de amenaza a mi criado esta mañana cuando te tropezaste con él? La Muerte respondió: No fue un gesto de amenaza. Fue un gesto de sorpresa. Me asombró verlo aquí, en Bagdad, cuando tenía una cita conmigo esta noche en Samarra.

El hombre no quiere pensar en su muerte, y si es joven, aún menos; para él la muerte es asunto de los demás. Pero, quiérase o no, un día llegará y no será posible huir de ella. Y puede venir en cualquier momento. El ¡uf!, a mí aún me queda mucho tiempo… puede no ser verdad, no se sabe… Quizá ese mucho tiempo sea sólo unas semanas, o unos días, o unas horas, o, incluso, unos minutos o segundos. No sabemos cuándo, ni dónde, ni cómo. Lo único cierto es que vendrá, y lo verdaderamente importante es tener el alma limpia de pecados mortales, la conciencia en paz con Dios, morir como buenos cristianos. Y normalmente como se vive se muere.

La visión cristiana de la muerte se expresa en estas palabras de la liturgia de la Iglesia: La vida de los que creemos en ti, Señor, no termina, se transforma y, al deshacerse nuestra morada terrena, adquirimos una mansión eterna en el cielo (1). Por tanto, para una persona que durante su vida ha procurado amar a Dios, la muerte es la puerta que le introducirá en la vida que no tendrá fin, el momento del encuentro con el Señor. Bien lo expresó el papa Juan Pablo II cuando dijo: La vida de aquí abajo no es un camino hacia la muerte, sino hacia la vida, hacia la luz, hacia el Señor. (2)

Y ¿qué ocurre inmediatamente después que una persona muere? Después de la muerte viene el juicio, pero antes de hablar de este segundo novísimo quiero contar lo que ocurrió en un viaje. En el compartimento de un tren que se dirigía a Londres estaban dos hombres. Uno, de pelo gris y edad madura. El otro era joven y estaba inquieto, preocupado y temeroso. El de más edad le dirigió la palabra: Observo que está usted atribulado. ¿Puedo ayudarle en algo? El joven, un poco sorprendido, dijo: No, señor; nadie puede ayudarme… Y a continuación, añadió: Pero como usted es un desconocido y creo que jamás volveremos a vernos, y, por otra parte, me inspira confianza, le contaré lo que me está pasando. Será para mí un desahogo, un alivio. Y comenzó a contar. Era una historia muy triste. Para ayudar a su madre viuda, empezó a cometer algunos pequeños hurtos en la empresa donde trabajaba. Luego se hizo amigo de dos compañeros del trabajo, que eran unos indeseables, y que influyeron demasiado en él. Los tres planearon un robo de importancia. Cuando lo estaban cometiendo, un vigilante nocturno los sorprendió y uno de sus compañeros lo mató de un tiro. Los dos colegas fueron capturados por la policía, y ambos le culparon del asesinato. El muchacho pudo escapar de la persecución policial, pero había una orden de detención contra él, y por este motivo huía, pensando que en Londres le sería más fácil esconderse.

El hombre mayor le escuchó con atención e interés, y cuando terminó el relato, le dijo: Le aconsejo encarecidamente que se entregue a la justicia, y repita ante el tribunal el relato exacto que acaba de hacerme. Esto es lo mejor y lo único que puede hacer. Reconozco que mi consejo es fácil de dar, y no puedo negar que yo mismo pasaría un miedo tremendo ante el tribunal… El joven prometió seguir aquel consejo.

El día del juicio, el joven, pálido y tembloroso, estaba sentado en el banquillo de los acusados. Se leyeron los cargos que pesaban sobre él y se le exigió que prestara declaración. Apenas tenía fuerzas para pronunciar una palabra. Cuando levantó los ojos hacia el juez, ¡qué sorpresa!: era el caballero que coincidió con él en el compartimento del tren. Aliviado, prestó declaración a quien ya conocía la verdad de los hechos. Se le condenó sólo por el intento de robo.

El alma cuando sale del cuerpo comparece inmediatamente ante Jesucristo para ser juzgada. En este juicio se examina todo cuanto el hombre haya hecho, dicho o pensado, e incluso se tendrán en cuenta las omisiones. Para acudir a esta cita con Jesús es muy conveniente que examinemos nuestra conciencia diariamente, y de esta forma veremos cuál es el estado de nuestra alma. Si resulta que está manchada con algún pecado, la limpiamos cuanto antes en el sacramento de la Penitencia. Pues si confesamos nuestras faltas y pecados con verdadero arrepentimiento el mismo Dios nos los perdonará. Con el examen de conciencia bien hecho no habrá sorpresas desagradables en el juicio particular.

