Una niña sólo en años (Santa Jacinta Marto)

Una niña sólo en años (Santa Jacinta Marto)

 

Un ofrecimiento

 

El 13 de mayo del Año Santo del Gran Jubileo del 2000, en Fátima tuvo lugar una solemne ceremonia de beatificación: Juan Pablo II elevó a los altares a dos niños pastores -Francisco Marto y a su hermana Jacinta-, videntes de la Virgen María, juntamente con su prima Lucia. En la homilía, el Papa refiriéndose a la pastorcita dijo: Con su solicitud materna, la Santísima Virgen vino aquí, a Fátima, a pedir a los hombres que “no ofendieran más a Dios, nuestro Señor, que ya ha sido muy ofendido”. Su dolor de madre la impulsa a hablar; está en juego el destino de sus hijos. Por eso pedía a los pastorcitos: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, pues muchas almas van al infierno porque no hay quien se sacrifique  y pida por ellas”. La pequeña Jacinta sintió y vivió como suya esta aflicción de la Virgen, ofreciéndose heroicamente como víctima por los pecadores. Un día -cuando tanto ella como Francisco ya habían contraído la enfermedad que los obligaba a estar en cama- la Virgen María fue a visitarlos a su casa, como cuenta la pequeña: “Nuestra Señora vino a vernos, y dijo que muy pronto volvería a buscar a Francisco para llevarlo al cielo. Y a mí me preguntó si aún quería convertir a más pecadores. Le dije que sí”. Y, al acercarse el momento de la muerte de Francisco, Jacinta le recomienda: “Da muchos saludos de mi parte a nuestro Señor y a nuestra Señora, y diles que estoy dispuesta a sufrir todo lo que quieran con tal de convertir a los pecadores”. Jacinta se había quedado tan impresionada con la visión del infierno, durante la aparición del 13 de julio, que todas las mortificaciones y penitencias le parecían pocas con tal de salvar a los pecadores.

Carácter

Jacinta nació en Aljustrel el 11 de marzo de 1910, y falleció en un hospital de Lisboa el 20 de febrero de 1920. A pesar de ser la más pequeña de los tres pastorcitos, fue tal vez la más privilegiada. Además de presenciar cuando sólo tenía siete años de edad todas las apariciones en que estuvieron su prima Lucia y su hermano Francisco, fue favorecida con varias apariciones especiales de Nuestra Señora. Su vida se resume en rezar y hacer todos los sacrificios posibles para la conversión de los pecadores y para desagraviar al Corazón Inmaculado de María. Su prima Lucia dijo de ella: Jacinta fue, según me parece, aquella a quien la Santísima Virgen comunicó mayor abundancia de gracia, conocimiento de Dios y de la virtud. Tenía un porte siempre serio, modesto y amable, que parecería traslucir en todos sus actos una presencia de Dios propia de personas avanzadas ya en edad y de gran virtud. Ella era una niña sólo en años.

Era alegre, juguetona y dicharachera, la más vivaracha de los tres videntes. Pero también caprichosa y testaruda. El candor de la niñez se le escapaba por todos los poros del cuerpo. A veces, su temperamento vivo y sensible hacía que por cualquier nonada estallara en alegría, o bien se deshiciera en lágrimas, lo cual desagradaba a su prima e inseparable compañera de juegos. Pero cuando la Virgen le explicó que su vocación sería ofrecer sacrificios por la conversión de los pecadores dio un cambio asombroso.

A través de la gracia que había recibido y con la ayuda de la Virgen, Jacinta, tan ferviente en su amor a Dios y su deseo de las almas, fue consumida por una sed insaciable de salvar a las pobres almas en peligro del infierno. La gloria de Dios, la salvación de las almas, la importancia del Papa y de los sacerdotes en la Iglesia, la necesidad  y el amor por los sacramentos, todo esto era de primer orden en su vida. Ella vivió el mensaje de Fátima para la salvación de las almas de todo el mundo, demostrando un gran espíritu misionero.

Mamá, he visto a la Virgen

El domingo 13 de mayo de 1917 Lucia, Francisco y Jacinta después de haber ido a misa salieron al campo con las ovejas. Cerca del mediodía, cuando el sol estaba en su cenit, los tres niños llegaron a la Cova da Iria. Allí tuvo lugar la primera aparición de la Virgen. Vieron en el centro de una gran aureola de luz que también a ellos envolvía a una hermosa señora más resplandeciente que el sol.

