Consolador de Jesús (San Francisco Marto)

Consolador de Jesús (San Francisco Marto)

72 años después

El 13 de mayo de 1917 la Virgen María se apareció a tres pastorcitos en Cova de Iría, un lugar cercano a una pequeña aldea de Fátima llamada Aljustrel. Varias decenas de años después, en el mismo lugar, el papa Juan Pablo II beatificó a dos de aquellos niños en presencia de una gran multitud de fieles. Una de los asistentes era una anciana carmelita de 93 años, sor María Lucia de Jesús y del Inmaculado Corazón, del convento de Coimbra, única superviviente de los tres videntes.

El Papa comenzó su homilía diciendo: “Yo te bendigo, Padre, (…) porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has revelado a los pequeños” (Mt 11, 25). Con estas palabras (…) Jesús alaba los designios del Padre celestial; sabe que nadie puede ir a Él si el Padre no lo atrae (cfr. Jn 6, 44), por eso alaba este designio y lo acepta filialmente: “Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito” (Mt 11, 26). Has querido abrir el Reino a los pequeños.

 

Por designio divino, “una mujer vestida de sol” (Ap 12, 1) vino del cielo a esta tierra en búsqueda de los pequeños privilegiados del Padre. Les habla con voz y corazón de madre: los invita a ofrecerse como víctimas de reparación, mostrándose dispuesta a guiarlos con seguridad hasta Dios. Entonces, de sus manos maternas salió una luz que los penetró íntimamente, y se sintieron sumergidos en Dios, como cuando una persona -explican ellos- se contempla en un espejo.

 

Más tarde, Francisco, uno de los tres privilegiados, explicaba: “Estábamos ardiendo en esa luz que es Dios y no nos quemábamos. ¿Cómo es Dios? No se puede decir. Esto sí que la gente no puede decirlo”. Dios: una luz que arde, pero no quema. Moisés tuvo esa misma sensación cuando vio a Dios en la zarza ardiente; allí oyó a Dios hablar, preocupado por la esclavitud de su pueblo y decidido a liberarlo por medio de él: “Yo estaré contigo” (Cfr. Ex 3, 2-12). Cuantos acogen esta presencia se convierten en morada y, por consiguiente, en “zarza ardiente” del Altísimo.

 

Un chico de carácter dócil y condescendiente

 

Francisco Marto nació el 11 de junio de 1908, en Aljustrel. Sus padres se llamaban Manuel Pedro Marto y Olimpia dos Santos. La Virgen María se lo llevó al cielo el 4 de abril de 1919, cuando todavía no había cumplido los 11 años. Era de carácter dócil. Le gustaba pasar el tiempo ayudando al necesitado. Todos lo reconocían como un muchacho sincero, justo, obediente y diligente. Según el P. Leite, Francisco era un muchacho de cara redonda, de facciones muy perfectas, ojos vivos, de buena constitución; que sólo sufrió una enfermedad en su vida, la que le llevó a la tumba. El carácter parece haberlo heredado de su padre: cariñoso, muy humilde, paciente y poco hablador. Su prima Lucia completa así la descripción: no parecía hermano de Jacinta, sino en la fisonomía del rostro y en la práctica de la virtud. No era tan caprichoso y vivo como ella. Al contrario, era de natural pacífico y condescendiente. Si hubiera crecido, su defecto principal hubiera sido no tenerlos.

Desde muy temprana edad, Francisco y su hermana Jacinta aprendieron a cuidarse de las malas relaciones, y por tanto preferían la compañía de Lucia dos Santos, prima de ellos, la cual les hablaba de Jesucristo. Los tres pasaban el día juntos, cuidando de las ovejas, rezando y jugando. Francisco tocaba muy bien la armónica y Lucia y Jacinta inventaban juegos muy divertidos. Aunque su vida era muy dura -pasaban todo el día al aire libre, con viento, lluvia o nieve, calor o frío- nunca estaban tristes, si bien a veces se enfadaban y reñían, porque Jacinta era un tanto caprichosa y Lucia tenía un genio muy vivo. Eran, en suma, unos niños normales, que no tenían nada de místicos.

Las apariciones del Ángel

Juntamente con su hermana Jacinta y su prima Lucia, Francisco fue agraciado con tres apariciones de un Ángel del cielo y con seis de la Virgen María. Éstas últimas tuvieron lugar entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917. A partir de estas apariciones, los tres niños se vieron cada vez más inflamados por el amor de Dios y de las almas, que llegaron a tener una sola aspiración: rezar y sufrir de acuerdo con la petición de la Virgen.

