Homilía del IV Domingo de Pascua (Ciclo A)

Buenos pastores. Cristo habla de un aprisco de ovejas, de la puerta de ese redil y del pastor que cuida a las ovejas. La Iglesia es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo. Es también el rebaño cuyo pastor será el mismo Dios. Aunque son pastores humanos (el Papa, los Obispos) quienes gobiernan a las ovejas, sin embargo es Cristo quien sin cesar las guía y alimenta. Él es el Buen Pastor y Cabeza de los pastores, que dio su vida por las ovejas.

Cristo ha dejado a sus seguidores una guía en la tarea de comprender y vivir el Evangelio. Envió el Espíritu Santo a la Iglesia, que guía a los sucesores de los Apóstoles, los Obispos, a quienes se les encargó mantener la fe y predicar el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15). Con su voz transmiten la palabra del Señor. La fidelidad a la Iglesia implica vivir en íntima comunión con los Pastores, puestos por el Espíritu Santo para regir el Pueblo de Dios; es aceptar con docilidad su Magisterio; es dar a conocer sus enseñanzas.

Fin sobrenatural de la Iglesia. Los Apóstoles acogieron la palabra de salvación y la transmitieron a sus sucesores como una joya preciosa custodiada en el cofre seguro de la Iglesia: sin la Iglesia esta perla corre el riesgo de perderse o hacerse añicos. (…) Amad y seguid a la Iglesia que ha recibido de su Fundador la misión de indicar a los hombres el camino de la verdadera felicidad (Benedicto XVI).

La misión de la Iglesia no es de orden político, ni económico, ni social; es de orden religioso. Su finalidad es transmitir y garantizar la verdad que Cristo ha revelado, y mantener vivos y actuales los medios de salvación que ha instituido: los sacramentos y la oración. El cometido fundamental de la Iglesia es dirigir la mirada del hombre hacia el misterio de Cristo y ayudarle a alcanzar la salvación. Para esto ha nacido la Iglesia: para hacer partícipes a todos los hombres de la redención salvadora. Por lo cual no podrían salvarse quiénes, sabiendo que la Iglesia católica fue instituida por Jesucristo como necesaria, desdeñaran entrar o no quisieran permanecer en ella (Concilio Vaticano II).

Sin mancha ni arruga. Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola, mediante el lavado del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e intachable (Ef 5, 25‑27). La Iglesia es santa porque Cristo es su Señor y Esposo, el Espíritu Santo la vivifica, y la Virgen María y los Santos son su manifestación más auténtica.

La Iglesia es santa, pero sus hijos conocen la experiencia del pecado, cuyas sombras se reflejan sobre ella oscureciendo su belleza. Sí, santa aunque esté formada por miembros pecadores; pero no estamos en la Iglesia para seguir siendo pecadores, sino para dejar nuestros pecados y hacernos santos. La historia dos veces milenaria de la Iglesia es una historia de santidad. La Iglesia no cesa de implorar el perdón de Dios, no por sus pecados o errores, que no los tiene, sino por los pecados de sus hijos, por los tuyos y los míos y por los de todos los hombres.

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