Un educador santo (San Marcelino Champagnat)


Fundador de los Hermanos Maristas

En el seno de una familia cristiana

Año 1789. Estalla la Revolución Francesa. En ese mismo año, en una pequeña aldea, llamada Rosey, cerca de Marlhes, y a pocos kilómetros de Lyon, el 20 de mayo nace Marcelino Champagnat. Es el noveno hijo del matrimonio formado por Juan Bautista Champagnat y María Teresa Chirat. Al día siguiente de nacer, fiesta ese año de la Ascensión del Señor, recibe las aguas bautismales. Además de Marcelino, se le pone los nombres de José y Benito.

En el seno de su numerosa familia -campesina, cristiana y de costumbres sobrias y sanas- Marcelino fue educado en la rectitud y entrega a los demás. Su madre y una tía del niño -que también se llamaba María, muy piadosa y de vida ejemplar, y que había sido arrojada del convento por los revolucionarios-, se ocuparon de su formación cristiana.

Los primeros años de la vida de Marcelino coincidieron con el desarrollo de la Revolución y el desmantelamiento del Antiguo Régimen. Siendo aún muy niño, al oír hablar de la Revolución con espanto a su madre y a su tía, preguntó a ésta última: ¿Qué es la revolución, tía?; ¿es una persona o alguna bestia? La buena mujer le contestó: Pobre hijito, quiera Dios que nunca experimentes lo que es la revolución; más cruel es que todas las fieras del campo.

Especialmente dura fue para la Iglesia la Revolución: confiscación de todos los bienes de la Iglesia por parte del Estado, constitución civil del clero, disolución de todas las Órdenes religiosas, reducción del número de obispos, deportación de los sacerdotes -la mitad del clero- que se negaron a emitir el juramento de la constitución civil que tenía rasgos galicanos totalmente inaceptables por Roma, cruel asesinato de tres obispos y de trescientos sacerdotes. Como consecuencia de la persecución, más de cuarenta mil clérigos tuvieron que buscar refugio en el extranjero…

Una visita a Rosey

En 1803, cuando Francia comenzaba a resurgir del caos en la que la había sumido la Revolución, era obispo de Lyon el cardenal Fesch. Este ilustre prelado encargó a su vicario general, reverendo Courbon, que pusiese los medios necesarios para fomentar las vocaciones al sacerdocio, pues muchas parroquias de la diócesis estaban sin sacerdotes.

Courbon envió al reverendo Duplaix, profesor del seminario mayor de Lyon, a la parroquia de Marlhes. El párroco, reverendo Allirot, le habló de la familia Champagnat.

La visita a Rosey del eclesiástico que buscaba seminaristas cambió totalmente la vida del joven Marcelino, que por aquel entonces contaba 14 años de edad y se dedicaba a las faenas agrícolas. Cuando Juan Bautista Champagnat dijo a sus hijos: Este señor sacerdote viene por vosotros para que estudiéis para el sacerdocio. La respuesta de Marcelino fue inmediata: Aceptaré, puesto que Dios lo quiere. Y de aquella decisión no titubeó jamás.

Sacerdote de Jesucristo

En octubre de 1805, cuando tenía 16 años y sin una formación intelectual suficiente, ingresó en el seminario menor de Verrières, cerca de Montbrison, donde permaneció durante ocho años. Gracias a su tesón, logró superar las dificultades del retraso en sus estudios. En 1813, Marcelino, al terminar los estudios humanísticos, pasó al seminario mayor de Lyon. Después de una preparación fervorosa en el aspecto espiritual, esmerada en la práctica de la virtud e intensa en el orden intelectual, el 22 de julio de 1816, monseñor Dubourg, obispo de Nueva Orleáns, con el beneplácito del cardenal Fesch, ordenó de presbítero a Marcelino Champagnat. Ya era sacerdote de Jesucristo.

De su época de Lyon data la idea de una asociación bajo la protección de la santísima Virgen -luego hecha realidad-. Idea de unos seminaristas -entre ellos, Marcelino- llenos de amor por el servicio a la Iglesia, que germinó más tarde en la que fue la Sociedad de María, cuyo jefe indiscutible fue el Venerable Claudio Colín y que contaría de tres ramas: los Padres, los Hermanos y las Hermanas Maristas.

Ya ordenado, antes de salir de Lyon, Marcelino subió al santuario de Nuestra Señora de Fourvière para consagrarse a Ella y encomendarle el ministerio que le habían señalado. Después de la Misa, postrado ante la imagen de la Virgen, hizo el siguiente acto de consagración: Virgen Santísima, hacia Vos, que sois tesoro de misericordia y canal de las gracias de Dios, elevo mis manos suplicantes para pediros que me toméis bajo vuestro amparo, e intercedáis por mí ante vuestro adorable Hijo, rogándole me conceda las gracias que necesito para ser digno ministro de los altares. Bajo vuestros auspicios quiero consagrarme a la salvación de las almas. Nada puedo por mí mismo, Madre de misericordia, absolutamente nada, lo reconozco; pero Vos lo podéis todo con vuestro valimiento. Virgen Santísima, en Vos pongo enteramente mi confianza. Os ofrezco, os doy y os consagro mi persona, mis trabajos, y los actos todos de mi vida.

