Homilía del Domingo VI de Pascua (ciclo A)

El Decálogo. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. El auténtico amor se manifiesta con obras. El amor a Dios se refleja en el cumplimiento de la Voluntad divina, como escribió san Juan: El amor de Dios consiste precisamente en que guardemos sus mandamientos (1 Jn 5, 3). El amor precede a la observancia. No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y de verdad (1 Jn 3, 18). Quien no ama está sin motivaciones para guardar los mandamientos.    

Además, según se desprende de la conversación de Cristo con el joven rico, hay una estrecha relación entre la vida eterna y la obediencia a los mandamientos de Dios: éstos indican al hombre el camino de la vida eterna. El Decálogo, que fue entregado por Dios a Moisés, es expresión de la ley natural y, por tanto, obliga siempre a todos los hombres de todas las épocas y de todos los lugares. Los Diez Mandamientos fueron dados nuevamente a los hombres por el mismo Jesús; Él mismo los confirmó definitivamente y los propuso como camino y condición de salvación.

La ley natural. El hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón, a la que debe obedecer y cuya voz resuena -cuando es necesario- en los oídos de su corazón, llamándole siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal. Esta ley, que no se la ha dado el hombre a sí mismo, se llama ley natural, y permite al hombre discernir mediante la razón el bien y el mal, la verdad y la mentira. Además, muestra al hombre el camino que debe seguir para practicar el bien y alcanzar su fin último, que no es otro que la bienaventuranza eterna.

EL Decálogo es algo positivo, pues es para nuestro bien y felicidad. Gracias a estos mandamientos vivimos como personas y no como animales. Si se pudiera robar, matar, mentir…, el mundo sería como la selva, donde los animales se matan unos a otros y la ley que impera es la del más fuerte.

Obligaciones y prohibiciones. En los mandamientos hay obligaciones y prohibiciones. Estamos obligados a hacer las cosas buenas, como es amar a Dios, querer a nuestros padres. Por eso se nos manda hacerlas, porque son buenas. Algunos mandamientos están enunciados en forma positiva y otros en forma negativa, pero en todos hay unas obligaciones y unas prohibiciones. El quinto, por ejemplo, dice: no matarás. Pues bien, este mandamiento nos manda, entre otras cosas, cuidar de la propia salud (algo bueno) y nos prohíbe (entre otras cosas) lastimar al prójimo (algo malo). El cuarto manda cuidar de nuestros padres cuando sean mayores y no puedan valerse por sí mismos, y prohíbe que les faltemos al respeto con insultos y malas contestaciones.

Una idea que hay tener muy clara es que lo que está prohibido, lo está por ser malo, algo nocivo para el hombre. No confundamos y digamos que es malo porque está prohibido. Y también hay que decir que es posible cumplir los mandamientos de la Ley de Dios. Eso sí, con la ayuda de la gracia. Dios no nos va a mandar algo imposible de cumplir. Si pidiera cosas imposibles, no sería justo. Y sabemos que Dios es infinitamente justo.

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