Al cabo de unos minutos, la Señora se alejó en dirección al Levante, y la maravillosa Visión se desvaneció en la luz del día. Los tres pequeños pastores contemplaron la Aparición, pero Ella solamente habló con Lucia. Francisco no oyó nada, aunque percibió cuanto dijo su prima. Jacinta lo oyó todo, pero no tomó parte en la conversación. Llenos de alegría y felicidad, los niños quedan como extasiados. Jacinta no hace más que repetir: ¡Oh, qué hermosa era la Señora! Su prima, viéndola tan entusiasmada, le recomendó que no contara nada. ¡No diré nada! ¡No diré nada! ¡No tengas miedo!, dijo la más pequeña de los videntes. Cuando al atardecer, después de haber reunido las ovejas, volvieron a casa, antes de despedirse, Lucia dijo a sus primos: Silencio absoluto, ¿comprendéis? Y fue Francisco quien esta vez contestó: Sí, sí; callaremos.

Los padres de Francisco y Jacinta -Manuel Pedro Marto y Olimpia dos Santos- pasaron aquel domingo anterior a la Ascensión fuera de casa. Habían ido al mercado de Batalha. Al regresar, salió a su encuentro Jacinta. Ésta, abrazando a su madre, le dijo: Mamá, hoy he visto a la Santísima Virgen en la Cova da Iria.

El asombro de Olimpia al oír estas palabras en labios de su hija fue mayúsculo. En la cena dijo a Jacinta que contase la verdad de lo que había ocurrido. La niña refirió minuciosamente a toda la familia reunida el hecho extraordinario con todos sus detalles. Francisco confirmaba cada una de sus palabras, pero, fiel a lo convenido, no añadió ni un detalle ni un comentario.

Al día siguiente, Olimpia contó lo ocurrido a su cuñada María Rosa de Jesús, madre de Lucia. Ésta no daba crédito a lo que escuchaba, y muy a pesar suyo la noticia de la supuesta aparición de la Virgen se propagó rápidamente gracias a los comadreos, y no encontraba más que incrédulos y lenguas que se despachaban a gusto.

En la cárcel del pueblo

La incomprensión familiar fue el primer sufrimiento que tuvieron que padecer los tres niños, pero no el único. E, incluso, fueron víctimas de un secuestro por parte del alcalde de Vila Nova de Ourem, que los sometió a castigos físicos con la intención de que revelaran el contenido del mensaje que habían recibido del Cielo. Pero los videntes lo soportaron todo con una heroica disposición hacia el martirio.

En el relato de Lucia, cuando ésta habla de la estancia de los tres niños en la cárcel del pueblo, se lee: Cuando después de habernos separado (haciéndoles creer a cada uno que los otros dos ya habían muerto y confesado su mentira), volvieron a juntarnos en una sala de la cárcel, diciendo que dentro de poco nos iban a buscar para freírnos, Jacinta se acercó a la ventana que daba a la feria de ganado. Pensé al principio que estaría distrayéndose; pero enseguida vi que lloraba. Fui a buscarla y le pregunté por qué lloraba. Respondió: -“Porque vamos a morir sin volver a ver a nuestros padres ni a nuestras madres. Al menos, yo querría ver a mi madre”. -“Entonces, ¿tú no quieres ofrecer este sacrificio por la conversión de los pecadores?” -“Quiero, quiero”. Y con lágrimas bañándole la cara, las manos y los ojos levantados al cielo, repitió el ofrecimiento. Los presos que presenciaban esta escena querían consolarnos. -“Todo lo que tenéis que hacer -decían- es decir al señor administrador ese secreto. ¿Qué os importa que esa Señora no quiera?” -“Eso nunca -respondió Jacinta con viveza-; antes prefiero morir”.