La Congregación para las Causas de los Santos subrayó en junio de 1999 que Francisco y Jacinta no iban a ser beatificados por haber sido testigos de fenómenos extraordinarios -haber visto a la Virgen-, sino por haber vivido las virtudes cristianas en grado heroico. Si fue extraordinaria la medida de la benevolencia divina para con ellos, extraordinaria fue también la manera como ellos quisieron corresponder a la gracia divina.

Los niños no se limitaron únicamente a ser mensajeros del anuncio de la penitencia y de la oración, sino que dedicaron todas sus fuerzas para hacer de sus vidas un anuncio, más con sus obras que con sus palabras. Mucho habían recibido, porque mucho les dio el Cielo, pero mucho fue lo que dieron.

El enviado de Nuestra Señora (el Ángel) les enseñó el arte de orar con fervor, de orar por aquellos que no oran, de reparar por aquellos que no tienen fe ni amor. Dirigió sus pensamientos hacia lo que sería el objeto del Mensaje de Nuestra Señora: la oración y el sacrificio por la conversión de los pecadores y por la consolación del Corazón de Nuestro Señor.

El Ángel, en la primera aparición, se presentó con aspecto de un joven de belleza sobrehumana, dándose a conocer enseguida: No temáis. Soy el Ángel de la Paz. Rezad conmigo. Y postrándose de rodillas, inclinó su cabeza hasta casi tocar el suelo y repitió por tres veces: Dios mío, creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, por los que no adoran, por los que no esperan ni te aman.

En la segunda aparición, les dijo que siguieran rezando mucho y haciendo sacrificios, porque los Sagrados Corazones de Jesús y de María tenían respecto a ellos designios de misericordia. Y como Lucia le preguntó qué sacrificios deberían hacer, el Ángel respondió: De todas las cosas podéis hacer un sacrificio. Ofrecédselo al Señor en reparación de tantos pecados con los que es ofendido y como súplica por la conversión de los pecadores. Procurad así atraer la paz sobre vuestra patria… Sobre todo, aceptad con resignación los sufrimientos que Dios os envíe…

 

En la tercera y última aparición del mensajero celestial, éste sostenía un cáliz con las manos y sobre él se veía una hostia, de la cual se desprendían unas gotas de sangre que caían en el cáliz. El Ángel hizo repetir a los niños la siguiente oración: Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo te adoro profundamente y te ofrezco los preciosísimos Cuerpo, Alma, Sangre y Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación de los ultrajes con los que Él es ofendido. Por los infinitos méritos de su Sagrado Corazón y por los del Corazón Inmaculado de María, te pido la conversión de los pobres pecadores. A continuación dio a comulgar a Lucia con la hostia, y a Francisco y Jacinta con el contenido del cáliz, mientras decía: Recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus pecados y consolad a vuestro Dios. Después desapareció.

La Virgen se aparece en Fátima

La Virgen María se aparece por vez primera a los tres pastorcitos el 13 de mayo de 1917. Ella, después de tranquilizarlos diciendo que es del cielo, pregunta: ¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quisiera enviaros como reparación de los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores? Los tres niños respondieron: Sí, queremos. Y la Virgen añadió: Tendréis, pues, mucho que sufrir, pero la gracia de Dios os fortalecerá.

 

La segunda aparición tiene lugar el 13 de junio. En esta ocasión la Virgen María les anunció que los dos más pequeños irían pronto al cielo. Según contó Lucia, la Virgen le dijo: Sí, a Jacinta y a Francisco los llevaré en breve, pero tú te quedas aquí algún tiempo más. Quiero establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón.

Un mes más tarde, en la tercera aparición, después de decir que era preciso rezar el rosario, Nuestra Señora insistió en el sacrificio reparador: Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces: “¡Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!”Cuando recéis el rosario, decid después de cada misterio: “Oh, Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al cielo, especialmente las más necesitadas”. Dicho esto, los tres videntes tuvieron una visión del infierno. Después, la Virgen les comunica tres secretos, y les recomienda:

 

El 13 de agosto los tres niños no pueden acudir a la cita con la Virgen, pues el Administrador del municipio de Vila Nova de Ourem, al que pertenecía Fátima, con engaño introdujo a los pastorcitos en el calabozo municipal. Sin embargo, la cuarta aparición, la correspondiente al mes de agosto, también se produjo. Tuvo lugar el domingo 19. En esta ocasión, la Virgen no deja de recordarles: Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, porque muchas almas van al infierno por no tener quien se sacrifique y rece por ellas.