Coadjutor de La Valla

El 12 de octubre de 1816 se le designó como coadjutor de La Valla, del cantón de Saint Chamond (Loira), parroquia diseminada en varios caseríos en profundos valles y por las escarpadas montañas del Pilat.

Los habitantes de La Valla eran, por lo general, buenos, sencillos y de arraigadas creencias religiosas, pero muy ignorantes de las verdades cristianas, debido a varias causas, principalmente a su situación aislada y montañosa. La mayor parte de los feligreses se hallaban dispersos en muchas aldehuelas de difícil acceso; por eso acudían muy de tarde en tarde a la iglesia.

Hombre realista, Marcelino se dedicó con todas sus fuerzas a la tarea de encauzar y renovar en el pueblo la vida cristiana, un tanto abandonada por las conmociones político-sociales de fines del siglo XVIII y las guerras napoleónicas de principios del XIX. Desde el primer momento se lanzó con impetuoso afán a formar a la niñez en las normas de la fe, siendo un celoso y magnífico catequista, a escuchar -incansable- las confesiones, a predicar sin descanso las verdades divinas, exponiéndolas en discurso sencillo y atrayente, a visitar a los enfermos y moribundos con abnegación y lleno de caridad.

Cual pastor vigilante, se propuso trabajar sin desmayo hasta desarraigar las costumbres malignas, principalmente los bailes tan arraigados, la lectura de libros perversos, la afición a la embriaguez y la infenal costumbre de lanzar contra Dios la execrable blasfemia.

Con un joven moribundo

Un buen día le llamaron para que atendiera a un jovencillo de 12 años gravemente enfermo. El reverendo Champagnat acudió sin demora como era su costumbre. Antes de confesarle quiso enterarse de si tenía por lo menos los más indispensables conocimientos de religión para recibir con fruto el sacramento de la Penitencia. Se quedó consternado al comprobar que nada sabía, ni siquiera si existía Dios. Sin pérdida de tiempo se sentó a la cabecera de la cama y durante dos horas estuvo enseñándoles las verdades esenciales y preparándole para la confesión. Le confesó y aún permaneció algún tiempo junto al enfermo ayudándole a hacer actos de amor de Dios y de contrición. A los pocos minutos de irse Marcelino para atender a otro enfermo, murió el niño.

En el alma del joven coadjutor de La Valla brotó un sentimiento de gozo por haber llegado a tiempo de salvar a aquel niño, pero mezclado con otro de espanto al pensar en el peligro que había corrido de perderse para siempre. Y un pensamiento vino a su mente: ¡Cuántos niños se hallarán en idénticas circunstancias con respecto a su salvación, porque no tienen quien les enseñe las verdades de fe!

En los planes de la proyectada Sociedad de María de Padres Maristas no entraba que hubiera Hermanos encargados de la enseñanza, pero Marcelino con machacona insistencia repetía necesitamos Hermanos para educar a los niños. Encárguese usted de los Hermanos, puesto que es idea suya. Encargo que aceptó gustoso, y desde entonces sus aspiraciones, proyectos y trabajos se encaminaban a su realización. Y por eso se encomendaba a Dios continuamente y le decía: Heme aquí, Señor, para hacer vuestra voluntad. Pero otras veces, temiendo ser víctima de una ilusión, exclamaba: Dios mío, apartad de mí este pensamiento si no proviene de Vos, y si no ha de redundar en vuestra mayor gloria y en bien de las almas. Su propuesta no halló eco. Sólo le dijeron:

La fundación de una congregación

La muerte de aquel jovencillo que instruyó en las verdades de fe y le confesó momentos antes de morir fue la luz que disipó las dudas, y Marcelino Champagnat se decide a fundar una congregación de Hermanos cuya misión fuera la de enseñar a los niños pobres la doctrina cristiana.

Para empezar, la primera tarea a que se entregó fue la reorganización de la escuela en su parroquia. Poco a poco llegó a conseguir, de niños sin instrucción, jóvenes entusiastas entregados a la vocación de educadores.

A un joven llamado Juan bautista Audras, recomendable por sus costumbres puras y por su amor a la virtud, que se dirigía espiritualmente con él, le preguntó si le gustaría ser miembro del nuevo Instituto. Y ésta fue la respuesta del muchacho: Desde que tengo la dicha de estar bajo su dirección, sólo he pedido a Dios una virtud, la de obedecerle; y una gracia, la de renunciar a mi propia voluntad; por eso puede hacer usted de mí lo que le plazca con tal que yo sea religioso. Y así, Juan Bautista Audras, junto con Juan María Granjon, vino a ser el primer miembro de la Sociedad religiosa de los Hermanos Maristas.