 

En otro momento, uno de los presos comenzó a tocar el acordeón para distraer a los chicos Nos preguntaron si sabíamos bailar -recordaba años después Lucia-, dijimos que sí sabíamos el fandango y la vira. Jacinta entonces fue compañera de un pobre ladrón que, viéndola tan pequeña, acabó bailando con ella en los brazos. Y termina la mayor de los pastorcitos su recuerdo de la aquella aventura en la cárcel en la que estaban dispuestos a morir antes que revelar el secreto que la Virgen les había comunicado comentando como de pasada: Es verdad, pero éramos niños y apenas pensábamos. Jacinta tenía para el baile una inclinación especial y mucho arte (…) Sin embargo, cuando se aproximó S. Juan o el carnaval, ella misma me dijo: -“Yo ahora no bailo más” -“¿Por qué?” -“Porque quiero ofrecer este sacrificio al Señor”.

Amor grande por el Santo Padre

En el corazón de Jacinta arraigó un gran amor por el Papa, después de la primera aparición, cuando unos sacerdotes le explicaron que debía rezar por el Santo Padre. Con frecuencia, ella manifestaba con toda la inocencia de su alma santa su ardiente deseo: ¡Quién me diera ver al Santo Padre! Viene aquí tanta gente y el Santo Padre no viene nunca.

 

Este amor grande le llevó a ofrecer muchos sacrificios por el Vicario de Cristo en la tierra. Un día el Cielo le recompensó por su afecto al Papa con una visión. No sé cómo fue -comentó a Lucia-. He visto al Santo Padre en una casa muy grande, de rodillas, delante de una mesa, llorando con las manos en la cara. Fuera de la casa había mucha gente: unos le tiraban piedras, otros le maldecían y decíanle cosas muy feas. ¡Pobrecito Santo Padre!, tenemos que rezar mucho por él. En otra ocasión, estando los tres pastorcitos en el campo, mientras rezaban la oración que les había enseñado el Ángel, Jacinta se levantó precipitadamente y dijo a su prima: ¡Mira! ¿No ves muchos caminos, senderos y campos llenos de gente que llora de hambre y no tienen nada para comer?… ¿Y al Santo Padre, en una iglesia al lado del Corazón de María, rezando?

Después de estos acontecimientos, los niños -especialmente Jacinta- llevaban en sus corazones al Santo Padre, y oraban constantemente por él. Incluso, tomaron la costumbre de ofrecer tres avemarías por el Papa después de cada rosario que rezaban. El día de su beatificación, Juan Pablo II agradeció a la pastorcita todo lo que había hecho por el Papa: Expreso mi gratitud también a la beata Jacinta por los sacrificios y oraciones que ofreció por el Santo Padre, a quien había visto en gran sufrimiento.

Amor a Jesucristo

Jacinta era de una piedad muy intensa -asistía diariamente a la Santa Misa- que la llevó a estar muy cerca del Corazón Inmaculado de María. Este amor la dirigía siempre y de una manera profunda al Sagrado Corazón de Jesús y al deseo de recibirle en la Comunión. Nada le atraía más que el pasar tiempo acompañando a Jesús Eucarístico sintiendo su presencia real. Decía con frecuencia: Cuanto amo el estar aquí, es tanto lo que le tengo que decir a Jesús.

Especialmente tenía una gran devoción a Jesús crucificado, gustándole besar un crucifijo que tenía en su casa. Cuando escuchaba relatos de la Pasión del Señor y los sufrimientos que padeció antes de morir en la cruz, sin poder evitarlo, se ponía a llorar y decía con pena: ¡Pobrecito Nuestro Señor! Yo no he de cometer nunca ningún pecado. No quiero que Nuestro Señor sufra más.

Con un celo inmenso, Jacinta se separaba de las cosas del mundo para prestar toda su atención a las cosas del Cielo. Buscaba el silencio y la soledad para darse a la contemplación. Cuánto amo a Nuestro Señor -decía a su prima Lucia-. A veces siento que tengo fuego en el corazón, pero que no me quema.

La visión del infierno

 

El viernes 13 de julio de 1917 tuvo lugar la tercera aparición de la Virgen a los tres niños. Además de los videntes, había acudido una multitud de personas. Al punto del mediodía, después de un relámpago deslumbrador y dentro de una aureola de intensa luz, la Señora del Cielo se presentó a los tres pastorcitos.