Ahora bien, si durante nuestra existencia terrena hemos vivido según las enseñanzas de Jesucristo, el Señor nos recibirá con un gran abrazo y nos introducirá en el Cielo.

En todo juicio se pronuncia sentencia. Del juicio particular hay dos posibles sentencias: una es salvífica; la otra, condenatoria. Recibirán la primera los que mueran en gracia de Dios, y su premio es el Cielo, al que irán inmediatamente o después de pasar por el Purgatorio (3), según tengan o no tengan algo de que purificarse; y la segunda, los que al momento de morir tengan el alma en estado de pecado, y su castigo es el Infierno.

Pero, ¿realmente existe el Infierno? Esta pregunta se la formulan muchas personas, y la respuesta es afirmativa. Sí, el Infierno existe. Para negar su existencia habría que arrancar páginas enteras del Evangelio o manipular sus textos y olvidar todo lo que la Iglesia dice sobre este castigo. Cristo habló con claridad meridiana de la eternidad de las penas del infierno. Reconozco que es una verdad que resulta impopular hablar de ella, pero no se puede omitir en la catequesis. El Catecismo de la Iglesia Católica la expresa así: La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del Infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de su muerte y allí sufren las penas del Infierno, el “fuego eterno” (4).

Una vez, un hombre incrédulo se mofaba de una persona piadosa diciéndole: Oh tú, pobre creyente, ¡qué chasco te llevarás cuando, después de la muerte, veas que todo el reino celestial es una simple fábula! El creyente, sin alterarse lo más mínimo, se limitó a responderle casi con las mismas palabras: Oh tú, pobre incrédulo, ¡qué chasco te llevarás cuando, después de tu muerte, veas que todo el Infierno no es una simple fábula!

El venerable Juan Pablo II habló del Infierno. Entre otras cosas ha dicho: Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o Infierno (5).

El mismo Jesús nos advierte ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (6). Dios quiere que nos movamos por amor, pero dada nuestra debilidad, consecuencia del pecado original, ha querido manifestarnos a dónde conduce el pecado, para que tengamos un motivo más que nos aparte de este grave mal: el santo temor.

Y ahora toca tratar del cuarto novísimo, que es el Cielo. Antes de entrar en materia voy a referir algo que ocurrió en el siglo XVI. Es sabido que el Anglicanismo (7) comienza por la pasión del rey Enrique VIII por una dama de la Corte llamada Ana Bolena. El monarca inglés pidió al papa Clemente VII la declaración de nulidad de su matrimonio con Catalina de Aragón. El Papa, después de estudiar tan delicado asunto, denegó la petición por considerar que el matrimonio de Enrique y Catalina era verdadero matrimonio. Montó en cólera el rey y se autonombró Cabeza de la Iglesia en Inglaterra, separándose de la Iglesia Católica. A partir de ese momento comenzó en Inglaterra una persecución contra los católicos que se mantuvieron fieles a Roma. Un día, Enrique VIII amenazó a dos católicos con estas palabras: Si no os declaráis partidarios del Anglicanismo, os haré arrojar al Támesis. Pero ellos no se asustaron ante las amenazas reales, que verdaderamente eran reales, a pesar de que eran conscientes que el rey había mandado a la muerte a muchos católicos, y replicaron: Nosotros sólo deseamos ir al Cielo y lo mismo nos da llegar allí por tierra que por agua.

Pero hablemos ya del Cielo. Lo primero que hay que decir es que Dios quiere nuestra felicidad eterna, nos ha preparado el Cielo. El mismo Jesús lo dijo con claridad: En la casa de mi Padre hay muchas moradas (…) voy a prepararos el lugar. Cuando yo me haya ido y os haya preparado el lugar, de nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros (8) .

El Cielo es la recompensa que Dios tiene reservada para los que en esta tierra le aman. Después de esta vida Nuestro Señor nos espera en el Cielo. Allí estaremos con la Trinidad Beatísima y sólo habrá cosas buenas, sin mezcla de mal alguno. Tendremos un gozo que nadie nos podrá quitar. Las lágrimas y las penas no tienen entrada en el Paraíso.