En la aparición de septiembre, la Señora del Cielo dijo a los videntes: Continuad rezando el rosario para alcanzar el fin de la guerra. En octubre vendrá también Nuestro Señor, Nuestra Señora de los Dolores y del Carmen, san José con el Niño Jesús para bendecir al mundo. Dios está contento con vuestros sacrificios, pero no quiero que durmáis con la cuerda puesta; llevadla sólo durante el día. La Virgen había hecho referencia a uno de los sacrificios más dolorosos, consistente en una cuerda a modo de cilicio que cada uno llevaba atada a la cintura. Tanto les hacía sufrir, que Jacinta a veces hasta lloraba con violencia del dolor.

En la sexta y última aparición, la del 13 de octubre, la Virgen, después de decir Soy la Virgen del Rosario, manifiesta a los niños su deseo de que se construya una capilla en el lugar de las apariciones en su honor, anuncia el fin de la guerra y el regreso de los soldados a sus hogares, y dice: Es preciso que los hombres se enmienden, que pidan perdón de sus pecados… Que no ofendan más a Nuestro Señor, que es ya demasiado ofendido.

Contradicciones

Durante las apariciones, Francisco, al igual que Lucia y Jacinta, soportó con espíritu inalterable y con admirable fortaleza las calumnias, las malas interpretaciones, las injurias, las persecuciones y hasta algunos días de prisión. Durante ese momento tan angustioso en que habían encarcelado a los tres niños, Francisco se resistía fuertemente a la autoridad, infundiendo valor a su prima y a su hermana. Cuantas veces le amenazaban con la muerte respondía: Si nos matan no importa; vamos al cielo.

 

La primera contradicción fue la incomprensión familiar, especialmente por parte de María Rosa, la madre de Lucia, que consideraba una verdadera desgracia lo que ella consideraba mentiras fantásticas de su hija, y no estaba dispuesta a consentir en un embuste de esa categoría. Los padres de Francisco y de Jacinta pensaban de manera similar, aunque su actuación en los primeros momentos es, sin embargo, más cauta, en consideración a la corta edad de los chiquillos. También sufrieron los pequeños videntes el recelo de su párroco. La actitud de éste es comprensible por la lógica prudencia que la Iglesia adopta siempre en estos casos.

Después de la segunda aparición, María Rosa, viendo que su hija no cedía, decidió llevarla a hablar con el señor Cura, para que éste la convenciera  de su error, y animó al matrimonio Marto a que hiciesen los mismos con Jacinta y Francisco. Ante el párroco, los niños se mostraron muy valientes y contaron todo tal y como había sucedido. Sin embargo, cuando el señor Cura dijo que tal vez todo fuera un engaño del demonio, Lucia se preocupó: ¡Cuánto me hizo sufrir esta reflexión! -comentaría más tarde-. Sólo Nuestro Señor, que lee los corazones, podría decirlo. Fue Jacinta, con su sentido común, la que procuró tranquilizarla: ¡No puede ser el demonio! No puede ser él. El demonio es demasiado feo y habita bajo tierra, en el infierno. Y la Señora, ¡es tan hermosa! Y hemos visto cómo subía al cielo.Está bien. Iré con vosotros. Francisco le comentó: ¡Dios mío! Anoche no dormí nada; pasé toda la noche rezando y llorando para que Nuestra Señora te hiciese venir. Pero Lucia no estaba convencida, todo podría ser un engaño del diablo, y estaba decidida a no acudir a la cita con la Virgen el 13 de julio. Mas según se acercaba la hora, se sentía impulsada por una fuerza sobrenatural que le animaba a ir. Hasta que la intervención de sus primos la decidió:

Pero lo que les hizo sufrir más fue la insidia sectaria de los enemigos de la fe. El Administrador del concejo o municipio de Vila Nova de Ourem era Arturo Oliveira Santos, apodado el Hojalatero. Éste era masón y desde el primer momento tuvo gran interés en acabar con aquel brote de misticismo. Y para ello no duda en meter en la cárcel municipal a los tres niños. Años después, Lucia recordaba aquellos días en que estuvieron en el calabozo: Cuando, pasado algún tiempo, estuvimos presos, a Jacinta lo que más le costaba era el abandono de los padres; y decía, corriéndole las lágrimas por las mejillas: -“Ni tus padres ni los míos vienen a vernos. ¡No les importamos nada!” -“No llores -le dice Francisco-, ofrezcámoslo a Jesús por los pecadores”. Y levantando los ojos y las manos al cielo hizo él el ofrecimiento: -“¡Oh mi Jesús, es por tu amor y por la conversiones de los pecadores!” Jacinta añadió: -“Y también por el Santo Padre y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María”.