Con aquellos dos jóvenes resolvió Marcelino Champagnat dar comienzo a su Instituto. El 2 de enero de 1817 iniciaron la vida de comunidad en una casita que estaba cerca de la casa parroquial. Allí los formó en las virtudes religiosas, les enseñó la doctrina cristiana y ascética y los primeros elementos de la ciencia profana. Al mismo tiempo que se dedicaban a la enseñanza de los demás y a su propia formación, los dos novicios, para poder subsistir, hubieron de entregarse a las faenas que su ingenio les daba a entender.

Llegada de nuevas vocaciones

En aquel ambiente lleno de sencillez y sacrificio, Marcelino puso los cimientos de su obra que no tardó en crecer con rapidez. En la primavera llegó una nueva vocación, Antonio Couturier, chico bueno y piadoso, pero sin ninguna instrucción.

Tiempo después, los padres de Juan Bautista Audras, desconocedores de la fundación de Champagnat y de la vocación de su hijo, instaron a éste para que volviese a casa; pero el chico, firme en sus propósitos, rogó a sus padres que le dejasen seguir aquella vocación. Éstos no hicieron caso de sus ruegos y enviaron a uno de sus hijos mayores para que, sin contemplaciones, le volviese a casa. Cuando Juan Bautista recibió aquella orden terminante, consternado acudió al Fundador y le dijo llorando: Ha venido mi hermano para llevarme con él a casa. Yo no quiero ir en modo alguno. Le ruego haga comprender a mis padres que ésta es mi vocación y que deben dejarme tranquilo. Don Marcelino le tranquilizó y animó, y fue al encuentro del recién llegado: ¿De modo que viene a llevarse a su hermano?, le dijo. El joven respondió: Sí, señor cura; mis padres me han mandado que le acompañe a casa.

Después de una breve conversación, en la cual el Fundador animó al hermano de Juan Bautista a que siguiera el mismo camino que éste, regresó a su casa con la firme decisión de convencer a sus padres que dejara a su hermanos menor y a él mismo seguir la vocación religiosa en el Instituto fundado por el abate Champagnat. Y tal resolución debió mostrar que, al cabo de pocos días, se unía a la incipiente comunidad para ser el cuarto de sus miembros con el nombre de Hermano Lorenzo. Pocos después ingresó otro joven de quince años, llamado Bartolomé Badard. Era la quinta vocación con que Dios bendecía a la naciente congregación religiosa.

Expansión

En el año 1819 los Hermanos se hicieron cargo de la escuela de La Valla. Después, las de Marlhes, Saint-Sauveur, Tarantaise y Bourg-Argental. Tras fundar algunas escuelas rurales en la región, Marcelino Champagnat se decidió por la construcción de la Casa Noviciado -Hermitage- en las inmediaciones de La Valla. Y en 1824, para dedicarse por completo al desarrollo del Instituto de los Hermanos Maristas, dejó, con la autorización de sus superiores eclesiásticos, el cargo de coadjutor de la parroquia.

No se ahorró ningún esfuerzo. Dedicó todo su talento y entusiasmo a incrementar y perfeccionar su amada Sociedad no le apartó de su noble empeño la enfermedad tremenda que le aquejaba; ni la marcha de algunos de los Hermanos que volvían al siglo, ni el peso de las deudas que a veces le oprimían; como tampoco quebraron la esperanza de quien únicamente en Dios confiaba, los repetidos fracasos de las gestiones al intentar el público reconocimiento de la Sociedad. -se lee en el Decreto de Beatificación-;

La Sociedad que había fundado era una congregación religiosa, siempre creciente. Para afianzarla, escribió letra por letra sus Constituciones, llenas de prudencia, y en 1826 se obligó ante Dios, y ligó a sus hijos con la emisión de los votos.

No faltaron dificultades y espinas en la vida de Marcelino Champagnat. Desde que inició la obra de la fundación del Instituto tuvo que enfrentarse con la cruz de la contradicción. De la misma manera que suele emplearse la prueba del fuego para poner de manifiesto la bondad el oro, así también se sometió a dura prueba la virtud y la constancia del Siervo de Dios -afirma el Decreto de Beatificación-. No pocas veces fue víctima de odios vehementes y objeto de tremendas inculpaciones; pero en medio de tantas angustias que le oprimían, a todos ofreció el eximio espectáculo de su paciencia y modestia.