El cristiano es hombre de esperanza, porque aspira a la vida eterna en la gloria del Cielo, donde la felicidad será completa. Pongamos nuestra confianza en las promesas de Cristo. No olvidemos que el cielo es el único bien que está al alcance de todos, pero para alcanzarlo no podemos apoyarnos en nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.

San Pablo escribió del Cielo y no encontró palabras para describirlo, sólo supo decir: Ni ojo vio, ni oído oyó, ni vino a la mente del hombre, lo que Dios ha preparado para los que le aman (9). Un Cielo hecho por nuestro Dios para nosotros. Es preciso tener presente siempre que en esta vida lo único realmente importante que hay que hacer es merecer el Cielo.

De la consideración de los novísimos se puede sacar como propósito cuidar el examen de conciencia diario y fomentar la virtud de la esperanza. Y cuando alguna dificultad aparezca en el camino hacia Dios, repitamos una y otra vez: Vale la pena, vale la pena.

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(1) Prefacio I de la Misa de Difuntos.

(2) Juan Pablo II, Homilía 2.XI.1988.

(3) Los que mueren sin pecados mortales, pero sí con pecados veniales, y los que tienen que satisfacer pena temporal por los pecados cometidos ya perdonados, antes de entrar en el Cielo van al Purgatorio. Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque estén seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.030). ¿Qué es el Purgatorio? La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia y de Trento. La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura, habla de un fuego purificador (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.031).

(4) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.034.

(5) Juan Pablo II, Discurso 28.VII.1999.

(6) Mt 16, 26.

(7) ¿Qué es el Anglicanismo? Se llama Comunión Anglicana o Anglicanismo a la Iglesia que resultó al proclamarse Enrique VIII como Jefe de la Iglesia en Inglaterra rompiendo la unión con el Papa.

(8) Jn 14, 2-4.

(9) 1 Co 2, 9.

Bienaventurados

Dichos nosotros que tenemos a un Dios por modelo. ¿Somos pobres? Tenemos a un Dios que nace en un pesebre. ¿Somos despreciados? Tenemos a un Dios que fue coronado de espinas y tratado como un demente. ¿Nos atormentan las penas y sufrimientos? Tenemos ante nuestros ojos a un Dios cubierto de llagas, y que muere en medio de unos padecimientos que escapan a nuestra comprensión. ¿Sufrimos persecuciones? Tenemos a un Dios que sus enemigos lo llevaron a la muerte. ¿Padecemos tentaciones? Tenemos a un Dios que se somete a la tentación. En cualquier estado de sufrimientos, de penas o de tentaciones en que nos hallemos, tenemos siempre a nuestro Dios que va delante de nosotros, y asegurándonos la victoria cuantas veces la deseemos de veras (Santo Cura de Ars, Sermones escogidos).

La parábola del hijo pródigo

En el Evangelio según san Lucas aparecen una serie de parábolas -parábolas de la misericordia- en las que de modo gráfico, Jesús habla de la infinita y paternal misericordia de Dios, de su desvelo por cada uno de los hombres y de su alegría por la conversión del pecador. La meditación de estas enseñanzas del Señor es una fuente de confianza para nosotros.

Una de estas parábolas es la del hijo pródigo, pero que quizá sería mejor llamarla la del padre misericordioso. Es una de las parábolas más bellas de Cristo, en la que tiene enorme relieve el hecho mismo de la conversión. En ella Jesucristo describe de forma maravillosa el proceso de la conversión y de la penitencia de un joven que, deslumbrado por los espejuelos de este mundo, se metió en el fangoso camino del pecado y de la perdición.

En la parábola se habla también del hermano del pródigo. La actitud del hijo mayor también deja mucho que desear.

En el relato de la parábola aparece la realidad del pecado: ante un padre tan bueno, los hijos… uno le abandona y el otro le obedece refunfuñando. Uno busca una libertad sin obediencia; y el otro obedece sin libertad, sin amor. Verdaderamente el pecado es un mysterium iniquitatis (misterio de iniquidad).

Pero vayamos al texto evangélico.

Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde”. Y les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo más joven lo recogió todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente (Lc 15, 11-13).

Aquel joven abandonó la casa paterna con ansia de libertad, que bien pronto comprobará que es una libertad ilusoria, una verdadera esclavitud. ¡Cuántas personas no quieren llevar el yugo suave de Cristo! Y haciendo caso omiso de los mandamientos de la Ley de Dios se entregan al libertinaje. Ven en los mandamientos como algo negativo, como preceptos que limitan la libertad. Pero se equivocan, porque los mandamientos están puestos por Dios para nuestro bien. En ellos Dios -autor de la naturaleza humana y, por tanto, conocedor de lo que nos conviene y de lo que nos perjudica- nos manda cosas buenas y nos prohibe cosas malas. Los mandamientos se entienden, se convierten en fuerza liberadora, cuando uno procura entender y cumplir el gran mandamiento del amor a Dios sobre todas las cosas (Juan Pablo II, Homilía 18.V.88).

