Homilía del Domingo VII de Pascua (ciclo A)

Hablar con Dios. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús, y sus hermanos. Aclaremos en primer lugar que la expresión “hermanos”, aquí como en otros lugares de la Biblia, tiene el significado amplio de parientes, sin especificar el grado. San Lucas destaca dos aspectos de la vida de los cristianos de la Iglesia primitiva: su perseverancia en la oración; y el papel preponderante de la Virgen desde los comienzos de la Iglesia.

La oración es expresión de la fe. Cuando la fe se colma de amor de Dios, reconocido como Padre bueno y justo, la oración se hace perseverante, insistente; se convierte en un gemido del espíritu, un grito del alma que penetra en el corazón de Dios. De este modo, la oración se convierte en la mayor fuerza de transformación del mundo (Benedicto XVI). La oración es hablar con Dios. Y todos debemos tener la experiencia vibrante de la oración como diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos amar.

Frutos de la oración. En la oración el alma se duele de los pecados, crece en la caridad, la fe se certifica, se fortalece la esperanza, se pacifica el corazón, se descubre la verdad, se vence la tentación, huye la tristeza, se renuevan los sentidos, se separa la flaqueza, se despide la tibieza, y en ella saltan deseos del amor divino. A ella están siempre atentos los oídos de Dios, en ella se descubren sus secretos (San Pedro Alcántara). En el silencio de la oración se realiza el encuentro con Dios y se escucha esa palabra que Dios dice en eterno silencio y en silencio tiene que ser oída.     

Si una persona deja su oración unos días, lo nota enseguida. Siente que no es tan fuerte por dentro, le falta algo. Si la deja más, lo notarán los de su casa: mal humor, dejadez, susceptibilidad, egoísmo. Si la deja mucho tiempo lo notarán todos: y lo que es peor, el ambiente de la calle comenzará a poder sobre ella. ¡Qué importante es dedicar cada día un tiempo para la oración! Y no te excuses diciendo: me falta tiempo, porque no es verdad. Para lo que se quiere siempre se tiene tiempo.

Eficacia de la oración. El mismo Cristo invita a dirigirnos a Dios con insistencia y confianza para ser escuchados: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá (Mt 7, 7). El fundamento de esta eficacia de la oración es la bondad del Padre, pero también la mediación de Cristo ante Él y la acción del Espíritu Santo, que intercede por nosotros (Rm 8, 27) según los designios de Dios. En efecto, nosotros no sabemos cómo pedir (Rm 8, 26) y a veces no somos escuchados porque pedimos mal. Para apoyar la oración, que Cristo y el Espíritu Santo hacen brotar en nuestro corazón, interviene María con su intercesión materna.

Por eso, hemos de rezar con fe. ¿Cuál es el secreto del éxito en todo el mundo de sus monjas, las Misioneras de la Caridad?, le preguntaron a la beata Teresa de Calcuta, y ésta respondió: La oración, porque el fruto de la oración es la fe, y el fruto de la fe es el amor; el fruto del amor, el servicio al prójimo; y el fruto del servicio, la paz.

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