Homilía de la Solemnidad de la Ascensión (ciclo A)

El último misterio de la vida de Cristo. La misión de Cristo ya ha sido cumplida. Vino a la tierra para redimir al género humano. Llega el momento de subir al Padre, donde va a ser exaltado en su Humanidad Santísima a la derecha de Dios, a recibir la gloria que ha merecido con su Pasión y Muerte. Es justo que la Santa Humanidad de Cristo reciba el homenaje, la aclamación y adoración de todas las jerarquías de los Ángeles y de todas las legiones de los bienaventurados de la Gloria (San Josemaría Escrivá).

La Ascensión del Señor nos habla de esperanza. En la oración colecta de la Misa de hoy pedimos a Dios: Concédenos, Señor, rebosar de alegría al celebrar la gloriosa ascensión de tu Hijo, y elevar a ti una cumplida acción de gracias, pues el triunfo de Cristo es ya nuestra victoria y, ya que él es la cabeza de la Iglesia, haz que nosotros, que somos su cuerpo, nos sintamos atraídos por una irresistible esperanza hacia donde él nos precedió.

Un mandato del Señor. Cristo, momentos antes de su Ascensión, da las últimas instrucciones a sus apóstoles. Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Una vez que fue levantando el Señor a los cielos, los apóstoles volvieron a Jerusalén para esperar la venida del Espíritu Santo. Después se fueron predicando por todas partes (Mc 16, 20). San Pedro, en Jerusalén, Antioquía y Roma; santo Tomás, en la India; san Pablo, por diversas ciudades del Mediterráneo; Santiago el Menor se quedó en Jerusalén; Santiago el Mayor vino a la Península Ibérica.

También a nosotros, como a los apóstoles, nos dice: Seréis mis testigos (…) hasta el extremo de la tierra. Cristo Jesús nos envía, pero no nos deja solos. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo. La eficacia de la labor apostólica la pone el Señor. Trabajamos en su viña. Arrojamos la semilla. Regamos. Y es Dios quien hace crecer el árbol cargado de frutos.

El apoyo de la oración. San Francisco de Sales fue a misionar una región donde casi todos los habitantes eran calvinistas. Pasó un tiempo y escribió al Papa: Cuando llegué aquí apenas si se podían contar cien católicos en todas las parroquias reunidas. Hoy, apenas se pueden contar cien herejes. ¿Y cómo fue posible? La respuesta está en la siguiente frase del santo obispo de Ginebra: Las almas se ganan con las rodillas.

Desde el primer momento de la vida de la Iglesia, los Apóstoles y los discípulos supieron ver en María a la Reina y Señora de sus afanes apostólicos, de sus ansias de llevar el fuego de Cristo hasta los últimos rincones de la tierra. Le pedimos a Ella, que es Reina de los Apóstoles, su ayuda para llevar el Evangelio a toda criatura, para aceptar el reto de dar a conocer a Cristo en las calles y plazas de las nuestras ciudades, para ir a los “cruces de los caminos” e invitar a todos al banquete que Dios ha preparado para su pueblo.

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