 

También hay que referir los ataques de la prensa laicista. Ésta, sin pretenderlo, extendió la fama de las apariciones. Sus sarcasmos producían efectos contrarios a los deseados y cada mes era mayor el gentío que acudía a la cita con la Virgen. El sectarismo de los periódicos masónicos intentó hacer correr el rumor de que los tres niños eran unos lelos, iluminados o paranoicos, de tal forma que el Hojalatero hizo se les sometieran a un examen psiquiátrico a cargo del doctor D. Antonio Rodrigues de Oliveira, médico de Leiría. Las conclusiones sacadas de su examen por el citado doctor nunca fueron publicadas, señal de que éstas no eran muy favorables a los intereses del Hojalatero y de la prensa sectaria.

A todo esto hay que añadir los interrogatorios que sufrieron. Francisco, menos vehemente que su hermana, hubiera querido acabar pronto con aquel suplicio de los interrogatorios. Su alma infantil se rebela contra tan gran injusticia y en alguna ocasión se lamentaba de la ligereza de su hermana, que fue quien contó a su madre la primera aparición. ¡Qué pena! -le decía-. Si te hubieras callado, nadie lo sabría. Si no fuese por ser mentira, diríamos a la gente que no vimos nada y todo se acabaría. Per esto no puede ser.

¡Si yo pudiera consolarle!

El Ángel, en tercera aparición, dijo a los tres pastorcitos: Consolad a vuestro Dios. Estas palabras impresionaron vivamente a Francisco y orientaron toda su vida. Sólo a él Dios se dio a conocer muy triste, como decía. Una noche, su padre lo oyó sollozar y le preguntó por qué lloraba; el hijo respondió: Pensaba en Jesús, que está muy triste a causa de los pecados que se cometen contra Él. Quiso ser el Consolador de Jesús. Su pena era ver a Jesús ofendido; su ideal, consolarlo. Desde entonces hasta su muerte, vivirá movido por el único deseo -que expresa muy bien el modo pensar de los niños- de consolar y dar alegría a Jesús, y para esto hará todos los sacrificios que pueda.

Un día de noviembre de 1917, su prima Lucia le preguntó: -¿Qué es lo que más te gusta: consolar a Nuestro Señor o convertir a los pecadores para que las almas no vayan al infierno? La respuesta de Francisco fue inmediata: -Si tuviera que elegir, preferiría consolar a Nuestro Señor. ¿No has advertido cómo la Santísima Virgen, el mes último, se entristeció mucho cuando nos pidió que no se ofenda más a Nuestro Señor, que es tan ofendido? Quisiera, primero, consolar a Nuestro Señor; pero, después, convertir a los pecadores para que no le ofendan más.

La experiencia sobrenatural de haber sido testigo de apariciones produjo en él una transformación ciertamente no común en los niños de su edad. Se entrega a una vida espiritual intensa, que se traduce en una oración asidua y ferviente y llega a una verdadera forma de unión mística con el Señor. Esto mismo lo lleva a una progresiva purificación del espíritu, a través de la renuncia a los propios gustos e incluso a los juegos inocentes de los niñosHomilía de la Misa de Beatificación, 13 de mayo de 2000). (Juan Pablo II,

El rezo del rosario

El joven pastor nunca oyó las palabras de la Santísima Virgen, como tampoco las del Ángel que se les apareció previamente. La Señora del cielo no le dirigió la palabra directamente y ni siquiera tuvo, como Jacinta, el favor de oír ese son de voz tan acariciador. No oía, pero sí veía. En las apariciones se queda un poco detrás de sus compañeras. Cuando Lucia le comunicó que Nuestra Señora le había dicho que él iría al cielo, pero que tendría que rezar antes muchos rosarios, rezumando de alegría, dijo: ¡Santísima Virgen, rezaré tantos rosarios como quieras! Su carácter reflexivo le llevaba a recordar a su hermana y a su prima el compromiso que tenían con el cielo de rezar y de mortificarse. Su celo era admirable y servía de ejemplo a las dos chiquillas.

A partir de aquel momento, durante el resto de su vida -¡tan sólo dieciocho meses!- no dejó pasar ni un solo día sin rezar el rosario. Estando ya enfermo, ni siquiera en los instantes en que la fiebre era muy alta se olvidaba de rezar su rosario. Sabía que era la plegaria preferida de la Señora, que en su última aparición dijo a los videntes: Soy la Virgen del Rosario. Había días que rezaba varios rosarios.