En el transcurso de esta aparición tuvo lugar una visión del infierno. Años más tarde, Lucia así la describió: Nuestra Señora separó de nuevo las manos, como en las veces precedentes. El haz de luz proyectado pareció penetrar en la tierra y nos vimos como dentro de un gran mar de fuego. Dentro de este mar estaban sumergidos, negros y ardientes, los demonios y las almas en forma humana, semejantes a brasas transparentes. Sostenidas en el aire por las llamas, caían por todas partes igual que las chispas en los grandes incendios, entre grandes gritos y aullidos de dolor y de desesperación que hacían temblar de espanto. Fue seguramente durante esa visión cuando yo lancé la exclamación de horror que se asegura fue oída. Esta visión duró sólo un instante y tuvimos que agradecer a nuestra cariñosa Madre del Cielo que nos hubiese anticipado que nos conducía al Paraíso; de otra suerte, creo que hubiésemos muerto de terror y miedo. Entonces, como para pedir socorro, levantamos los ojos hacia la Santísima Virgen, que nos dijo con ternura y tristeza: “Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra (se refería a la Primera Guerra Mundial, en la que participaba Portugal) terminará, pero si no dejan de ofender a Dios en el reinado de Pío XI comenzará otra peor”.

También contó Lucia que Jacinta vivía apasionada por el ideal de convertir pecadores, a fin de arrebatarlos del suplicio del infierno, cuya pavorosa visión tanto le impresionó. Alguna vez me preguntaba: “¿Por qué es que Nuestra Señora no muestra el infierno a los pecadores? Si lo viesen, ya no pecarían, para no ir allá. Has de decir a aquella Señora que muestre el infierno a toda aquella gente. Verás cómo se convierten. ¡Qué pena tengo de los pecadores! ¡Si yo pudiera mostrarles el infierno!”

Espíritu de penitencia

Desde la primera aparición, los tres pastorcitos buscaban como multiplicar las mortificaciones para convertir pecadores. Mortificaban su voluntad y su carácter; se privaban del alimento y daban la comida a los niños pobres; ayunaban con frecuencia todo un día, especialmente en tiempo de Cuaresma;  renunciaban a sus juegos preferidos para entregarse más tiempo a la oración; se pasaban un novenario y hasta un mes -el más caluroso, el de agosto- sin beber agua; comían bellotas y aceitunas amargas; y otras muchas cosas. No se cansaban de buscar nuevas maneras de ofrecer sacrificios por los pecadores. Un día, poco después de la cuarta aparición, mientras que caminaban, Jacinta encontró una cuerda y propuso el ceñir la cuerda a la cintura como sacrificio. Estando de acuerdo, cortaron la cuerda en tres pedazos y se la ataron a la cintura sobre la carne. Al principio llevaban la cuerda de día y de noche, pero en una aparición, la Virgen les dijo: Nuestro Señor está muy contento de vuestros sacrificios, pero no quiere que durmáis con la cuerda. Llevarla solamente durante el día. Ellos obedecieron y con mayor fervor perseveraron en esta dura penitencia, pues sabían que agradaban a Dios y a la Virgen. Francisco y Jacinta llevaron la cuerda hasta en la última enfermedad, durante la cual aparecía manchada de sangre.

Jacinta por su natural espontáneo y simpático dejaba traslucir lo que suponían aquellas penitencias. La cuerda que llevaban en la cintura los tres videntes era algo verdaderamente duro, como señalaría más tarde Lucia: Ya fuese por el grosor o aspereza de la cuerda, ya fuese porque a veces la apretábamos mucho, este instrumento nos hacía sufrir horriblemente. Jacinta dejaba, a veces, caer algunas lágrimas, debido al daño que le causaba. Yo le decía que se la quitase, pero ella me respondía: “¡No!, quiero ofrecer este sacrificio a Nuestro Señor en reparación y por la conversión de los pecadores”.

Un hecho prodigioso

En la vida de Jacinta se cuenta el siguiente hecho: Había una familia cuyo hijo había desaparecido como pródigo sin que nadie tuviera noticia de él. Su madre le rogó a Jacinta que lo recomendara a la Virgen. Algunos días después, el joven regresó a casa, pidió perdón a sus padres y les contó su trágica aventura. Después de haber gastado cuanto había robado, había sido arrestado y metido en la cárcel. Logró evadirse y huyó a unos bosques desconocidos, y, poco después, se halló completamente perdido. No sabiendo a qué punto dirigirse, llorando se arrodilló y rezó. Vio entonces a Jacinta que le tomó de la mano y le condujo hasta un camino, donde le dejó, indicándole que lo siguiese. De esta forma, el joven pudo llegar hasta su casa. Cuando después interrogaron a Jacinta si realmente había ido a encontrarse con el joven, repuso que no, pero que sí había rogado mucho a la Virgen por él.