El hijo pródigo veía en la casa de su padre unos límites que coartaban su libertad. Lo tenía todo. El amor de su padre, el bienestar, la consideración de hijo, la honra… Pero para él esto era contrario a su libertad.

El hombre cuando peca pasa de la condición de hijo de Dios a ser esclavo de Satanás; de gozar de la libertad propia de los hijos de Dios a estar encadenado por el pecado. Quebranta los mandamientos de Dios haciendo mal uso de su libertad y se encuentra que ha perdido la libertad.

Malgastó allí su fortuna. El verdadero tesoro del hombre es la amistad con Dios, el estado de gracia. Con el pecado se pierde este tesoro. El alma queda privada de la gracia; la amistad con Dios se rompe; la paz y la alegría desaparecen; los méritos adquiridos anteriormente para alcanzar el premio de la felicidad eterna se esfuman.

Se dice que malgastó su fortuna viviendo lujuriosamente. Aquel joven se dejó arrastrar por las más bajas pasiones, y en vez de vivir como una persona humana tuvo un comportamiento propio de los animales que se dejan llevar por el instinto sexual. Llenó su corazón de impurezas, de aberraciones sexuales.

Los pecados de la carne -impureza de corazón- provocan la insensibilidad para las cosas de Dios, y también para muchas cosas humanas rectas, entre ellas, la de enamorarse limpiamente, castamente. El hijo pródigo perdió, pues, la capacidad de amar. Sólo un corazón limpio puede amar plenamente a Dios. Sólo un corazón limpio puede llevar plenamente a cabo la gran empresa de amor que es el matrimonio. Sólo un corazón limpio puede servir plenamente a los demás (Juan Pablo II, Homilía 12.VI.99).

Continuemos narrando la parábola. Después de gastarlo todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a sentir necesidad. Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras a cuidar puercos; le entraban ganas de comer las algarrobas que comían los puercos, y nadie se las daba (Lc 15, 14-16).

El relato de la parábola resalta la miseria extrema en que aquel joven se encontró tras haber malgastado su fortuna. También se hace referencia a la humillación profunda de verse obligado a apacentar puercos y, peor aún, la de desear alimentarse con las algarrobas que comían aquellos animales de la piara.

Comenzó a sentir necesidad. Vemos las tristes consecuencias del pecado. Con esa hambre se nos habla de la ansiedad y el vacío que siente el corazón del hombre cuando está lejos de Dios. El joven buscó la felicidad fuera de la casa de su padre y no la encontró. Igualmente, la persona que fuera de los caminos trazados por Dios quiere encontrar la felicidad, no la encuentra.

Fue y se puso a servir a un ciudadano de aquella tierra, que le mandó a sus campos a apacentar puercos. Con la servidumbre del hijo pródigo se nos describe la esclavitud a que queda sometido quien ha pecado. Por el pecado, como se ha dicho ya, el hombre pierde la libertad de los hijos de Dios y es sometido a la esclavitud de Satanás.

Deseaba llenar su estómago de las algarrobas que comían los puercos, y no le era permitido. Situación infrahumana del joven. Peor que los puercos. Y esto ocurre también cuando el hombre peca, cuando vive lejos de Dios, cuando está sumergido en el fango del pecado.

A continuación viene la parte en la que se habla del arrepentimiento del joven. Volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros (Lc. 15, 16‑19).

Aquel joven, al verse en la situación infrahumana en que había caído, recapacita: Cuántos jornaleros… y se arrepiente. Hay humildad. Reconoce su pecado, no lo justifica. Recapacitó: hizo examen de conciencia. Vence a la soberbia, pisotea su amor propio y se pone en camino hacia la casa paterna. Sabe que ha pecado contra Dios, contra su padre, y esto le duele. Hay contrición. Considera la bondad de su padre y el sufrimiento que le ha producido.

La reflexión sobre los bienes perdidos, el reconocimiento de su pecado, el arrepentimiento, la decisión de declararse culpable ante su padre y de emprender el camino de retorno, forman parte del proceso de la conversión.