Con frecuencia pedía a su hermana o a su prima que le acompañaran en el rezo del rosario. Pero, con más frecuencia, lo rezaba solo. Muchas veces, mientras Lucia y Jacinta jugaban, él paseaba. -Francisco, ¿qué haces?, le preguntaban. Por toda respuesta, elevaba los brazos para que vieran su rosario. -Ven a jugar ahora. Después rezaremos los tres, le decían ellas. -¿Después?… ¡Ahora y después!… Olvidáis que la Señora ha dicho que debo rezar mi rosario.

Durante su enfermedad alguna vez se lamentó ante su madre que su debilidad no le permitía, en ciertos momentos, rezar los 15 misterios de una sola vez y poder ofrecer un rosario entero. Entonces Olimpia le ayudaba y le tranquilizaba diciéndole que la Virgen se contentaba con una plegaria mental, sin necesidad de pronunciar las palabras que le causaban tanta fatiga.

Jesús Escondido

De los tres niños, Francisco  era el más contemplativo y fue tal vez el que más se distinguió en su amor reparador a Jesús en la Eucaristía. Tenía un amor muy grande al Santísimo Sacramento, a quien siempre se refería llamándole Jesús Escondido. Era capaz de pasar las horas junto al sagrario acompañando y consolando al Señor.

 

En la tercera aparición del Ángel, éste dio la comunión a los tres videntes. A Lucia le ofreció la hostia, y a Jacinta y a Francisco, el cáliz. Después de comulgar, el pastorcito de Fátima decía: Yo sentía que Dios estaba en mí pero no sabía como era.

Después de las apariciones, los dos hermanos Marto siguieron su vida normal. Su prima Lucia empezó a ir a la escuela tal como la Virgen se lo había pedido. Francisco y Jacinta iban también para acompañarla. Cuando acudían al colegio, pasaban primero por la iglesia para saludar al Señor. Al acercarse la hora del comienzo de las clases, Francisco, conociendo que no habría de vivir mucho en la tierra, le decía a Lucia: Id vosotras al colegio, yo me quedaré aquí con Jesús Escondido. ¿Qué provecho me hará aprender a leer si pronto estaré en el Cielo? Dicho esto, el pequeño se iba tan cerca como era posible del sagrario.

Estando ya enfermo, le decía a su prima cuando iba a verlo a su casa camino de la escuela: Mira: vete a la iglesia y da muchos recuerdos míos a Jesús Escondido. De lo que tengo más pena es de no poder ir ya a estar un rato con Jesús Escondido.

En otra ocasión le dijo: –Lucia, pide tú también que el Señor me perdone.Sí, se lo pediré –respondió su prima-. Pero si Nuestro Señor no te hubiera perdonado, Nuestra Señora no le habría dicho a Jacinta, el otro día, que vendría muy pronto para llevarte al Paraíso. Ahora iré a misa y pediré por ti a Jesús Escondido. Dicho esto, se disponía a salir de la habitación, cuando Francisco le hizo otro ruego: -Oye. Pide al párroco que me dé la comunión. Después de aceptar el encargo con un , Lucia se fue a la iglesia. A su regreso, encontró a Jacinta conversando con el moribundo. Éste enseguida le preguntó: -¿Has pedido como te encargué? -Sí. -En el cielo rogaré por ti.

 

Espíritu de penitencia

 

En una de las apariciones la Virgen María anunció a los tres pastorcillos que habrían de sufrir mucho. Francisco entendió este mensaje como una verdadera vocación que comprometía toda su vida, que le llevó a ofrecer alegremente penosas mortificaciones, como ayunar el día entero por haber dado su comida a las ovejas o una familia pobre, o apretar con fuerza un cilicio de cuerda que se había puesto alrededor de la cintura. La cuerda-cilicio sólo se la quitó cuando la enfermedad le impidió levantarse. Un día que Lucia fue a visitarle se la entregó: Tómala antes de que mi madre la vea; ahora ya no puedo llevarla.

Un buen día, la madrina de Lucia había invitado a ésta y a sus primos Francisco y Jacinta a probar un hidromiel que había preparado. Ofreció en primer lugar al chico, pero éste pasó el vaso a su hermana. Bebed, bebed vosotras primero, dijo. Mientras Jacinta y Lucia tomaban la dulce bebida, Francisco desapareció furtivamente, por miedo a tener que beber ante la insistencia de que así lo hiciera la buena mujer. Más tarde, las dos chicas le encontraron detrás del pozo y le dijeron: –No has bebido hidromiel. La madrina te ha llamado varias veces y tú no te has dejado ver. Y con toda sencillez, el chico explicó: Cuando cogí el vaso, creí que era bueno hacer ese sacrificio para consolar a Nuestro Señor, y vine aquí.