Enfermedad

Jacinta y Francisco cayeron enfermos en diciembre de 1918, atacados por una epidemia de gripe (bronco-neumonía) que causó muchas víctimas en toda Europa. Jacinta mejoró su estado de salud y, aunque débil, pudo dejar la cama. No así su hermano, que para él la enfermedad fue mortal. Poco después de morir de Francisco, a Jacinta, que sufrió mucho por la muerte de su hermano, se le declaró una pleuresía purulenta, acompañada por otras complicaciones, como consecuencia de la bronco-neumonía que había padecido. Los primeros síntomas, fuertes dolores en el pecho, los mantuvo en secreto como ofrenda de reparación por los pecados cometidos contra la Virgen.

 

Un día, estando ya enferma ella como su hermano Francisco, llamó con urgencia a su prima. Tenía una gran confidencia que hacerle. En cuanto llegó, y le dijo: Nuestra Señora vino a vernos. Nos ha dicho que vendrá muy pronto a llevarse a Francisco para el Cielo. A mí me preguntó si quería todavía convertir a más pecadores. Yo le dije que sí. Me ha anunciado  que iría a un hospital, y que allí sufriría mucho, pero que debo soportarlo todo por la conversión de los pecadores, en reparación por las ofensas hechas al Inmaculado Corazón de María y por el amor de Jesús. Le pregunté si tú ibas conmigo. Dijo que no. Esto es lo que cuesta más. Dijo que me llevaría mi madre y después ¡quedaría sola!

En verano de 1919 llegó el día de ir al hospital, en Vila Nova de Ourem, donde verdaderamente tuvo que sufrir mucho. Durante su enfermedad, Jacinta siguió recibiendo visitas de la Virgen, que le transmitió varios mensajes en la línea de las anteriores revelaciones: prevención ante los pecados y los excesos del comunismo y la relajación de la moral y de las costumbres, necesidad de penitencia para la conversión de los pecadores, etc. Después de un tiempo, volvió otra vez para su casa de Aljustrel, con una gran herida abierta en el pecho, sufriendo sin una sola queja las curas que le hacían a diario y que tenían que producirle gran dolor.

El último sacrificio

En otra aparición posterior, la Virgen María le anunció nuevas cruces y sacrificios, según contó Jacinta a Lucia: Me dijo que voy para Lisboa, para otro hospital; que no vuelvo a veros ni a ti ni a mis padres; que después de sufrir mucho moriré sola, pero que no tenga miedo, que Ella me irá a buscar allí para llevarme al Cielo.

En enero de 1920, como su salud no mejoraba, un doctor especialista insistió a la madre de Jacinta a que la llevasen a un hospital de Lisboa, para atenderla. Fue, pues, trasladada a la capital de Portugal, para ser sometida a una exploración más detallada y a una operación. Antes de partir, en una despedida que cortaba el corazón, abrazada a su prima Lucia dijo: ¡Nunca más nos volveremos a ver! Reza mucho por mí hasta que yo vaya para el Cielo. Después allí, yo pediré mucho por ti. No digas nunca el secreto a ninguno, aunque te maten. Ama mucho a Jesús y al Inmaculado Corazón de María y haz muchos sacrificios por los pecadores. Olimpia la acompañó en el viaje, pero después de unos días tuvo que regresar.

 

En Lisboa una familia se había ofrecido para tenerla en su casa, pero cuando vio a la pequeña enferma en estado de salud tan lamentable se negó a recibirla. Entonces la madre de Jacinta solicitó una plaza para su hija en el orfanato de Nuestra Señora de los Milagros, que estaba dirigido por Sor Purificación Godinho. Ésta -llamada madrina por las niñas huérfanas de aquel establecimiento benéfico- acogió a la niña con alegría y cariño.

