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Meditación de la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús

Los judíos, como era el día de la Parasceve, para que no quedasen en la cruz el día de sábado, por ser día grande aquel sábado, rogaron a Pilato que les rompiesen las piernas y los quitasen. Vinieron, pues, los soldados y rompieron las piernas al primero y al otro que estaba crucificado con Él; pero llegando a Jesús, como le vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con la lanza el costado y al instante salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; él sabe que dice verdad para que vosotros creáis; porque esto sucedió para que se cumpliese la Escritura: “No romperéis ni uno de sus huesos”. Y otra Escritura dice también: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19, ­31‑37).

San Buenaventura comenta: Para que del costado de Cristo dormido en la cruz se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice: Mirarán a quien traspasaron, uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que brota para comunicar vida eterna. El Corazón de Jesús es fuente de vida y santidad.

También podemos considerar que Dios permitió que Longinos atravesara con una lanza el costado, para que a través de la llaga nos resulte más fácil llegar al Corazón Sacratísimo y Misericordioso  de Jesús.

La devoción al Corazón traspasado de Jesucristo fue muy común en la Edad Media. Más tarde, ya en la Edad Moderna, las apariciones a Santa Margarita María de Alacoque dieron un gran impulso a todo lo referente al Sagrado Corazón de Jesús. El mismo Jesucristo expresó su deseo a la santa de que instituyera la fiesta del Sagrado Corazón. He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y de los cuales es tan poco amado. Se trata, pues, de una fiesta de reparación al Amor que no es amado, reparación honrosa que glorifica los triunfos pacíficos de ese Amor eterno.

La fiesta de hoy nos habla del amor divino. El amor se nos revela en la Encarnación, en ese andar redentor de Jesucristo por nuestra tierra, hasta el sacrificio supremo de la Cruz. Y, en la Cruz, se manifiesta con un nuevo signo: uno de los soldados abrió a Jesús el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. Agua y sangre de Jesús que nos hablan de una entrega realizada hasta el último extremo, hasta el consummatum est, el todo está consumado, por amor (San Josemaría Escrivá).

La Iglesia nos invita en esta fiesta a penetrar más en el misterio del amor de Jesús, de ese amor infinito de Dios a los hombres que se nos ha mostrado en Jesucristo. Es un amor sin medida, que le llevó a dar su vida por nosotros, a la entrega plena y total, para salvarnos de nuestros pecados.

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús ha dado frutos sabrosos de conversión, de entrega, de cumplimiento de la voluntad de Dios, de penetración amorosa en los misterios de la Redención (San Josemaría Escrivá).

Uno de sus discípulos, al que Jesús amaba, estaba recostado en el seno de Jesús (Jn 21, 23). San Juan Evangelista en la Última Cena recostó su cabeza en el pecho del Maestro. Que tú y yo también nos acerquemos al Señor para sentir los latidos de su Corazón. Ese Corazón que late aquí en el Sagrario, y también junto a nuestro corazón cuando comulgamos. A mí se me llena el alma de ilusión, cuando veo que todos podemos acercarnos a Cristo con confianza, y correr a su vera, arrastrando nuestras miserias, y sentirnos seguros a su lado, seguros de su bondad, de su ayuda (San Josemaría Escrivá).

Penetrar en el Corazón de Jesús es descubrir el amor paternal de Dios que se compadece ante las enfermedades y dolencias del cuerpo, y sobre todo ante la miseria espiritual de sus hijos. Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor (Mt 9, 36). El Sagrado Corazón de Jesús nos habla de misericordia.

Un Corazón que se conmueve ante la muerte de un amigo. Viéndola Jesús llorar, y que lloraban también los judíos que venían con ella, se conmovió hondamente y se turbó.  Lloró Jesús, y los judíos decían: ¡Cómo le amaba! (Jn 11, 33. 35).

La misericordia de Dios aparece repetidas veces en el Evangelio, especialmente en esa serie de parábolas llamadas, precisamente, parábolas de la misericordia. Cristo, Encarnación de la infinita misericordia de Dios, ha dirigido a la humanidad su mensaje de verdad y de esperanza, ha obrado prodigios, ha asegurado el perdón de los pecados, pero sobre todo, se ha ofrecido al padre en un gesto de inmenso amor, víctima de expiación por nuestros pecados (Juan Pablo II).

Hemos de acudir a la misericordia de Dios. Somos pecadores. Debemos hacer muchas veces de hijo pródigo. Hay que implorar la clemencia de Dios, como hizo el rey David después de su doble pecado.

El Sagrado Corazón a veces es representado con espinas, Esas espinas son los pecados de los hombres. Y por tanto, hay que desagraviar. En primer lugar por los pecados propios. Y le dirán… ¿qué heridas son ésas que llevas en las manos? Y Él responderá: Estas llagas que ensangrientan mis manos me las hicieron en la casa de aquellos que me amaban (Za 13, 6). Y por los pecados de toda la humanidad.

Hay que desagraviar por las infidelidades y los sacrilegios, por los odios y los rencores, por las blasfemias y las profanación de los días santos, por las impurezas y los escándalos, por los hurtos y las injusticias, por los insultos hechos a los ministros sagrados y los abusos de los sacramentos.

Queremos ofrecer nuestra vida,  nuestra dedicación sin reservas y sin regateos, como expiación por nuestros pecados; por los pecados de todos los hombres, hermanos nuestros; por los pecados cometidos en todos los tiempos, y por los que se cometerán hasta el fin de los siglos: ante todo, por los católicos, por los elegidos de Dios que no saben corresponder, que hacen traición al amor de predilección que el Señor les ha tenido.

 

Unidos al Corazón de Jesús, haremos de nuestra vida entera una ofrenda, un acto de reparación. Nuestra dedicación completa al Señor es ya desagravio por nuestros pecados y por los de todos los hombres; pero es menester que la entrega sea siempre vibrante, que abandonemos a Jesús, que estemos siempre junto a su Corazón, alegres en el sufrimiento

María Corredentora, que sintió su Corazón atravesado por una espada, y que estuvo de pie junto a la Cruz de su Hijo, nos ayudará a estar cerca del Corazón de Jesús, a desagraviarle de continuo, y especialmente cuando veamos que le ofenden, cuando por nuestras mismas faltas no estamos despiertos y vigilantes.