También supo ofrecer las molestias de las muchas personas que iban a visitarle. Normalmente, los peregrinos que iban a rezar al lugar de las apariciones querían verle, y Olimpia les dejaba entrar en la habitación. Algunos se quedaban mucho tiempo junto a la cama del enfermo. Y todos decían: No sé lo que emana Francisco, pero uno se siente mejor junto a él. Más tarde, él dirá: ¿El Señor está siempre tan triste? ¡Sufro tanto al verle tan afligido! Le ofrezco todos los sacrificios que puedo. Jamás volveré a huir de los visitantes: esto será un sacrificio más.

Alma delicada

La delicadeza de conciencia de Francisco, ya grande, fue perfeccionándose como consecuencia de las apariciones. Más que nada él quería ofrecer su vida para aliviar al Señor, que lo había visto tan triste, tan ofendido. Incluso sus ansias de ir al cielo fueron motivadas únicamente por el deseo de poder mejor consolar a Dios. Con firme propósito de hacer aquello que agradase a Dios, evitaba cualquier especie de pecado y, con siete años de edad, comenzó a frecuentar el sacramento de la Penitencia.

Tanto él como su hermana fueron muy dóciles a los preceptos del Señor y a las palabras de la Santísima Virgen María. Progresaron constantemente en el camino de la santidad y, en breve tiempo, alcanzaron una gran y sólida perfección cristiana. Al saber por la Virgen que sus vidas iban a ser breves, pasaban los días en ardiente expectativa de entrar en el cielo. Y de hecho, su espera no se prolongó.

Francisco sentía verdadero horror por la mentira. En uno de los interrogatorios a que fueron sometidos los pequeños videntes, le preguntaron a su prima si la Virgen les había pedido que rezasen por los pecadores. Lucia contestó: no. El pequeño pastor de Fátima pensó que la respuesta había sido una mentira, y acercándose a la chica, le dijo: –¿Cómo puedes decir que la Señora no nos había pedido que pidiéramos por los pecadores?… Acabas de mentir… Lucia, con serenidad le aclaró: –No nos ha pedido que oremos por los pecadores… Acuérdate… Nos ha pedido que oremos por la paz, con el fin de que la guerra termine; en lo que se refiere a los pecadores, sólo nos ha pedido que hagamos sacrificios. Con un suspiro de alivio, el muchacho dijo: Es verdad; tienes razón… Creí que habías mentido.

Una mañana en que su salud se había agravado, mandó avisar a Lucia por medio de su hermana Teresa. Cuando su prima llegó, rogó a su madre y a sus hermanos que salieran de la habitación para hablar a solas con Lucia. Una vez que estuvieron solos, le dijo: Hoy debo confesarme para comulgar y después morir. Quiero que me digas si me has visto hacer algún pecado y después que le preguntes a Jacinta si me ha visto cometer alguno. Lucia, con toda naturalidad, le recordó: Algunas veces has desobedecido a tu madre cuando ella te pedías que te quedaras en casa: te escapabas para venir a buscarme o para esconderte. Francisco asintió: Es verdad. He hecho eso. Ahora ve a buscar a Jacinta y pregúntale si se acuerda de algo.

Jacinta después de pensar un breve momento, respondió a Lucia: Dile que el día que la Virgen se nos apareció cogió a padre diez cuartos para comprarse una armónica. Y también que cuando los muchachos de Aljustrel tiraban piedras a los de Boleiros él también ha tirado algunas. Lucia le dijo todo lo que había recordado su hermana. Entonces, el pequeño moribundo manifestó: Esos pecados ya me los he confesado. Pero me los confesaré de nuevo. Acaso sean causa de que el Señor esté triste. Pero aunque no fuera a morir no los volvería a cometer. Ahora estoy muy arrepentido. Y uniendo las manos, recitó la plegaria: Jesús, perdónanos nuestros pecados…

Hechos extraordinarios

Los prodigiosos acontecimientos de los que los tres pastorcitos de Fátima fueron protagonistas hicieron que todo el mundo se volvieran hacia ellos, pero Lucia, Francisco y Jacinta se mantenían sencillos y humildes. Cuanto más buscados eran por la gente, tanto más procuraban ocultarse.