 

El 10 de febrero de 1920, ya en el hospital de Dona Estefania, tuvo lugar la operación y en la que la pequeña enferma no pudo recibir ninguna anestesia. Le quitaron dos costillas del lado izquierdo, donde quedó una llaga ancha como una mano. Los dolores eran espantosos, sobre todo en el momento de la cura. Pero la paciencia de la niña fue la de un mártir. Sus únicas palabras eran para llamar a la Virgen y para ofrecer sus dolores por la intención de siempre. La intervención quirúrgica no tuvo el éxito deseado. Una semana más tarde Jacinta le dijo a la madrina Godinho, que había a verla: La Santísima Virgen se me ha aparecido asegurándome que pronto vendría a buscarme, y desde aquel momento me ha quitado los dolores. El último sacrificio que le pidió la Virgen a Jacinta fue el de morir sola. La noche del 20 de febrero, tras un año y tres meses de dolorosa enfermedad, Nuestra Señora vino para llevarse al Cielo a su predilecta sin que nadie estuviese a su lado en el último momento.  El párroco que la había confesado esa misma tarde, dejó el Viático para el día siguiente, al no preverse un desenlace tan inmediato. Jacinta sabía, porque se lo había dicho la Virgen, el día y la hora en que moriría, y además solita. Tenía apenas nueve años.

 

Años después, su prima Sor Lucia escribió de ella: Tengo la esperanza de que el Señor, para gloria de la Virgen, le concederá la aureola de la santidad (…) Es admirable cómo ella captó el espíritu de oración y sacrificio que la Virgen nos recomendó. Conservo de ella una gran estima de santidad.

Su mensaje

Los mensajes que la Virgen fue comunicando a los tres videntes de Fátima exhortaban al arrepentimiento, a la conversión y a la práctica de la oración y la penitencia en reparación por los pecados de la humanidad. Además, antes de morir, Jacinta dictó a su madrina Godinho lo que Nuestra Señora se había dignado comunicarle en las últimas apariciones, ya estando ella enferma.

Entre otras cosas dijo:

Sobre los pecados: * Los pecados que llevan más almas al infierno son los de carne. * Han de venir unas modas que han de ofender mucho a Nuestro Señor. * Los pecados del mundo son muy grandes. * Si los hombres supiesen lo que es la eternidad harían todo para cambiar de vida. * Los hombres se pierden porque no piensan en la muerte de Nuestro Señor ni hacen penitencia. * Muchos matrimonios no son buenos, no agradan a Nuestro Señor ni son de Dios.

 

Sobre las guerras: * Las guerras no son sino castigos por los pecados del mundo. * Es preciso hacer penitencia. Si la gente se enmienda, Nuestro Señor todavía salvará al mundo; mas si no se enmienda, vendrá el castigo.

Sobre los sacerdotes: * Los sacerdotes sólo deben ocuparse de las cosas de la Iglesia. * Los sacerdotes deben ser puros, muy puros. * La desobediencia de los sacerdotes y de los religiosos a sus superiores y al Santo Padre, ofende mucho a Nuestro Señor.

 

Sobre las virtudes cristianas: * No ande rodeada de lujo; huya de las riquezas. * No hable mal de nadie y huya de quien hable mal. * Tenga mucha paciencia, porque la paciencia nos lleva al Cielo. * La mortificación y los sacrificios agradan mucho a Nuestro Señor.

 

Al despedirse de su prima le hizo estas recomendaciones: Ya falta poco para irme al Cielo. Tú quedas aquí para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Cuando vayas a decirlo, no te escondas. Di a toda la gente que Dios nos concede las gracias por medio del Inmaculado Corazón de María. Que las pidan a Ella, que el Corazón de Jesús quiere que a su lado se venere el Corazón Inmaculado de María, que pidan la paz al Inmaculado Corazón de María que Dios la confió a Ella. Si yo pudiese meter en el corazón de toda la gente la luz que tengo aquí dentro del pecho, que me está abrasando y me hace gustar tanto del Corazón de Jesús y del Corazón de María.

 

Santa Jacinta Marto fue canonizada en Fátima, el 13 de mayo de 2017, por el Papa Francisco.

 

 

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3 Respuestas a “Una niña sólo en años (Santa Jacinta Marto)

  1. TODA ESTA INFORMACION ESTA LLENA DE LUZ DE DIOS OJALÁ EL MUNDO ENTERO LA PUDIERA LEER Y MEDITAR.

  2. No entiendo porque Dios hizo eso con esos tres niños, desearía saber mas

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