Reconocer el propio pecado, es más, ‑yendo aún más a fondo en la consideración de la propia personalidad‑ reconocerse pecador, capaz de pecado e inclinado al pecado, es el principio indispensable para volver a Dios. Es la experiencia ejemplar de David, quien “tras haber cometido el mal a los ojos del Señor”, al ser reprendido por el profeta Natán exclama: “Reconozco mi culpa, mi pecado está siempre ante mí. Contra ti, contra ti pequé, cometí la maldad que aborreces”. El mismo Jesús pone en la boca y en el corazón del hijo pródigo aquellas significativas palabras: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Venerable Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paentientia).

Y levantándose, se vino a su padre. Cuando aún estaba lejos, le vio el padre, y, compadecido, corrió a él y se arrojó a su cuello y le cubrió de besos. Díjole el hijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: Pronto, traed la túnica más rica y vestídesela, poned un anillo en su mano y unas sandalias en sus pies, y traed un becerro bien cebado y matadle, y comamos y alegrémonos, porque este mi hijo, que había muerto, ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado. Y se pusieron a celebrar la fiesta (Lc 15, 20‑24).

El padre del hijo pródigo es figura de Dios. De un Dios rico en misericordia, que sale al encuentro del hombre pecador. Es un Padre amoroso que no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

La acogida generosa y llena de alegría del padre habla de la misericordia divina y del perdón que Dios otorga al pecador en el sacramento de la Penitencia.

El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de la vida nueva, pura, digna, llena de gozo que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.

Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores”. Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa “alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”. La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida “para remisión de los pecados” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 545).

Con esta parábola Jesucristo desea convencer a los que entonces le oían, y a los hombres de todos los tiempos, que nunca es tarde para el arrepentimiento; que nuestro Padre-Dios nos espera en todo momento, siempre pronto a recibirnos con misericordia y a limpiar nuestra alma -si hemos tenido la desgracia de alejarnos de Él por el pecado- en cuanto abrimos el corazón con sinceridad en la Confesión.

El Señor comienza la parábola hablando de dos hijos. Hasta ahora sólo se ha hablado del menor, pero en la parte final del relato se habla del hijo mayor.

El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a casa oyó la música y los cantos y, llamando a uno de los siervos, le preguntó qué pasaba. Éste le dijo: “Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano”. Se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a convencerle. Él replicó a su padre: “Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos. Pero en cuanto ha venido ese hijo tuyo que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero cebado”. Pero él respondió: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado” (Lc 15, 25-32).

La conducta del hijo mayor era una reacción de despecho, que causó pena al padre. ¿Cómo era posible no gozarse ante la recuperación del hermano perdido?

Es tan grande la misericordia divina, que los hombres -pequeños y limitados- somos incapaces de comprenderla, y quizá nos indignamos ante tanto derroche de amor, como el hijo mayor de la parábola, que no es capaz de compartir la alegría de su padre. Ante tal posibilidad, hemos de meditar lo que escribió san Josemaría Escrivá: es verdad que fue pecador. -Pero no formes sobre él ese juicio inconmovible. -Ten entrañas de piedad, y no olvides que aún puede ser un Agustín, mientras tú no pasas de mediocre (Camino, n. 675).

Por otra parte, es lógico considerar que si Dios tiene tanta compasión de los pecadores, mucha más tendrá de los que se esfuerzan -dentro de sus limitaciones- por mantenerse fieles. Nuestro Padre Dios, cuando acudimos a Él con arrepentimiento, saca, de nuestra miseria, riqueza; de nuestra debilidad, fortaleza. ¿Qué nos preparará, si no lo abandonamos, si lo frecuentamos cada día, si le dirigimos palabras de cariño confirmado con nuestras acciones, si le pedimos todo, confiados en su omnipotencia y en su misericordia? Sólo por volver a Él su hijo, después de traicionarle, prepara una fiesta: ¿qué nos otorgará, si siempre hemos procurado quedarnos a su lado? (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 309).

La parábola no dice nada de la madre de aquellos dos hijos. No es difícil imaginar que compartiría la misma pena que el padre al ver irse al más joven, pero también la alegría de verle de nuevo en casa. Santa María es Refugio de pecadores y a Ella le pedimos que siempre tengamos el corazón bien contrito, y que no permita que nos alejemos de la casa paterna. Y si alguna vez tenemos esa desgracia, que enseguida hagamos como el hijo pródigo, emprendiendo el retorno a la casa del Padre mediante el sacramento de la Penitencia.