Un día que se dirigían tranquilamente hacia la carretera, vieron que se paraba un gran automóvil delante de ellos con un grupo de señoras y señores, elegantemente vestidos. Mira, vendrán a visitarnos…, empezó Francisco. ¿Nos vamos?, pregunta Jacinta. Imposible sin que lo noten, responde Lucia, y propone a continuación: Sigamos andando y veréis cómo no nos conocen. Pero los visitantes los paran: –¿Sois del Aljustrel?Sí, señores, contesta Lucia. -¿Conocéis a los tres pastores a los cuales se les ha aparecido la Virgen? -Sí los conocemos. -¿Sabrías decirnos dónde viven? -Tomen ustedes este camino y allí abajo tuerzan hacia la izquierda, les responde Lucia, describiéndoles sus casas. Los visitantes marcharon, dándoles las gracias y ellos contentos, corrieron a esconderse.

La Virgen María no dejaba de escuchar las fervientes súplicas de los tres niños, respondiéndoles a menudo de manera visible. Tanto Francisco como Jacinta fueron testigos de hechos extraordinarios.  Uno de ellos es el siguiente: En un pueblo vecino, una familia le había caído la desgracia del arresto de un hijo por una denuncia que le llevaría a la cárcel si no demostrase su inocencia. Sus padres, afligidisímos, mandaron a Teresa, la hermana mayor de Lucia, para que le suplicara a los niños que les obtuvieran de la Virgen la liberación de su hijo. Lucia, al ir a la escuela, contó a sus primos lo sucedido. Dijo Francisco: Vosotras vais a la escuela y yo me quedaré aquí con Jesús para pedirle esta gracia. En la tarde Francisco le dice a Lucia: Puedes decirle a Teresa que haga saber que dentro de pocos días el muchacho estará en casa. En efecto, el 13 del mes siguiente, el joven se encontraba de nuevo en su casa.

En otra ocasión, Francisco contó a Lucia y a Jacinta que una mujer le había pedido la curación de su hijo y la conversión de un pecador, y después de contarlo, dijo: Yo me encargaré de esto. Algún tiempo después de la muerte de Francisco aquella mujer volvió a Fátima y fue a visitar su tumba para darle las gracias por dos favores que había obtenido

Enfermedad

En la segunda aparición, la Virgen anunció que pronto se llevaría a Jacinta y a Francisco al cielo y que Lucia debía permanecer en la tierra muchos años: tú te quedarás aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar.

Apenas había transcurrido un año desde la última aparición de la Señora cuando Francisco cayó gravemente enfermo. Una terrible epidemia de gripe asoló toda Europa, siendo Portugal una de las naciones más castigadas. La mortandad fue muy elevada. La gripe provocó en el pequeño una violenta neumonía.  Soportó los grandes sufrimientos de la enfermedad que lo llevó a la muerte, sin quejarse nunca. Todo le parecía poco para consolar a Jesús; murió con una sonrisa en los labios. En el pequeño Francisco era grande el deseo de reparar las ofensas de los pecadores, esforzándose por ser bueno y ofreciendo sacrificios y oraciones (Juan Pablo II, Homilía de la Misa de Beatificación, 13 de mayo de 2000).

Al principio de la enfermedad, algún que otro día, especialmente soleado, si se encontraba con fuerzas, Francisco se levantaba para dar un paseo. Entonces -siempre- dirigía sus pasos hacia Cova de Iría.

Hacia finales de febrero de 1919, Francisco desmejoró visiblemente y del lecho que se vio postrado no volvió a levantarse. Su estado se agravaba sin cesar. Perdió el apetito, las fuerzas disminuían todos los días. Sufrió con íntima alegría su enfermedad y sus grandísimos dolores, en sacrificio a Dios. Una vez su prima le preguntó si sufría, y él le respondió: Bastante. Me duele tanto la cabeza, pero no me importa. Quiero soportarlo y sufrir para consolar a Nuestro Señor. Además, en breve iré al cielo.

 

En otra ocasión, habían acudido a verle Lucia y Jacinta. Hablaban los tres y, en un momento, Francisco les pidió que hablaran menos fuerte porque la cabeza le dolía mucho. Entonces su hermana le dijo: Ofrece tu sufrimiento por los pecadores. El enfermo asintió: Ante todo, lo ofrezco para consolar a Nuestro Señor; después, para consolar a Nuestra Señora, y luego lo ofreceré por los pecadores y por el Papa.

 

Otro día, estando ya la enfermedad muy avanzada, Lucia encontró su primo muy contento, e incluso creyó advertir algún síntoma de mejoría en su salud, por lo que le dijo: Tú estás mejor. Francisco no era de la misma opinión: No, me siento mucho peor. Ya me falta poco para ir al cielo. Allí voy a consolar mucho a Nuestro Señor y a Nuestra Señora. Jacinta va a pedir mucho por los pecadores, por el Santo Padre y por ti; y tú quedas aquí, porque Nuestra Señora lo quiere. Mira: Haz todo lo que Ella te diga.