Elección de su sucesor y muerte santa

Dos problemas, en especial, le preocuparon: el reconocimiento oficial de la naciente institución, y su organización autónoma, dentro de la Sociedad de María. Al primero no llegó a darle solución, a pesar de las gestiones que realizó en París durante 1830; lo consiguió su inmediato sucesor conforme había predicho el mismo Marcelino antes de morir. El segundo se resolvió con un decreto de Roma, separando ambas instituciones. Los Hermanos eligieron para superior al Hermano Francisco (Gabriel Rivat), al que desde la infancia había formado Marcelino en su espíritu e ideales.

Marcelino Champagnat murió en olor de santidad el 6 de junio de 1840, a los 51 años, tras haber dictado el testamento espiritual a los Hermanos, síntesis de sus más queridos deseos y pauta a seguir de sus hijos. El 29 de mayo de 1955 fue beatificado por Pío XII, y el 18 de abril de 1999 Juan Pablo II lo canonizó solemnemente en la Plaza de San Pedro. Sus restos reposan en el Hermitage.

Su pensamiento

La semblanza de Marcelino la encontramos en los libros escritos por sus primeros discípulos, que fielmente nos han legado su espíritu y enseñanza. Fue ante todo un educador nato; aprovechó cuanto su época había incorporado a la educación, dándole siempre una orientación religiosa. Captó la importancia de la formación del hombre en sus primeros años, e hizo perdurar ese espíritu apostólico mediante una institución que sigue el ideal de su Fundador.

Una de sus preocupaciones fue la transmisión de la doctrina cristiana. Sobre la enseñanza del catecismo decía: Hay varios modos de dar bien la lección de catecismo, o sea, de enseñar las verdades de la salvación para guiar por el camino del bien a los niños y a las personas mayores. Enseña bien el catecismo el que reza por los niños que le están confiados, y por la conversión de los pecadores y de los infieles. Enseña bien el catecismo quien da siempre buen ejemplo y es en todo momento modelo de piedad, de regularidad, modestia y caridad.

En otra ocasión, hablando a los Hermanos sobre su tarea en las escuelas, les dijo: Para educar a los niños, hay que amarlos, y amarlos a todos por igual.

Sobre las clases de religión hablaba siempre de cuatro fines: a) dar a conocer a Jesucristo y hacerle amar; b) mostrar las dulzuras, los encantos y los frutos de la virtud y la dicha que sienten los que la practican; c) indicarles con el mismo esmero la disformidad y fealdad del vicio, y los males y castigos que acarrea e inspirarles gran temor de cometer pecado; d) ganar el corazón del niño induciéndole a amar la religión y a cumplir todos sus deberes por amor.

Totalmente convencido de que toda virtud y santidad se cifra en conocer, amar e imitar a Jesucristo, hacía de la vida del divino Salvador el tema ordinario de sus sermones y pláticas. En muchas de sus cartas recuerdan a los Hermanos que su finalidad primera y principal es enseñar a los niños lo mucho que les amó Jesucristo y sigue amándoles, y la obligación en que se hallan de corresponder con todo el amor de que sean capaces.

En una ocasión le comentó a un Hermano: El principal motivo que debe inducirnos a huir del pecado y a detestarlo, es el de la ofensa a Dios. Pues bien, esa ofensa la cometen todos los que pecan, de modo que si sólo lo aborrecemos en nosotros mismos y no en los demás, no es perfecto nuestro amor a Dios, ni tampoco detestamos sino imperfectamente el pecado. Sólo huimos de él a causa de los males que nos acarrea, en lugar de temerlo, combatirlo y evitarlo únicamente porque disgusta a Dios y ha sido causa  de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

Su celo por la salvación de las almas era constante, fruto de la caridad. No se puede amar a Dios sin desear que sea conocido, amado y servido por todos los hombres, sin sentir aflicción a verle ofendido, y desear facilitar al prójimo los bienes espirituales que le ayuden a alcanzar la vida eterna. Con frecuencia repetía: Ver que Dios es ofendido y que las almas se pierden, son para mí dos cosas insoportables y que me parten el corazón.

Amor a la Virgen

San Marcelino Champagnat desde su infancia tuvo especialísima devoción a la Virgen. Tomó como divisa: Todo a Jesús por María; todo a María para Jesús. De sus pláticas son las siguientes ideas: El muy devoto de María será ciertamente muy amante de Jesús. Lo vemos en los santos que fueron fervorosos devotos de la Virgen, como San Bernardo, San Buenaventura, San Francisco de Asís, San Alfonso María de Ligorio. Todos ellos se distinguieron por su amor ardientísimo a Jesús.

Nada quiere María para sí: cuando la servimos, cuando nos consagramos a Ella, nos acoge para entregarnos a Jesús, y para llenarnos de Jesús.

Jesús confió a su Madre sólo al discípulo amado, para que entendamos que únicamente a las almas privilegiadas, sobre las que tiene designios especiales de misericordia, regala con esa devoción especialísima a Nuestra Señora.



Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s