Homilía del Jueves Santo

JUEVES SANTO (A)

Lecturas: Ex 12, 1-8.11-14; 1 Co 11, 23-26; Jn 13, 1-15

 

Institución de la Eucaristía. Antes de la fiesta de la Pascua, viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Estas palabras con las que comienza san Juan el relato de la Pasión muestran el amor de Cristo por los suyos. Cristo, además de dejarnos el ejemplo maravilloso de su vida, de mostrarnos con sus enseñanzas el camino que conduce a la vida eterna, quiso hacernos al final de su paso por la tierra el regalo de la Eucaristía, donde está verdadera, real y sustancialmente Él mismo.

Jesús se quiso quedar con nosotros para siempre: Mis delicias son estar entre los hijos de los hombres (Pr 8, 31). Al atardecer del día de la Resurrección, los discípulos de Emaús rogaron a Jesús: Quédate con nosotros, Señor (Lc 24, 29).Y eso es lo que hizo: se quedó con nosotros en la Eucaristía. Nuestro Dios ha decidido permanecer en el Sagrario para alimentarnos, para fortalecernos, para divinizarnos, para dar eficacia a nuestra tarea y a nuestro esfuerzo (San Josemaría Escrivá).

Institución del sacerdocio. Hoy también se conmemora la institución del Sacerdocio. El sacerdocio cristiano es imprescindible para la vida de la Iglesia, pues el sacerdote es verdadero mediador entre Dios y los hombres. El Sacerdote ‑quien sea‑ es siempre otro Cristo (San Josemaría Escrivá). Esta identidad está vinculada a la Eucaristía. Al mismo tiempo, un sacerdote sirve a la Iglesia de una manera insustituible cuando cumple fielmente el ministerio de la reconciliación que se ejerce sobre todo en el Sacramento de la Penitencia. La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes santos, que sepan sacar de la riqueza del Evangelio las respuestas a los interrogantes del hombre de hoy: a la oscuridad de la duda, han de responder con la luz de la fe, extraída de la propia intimidad con Jesús; a la debilidad de la condición humana, con la fortaleza de los sacramentos; a la tristeza de la soledad, con la alegría de la reconciliación con el Padre.

El núcleo del sacerdocio es ser amigos de Jesucristo. Sólo así podrá el sacerdote hablar verdaderamente in persona Christi. No puedo hacer otra cosa que repetir las verdades del Evangelio como hacía en la iglesia de mi pueblo -decía Juan Pablo I-. En el fondo es esto de lo que tienen necesidad los hombres, y yo soy sobre todo un pastor de almas.

El Mandamiento nuevo. El lavatorio de los pies es un gesto de servicio, cuyo significado es explicado por Cristo: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. El Señor nos da el mandamiento nuevo de la caridad fraterna.

La autenticidad de la unión con Jesús Sacramentado ha de traducirse en un amor verdadero a todas las personas, empezando por quiénes están más próximas. Habrá de notarse en el modo de tratar a la propia familia, compañeros y vecinos; en el espíritu por vivir en paz con todos; en la prontitud para reconciliarse y perdonar cuando sea necesario. De este modo, será la Sagrada Eucaristía fermento de caridad y vínculo de aquella unidad de la Iglesia querida por Cristo.

 

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