Homilía del III Domingo de Pascua (Ciclo A)

Un encuentro. Es san Lucas quien narra el episodio de los discípulos de Emaús. El camino de Emaús es el de los desalientos anticipados, pero también el de los encuentros divinos. Aquellos dos discípulos veían sus vidas como un frasco rebosante de ilusiones perdidas, sin lugar para sueños nuevos; estaban desanimados, con una sensación de fracaso. Habían vivido una aventura divina. Mientras iban hablando y razonando, el mismo Jesús se les acercó e iba con ellos, pero sus ojos no podían reconocerle, porque estaban llenos de visión humana. Pidamos a Dios visión sobrenatural para verle siempre en los sucesos cotidianos, para sentir su presencia amorosa en los aconteceres de nuestra vida.

Hay que destacar la impaciencia de Cleofás y su compañero. No han transcurrido aún tres días, y ya abandonan. Ni siquiera se paran a considerar la posibilidad de ser ciertas las buenas noticias que se han recibido durante la mañana del domingo. Cuando hacemos propósitos para mejorar en nuestra vida cristiana, en la piedad, hay que tener un poco de paciencia. Hay que contar también con el tiempo.

Modelo de oración. La conversación de los discípulos de Emaús con Cristo es un modelo de oración. Aquellos dos hombres abren su corazón a Cristo, le cuentan el motivo de su tristeza: la vida comienza a parecerles sin sentido; su desilusión ante el aparente fracaso que representaba para ellos la muerte del Señor en el Calvario… Y se prestan a oír la voz del único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí. Cómo no oír esa voz que quema el corazón; esa voz de un Dios que busca nuestra compañía.

Jesús escucha, comprende el dolor de los discípulos. Y habla y explica el sentido de la Escritura. Sus palabras son consoladoras. Les hace ver que la Cruz no es un fracaso, sino el camino querido por Dios para el triunfo definitivo de Cristo sobre el pecado y la muerte.

Jesús acepta la invitación. Quédate con nosotros, pues el día ya declina. El Maestro no se hizo rogar. Accedió y entró con ellos para cenar. Sí, Señor, quédate con nosotros porque necesitamos que tu consejo nos guíe; que nos hables con esa palabra tuya que ilumina con la verdad; que tu fuerza nos sostenga en los combates que hemos de librar contra el Maligno; que tu virtud penetre en nuestro ser; que tu amor nos embriague; que tu presencia nos consuele en todos los momentos de nuestra vida. Quédate, Señor, con nosotros. No te alejes de nosotros, que estamos recorriendo el camino de la vida. Contigo, Señor, estamos seguros. Si alguna vez tropezamos, Tú mismo nos levantarás enseguida.

Se les abrieron los ojos y le reconocieron. Aquellos dos discípulos pasaron de la tristeza a la alegría; recobraron la esperanza y el afán de comunicar el gozo que hay en sus corazones. Sintieron la urgencia de comunicar su gozo y compartir su alegría. Fueron anunciadores y testigos de Cristo resucitado. En ocasiones, habrá que desandar lo andado, recorrer en sentido inverso el mismo camino polvoriento, sin tristezas, desánimos o sensaciones de fracaso. Que sepamos ser pregoneros de la buena nueva de la Resurrección de Cristo.

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