 

Muchos de los que le visitaban, para animarle, le decían que en breve tiempo se curaría. Pero Francisco respondía invariablemente con un no, cuyo acento, mezclado de certeza y de misteriosa nostalgia, impresionaba mucho. Cuando su madrina se propuso hacer una promesa a la Virgen María para obtener de Ella la curación, la disuadió: Es inútil pensar en eso, madrina. ¡No obtendrá la gracia de la curación!

 

Muerte

Murió sonriendo, solía decir Manuel Pedro al referirse a la muerte de su hijo Francisco. Y el Postulador de la Causa de Beatificación, P. Kondor, comenta: ¿Cómo no había de sonreír delante de la muerte, si tenía la certeza de ir al cielo? Así se lo había prometido la blanca Señora vestida de luz en la primera y segunda apariciones, y pocos días antes de su muerte.

 

El 2 de abril, su estado era tal que Olimpia creyó conveniente llamar al párroco de Aljustrel para que confesara a su hijo. El sacerdote, don Manuel Marques Ferreira, oyó la confesión del pequeño moribundo y le prometió volver al día siguiente con Jesús Escondido para que hiciera la primera comunión, que sería también el viático. Francisco se llenó de alegría. Su temor de morir sin haber recibido al Señor desapareció. Esa misma tarde pide a su madre que le dejara vivir el ayuno para recibir la comunión y ofrecer ese último sacrificio por los pecadores.

El día 3, cuando el párroco entró en su habitación con la Hostia Santa, el pequeño vidente quiso sentarse en la cama para recibir con más respeto la sagrada comunión, pero no se lo permitieron. Con gran lucidez de espíritu y piedad comulgó. Después de haber recibido al Señor estaba deslumbrante de gozo. Apenas hubo salido el sacerdote de la habitación preguntó a su madre si no podía volver a comulgar nuevamente.

Francisco era consciente de que estaba próxima la hora de su muerte. Lucia y Jacinta habían acudido a despedirse. Pasa casi todo el día a su lado. El chico pide que recen en voz alta el rosario, en su lugar, pues él ya no puede hacerlo. También Francisco les habla de su muerte: Voy a irme al cielo. Pero una vez allí, pediré con fuerza a Jesús que os lleve con Él, muy pronto, al Paraíso. Su prima, al oír estas palabras, le dice: -Me pregunto si te acordarás de mí cuando estés cerca de Jesús y de María, que son tan hermosos. -Quizás tengas razón. Puede ser que me olvide.

 

Y su hermana Jacinta, muy apenada, le hace las últimas recomendaciones: Da muchos recuerdos a Nuestro Señor y a la Virgen. Diles que “yo sufriré cuanto ellos quieran” por los pecadores y para reparar ante el Corazón Inmaculado de María.

 

Llegada la noche, las dos niñas tienen que irse. Lucia pregunta a su primo si desea algo todavía, y Francisco contesta: No. Olimpia no puede contener la emoción y hace señas a su sobrina para que acorte la despedida. -Francisco, adiós… Si vas al Paraíso esta noche, no nos olvides. ¿Has oído? -No, no os olvidaré; podéis estar tranquilas. -Adiós, pues, hasta que nos volvamos a ver en el cielo. -Hasta el cielo…

En la madrugada del 4 de abril de 1919, después de pedir perdón a todos los que le rodeaban, particularmente a su madrina, por las penas que les podía haber causado, dijo a su madre: Mira, madre, qué hermosa luz, allí, cerca de la puerta… Y un momento después: Ahora ya no la veo. Y con una sonrisa angelical, sin agonía, sin un gemido, expiró dulcemente.

 

Fue canonizado el 13 de mayo de 2017, en el I Centenario de las apariciones de la Virgen en Fátima, por el Papa Francisco.

 

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Una respuesta a “Consolador de Jesús (San Francisco Marto)

  1. José María Bellido Zurdo

    Es un ejemplo maravillo el del beato Francisco Marto. Se nota la gran sensibilidad espiritual para comprender la tristeza de Dios por los pecados de las personas. Y también su gran espíritu de mortificación, pues para orar tanto, tuvo que renunciar a muchas cosas. Pero lo que más me llama la atención es su madurez y sentido común, pues sabiendo que iba a morir pronto no le interesaba ir a la escuela, sino algo mucho más importante que es consolar a Dios oculto en el Sagrario.

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