Meditación: Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

Celebramos hoy la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, introducida hace no muchos años en el calendario litúrgico propio de España a instancias del Siervo de Dios José María García Lahiguera. La primera vez que se celebró esta fiesta fue 6 de junio de 1974, jueves posterior a Pentecostés. Es un día para hablar del sacerdocio y pedir por todos los sacerdotes de la Iglesia Católica. El Siervo de Dios al que nos hemos referido fundó una Congregación de religiosas contemplativas (Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote) que tienen como fin ofrecer sus vidas por la santidad de los sacerdotes, y rezar también por los seminaristas.

En la Antífona de entrada de la Misa de la fiesta nos encontramos con estas palabras de la Carta a los Hebreos: (Cristo), mediador de una nueva alianza, como permanece para siempre tiene el sacerdocio que no pasa (Hb 7, 24). Ha tomado nuestra naturaleza en las entrañas de la Virgen María, para ser mediador entre Dios y los hombres (1 Tm 2, 5) y después de ofrecer el Sacrificio de su vida, está sentado a la derecha del Padre y vive siempre para interceder por nosotros (Hb 7, 25). Con su incesante mediación sacerdotal en el Cielo, nos obtiene el perdón de los pecados -que ha expiado de una vez por todas con su muerte en el Calvario- y la efusión del Espíritu Santo, fruto de la Cruz.

Esta realidad de su mediación en la gloria nos llena de paz y nos anima a acudir confiadamente a la misericordia divina. Pero además, Nuestro Señor Jesucristo continúa ejerciendo su sacerdocio en la tierra, a través de su Cuerpo místico. Por eso nosotros ahora damos gracias a Dios porque -como se dice en el prefacio de la Misa de hoy- constituiste a tu único Hijo Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinaste, en tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio. Él no sólo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión.

Escribió un Padre de la Iglesia: Los sacerdotes han recibido un poder que Dios no ha dado ni a los ángeles ni a los arcángeles… Dios sanciona allá arriba todo lo que los sacerdotes hagan aquí abajo (San Juan Crisóstomo). Grande es la dignidad del sacerdote, y también inmensa su responsabilidad.

En un mundo como el nuestro, tan expuesto a tentaciones que apartan al hombre del misterio de Dios, el sacerdote, como buen pastor, tiene que ser transparencia del rostro misericordioso de Jesús, el único que salva; tiene que enseñar a los hombres que Dios los ama infinitamente y siempre los espera; tiene que reflejar los sentimientos del mismo Cristo dando siempre testimonio de una inmensa caridad pastoral (Juan Pablo II, Homilía 12.VI.93).

Pidamos a Dios por la santidad de los sacerdotes. La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes santos, que sepan sacar de la riqueza del Evangelio las respuestas a los interrogantes del hombre de hoy: a la oscuridad de la duda, han de responder con la luz de la fe, extraída de la propia intimidad con Jesús; a la debilidad de la condición humana, con la fortaleza de los sacramentos; a la tristeza de la soledad, con la alegría de la reconciliación con el Padre.

En cualquier momento importante de su vida, el cristiano encuentra a su lado al sacerdote… Apenas el hombre nace a la vida, el sacerdote lo recibe con el Bautismo, infundiéndole una vida más noble, preciosa, que es la vida sobrenatural, y lo hace hijo de Dios y de la Iglesia. Para fortalecerlo y que esté mejor dispuesto para combatir con generosidad las luchas espirituales, un sacerdote revestido de especial dignidad -un Obispo- le hace soldado de Cristo por medio de la Confirmación. En cuanto es capaz de discernir y apreciar el Pan de los Ángeles el sacerdote le alimenta y reconforta con este manjar vivo y vificante. Si ha caído, el sacerdote lo levanta en nombre de Dios y lo reconcilia por medio de la Penitencia. Si Dios lo llama para formar una familia y para colaborar con Él en la transmisión de la vida humana en el mundo…, el sacerdote es tá allí para bendecir sus bodas y su amor limpio. Y cuando el cristiano, ya en los umbrales de la eternidad, necesita fuerza y ánimos para presentarse ante el Juez divino, el sacerdote se inclina sobre los miembros doloridos del moribundo, le perdona y le da ánimo con el Óleo Santo. Por tanto, desde la cuna hasta la sepultura, e incluso hasta el cielo, el sacerdote está junto a los fieles, como guía, aliento, ministro de salvación, distribuidor de gracias y bendiciones (Pío XI, Encíclica Ad Catholici Sacerdotii).

El alma sacerdotal que es propia de todo baurizado, no se queda en buenos deseos. Dios se lo hizo ver muy vivamente a san Josemaría Escrivá en un preciso momento, mientras ejercía el ministerio sacerdotal en el Patronato de Santa Isabel. Su actividad apostólica era muy intensa, pero el Señor le urgía más, y quería que nos trasmitiera esa urgencia a todos sus hijos. Hay que amar con obras -predicaba en un curso de retiro en el año 1948-; de este modo no tendrás que escuchar lo que escuché yo, pegado a la reja de la clausura de aquellas buenas monjas, al darles un día la Comunión: obras son amores y no buenas razones. Y no hay más: ¡obras, no palabras! Obras que consisten en aceptar aquella invitación de Cristo: si quis vult post me venire, abneget semetipsum et tollat crucem suam et sequatur me (Mt 16, 24); si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y cargue con su cruz y me siga.

El alma sacerdotal exige abnegación -renuncia al propio yo-, y crece en la medida en que morimos a nosotros mismos, como el grano de trigo que, si no muere queda infecundo, pero si muere da mucho fruto (Jn 12, 24). Lo propio del sacerdocio es ofrecer sacrificios por los pecados (Hb 5, 1), y renunciar a mí mismo es sacrificarme. De nada vale el ofrecimiento de cosas externas sin el sacrificio de la propia voluntad, como diremos en el Salmo responsorial: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas (…). Entonces yo digo: “Aquí estoy -como está escrito en mi libro- para hacer tu voluntad”.

Procuremos tener los mismos sentimientos del Corazón de Jesús. Lo nuestro es afán de corredimir con Cristo, que es la sustancia del alma sacerdotal. Es conmovedor ver al Señor cansado. Además tiene hambre: los discípulos han ido al pueblo vecino para buscar  algo de comer. Y tiene sed. Pero junto a la fatiga del cuerpo tiene sed de almas. Y cuando llega la samaritana, aquella mujer pecadora, el alma sacerdotal de Cristo se vuelca, solícita, para recuperar la oveja perdida: olvidando el cansancio y el hambre y la sed (San Josemaría Escrivá).

Para tener afán de almas es preciso purificarse del amor propio y vencer, con ayuda de la gracia, el miedo al dolor y la resistencia al sacrificio. Hay que repetir muchas veces con Jesús: no se haga mi voluntad sino la tuya (Lc 22, 42). El alma sacerdotal nos lleva a ser almas entregadas, a desagraviar, a reparar en medio de las tinieblas que hay en este mundo.

¿Estamos tú y yo enamorados del sacrificio? Porque un alma sacerdotal no teme el sufrimiento, sino que lo abraza cuando llega, como Cristo; ni teme la muerte, postrer sacrificio y puerta de la vida. No se empequeñece por las contrariedades o las limitaciones personales, o por la falta de medios, replegándose en la pasividad, pues se sabe audazmente instrumento de Cristo. Ni se enfría en un ambiente paganizado, sino que, al contrario, siente la responsabilidad de vibrar con un amor más encendido. Las dificultades de cualquier género no hacen más que espolear su amor al sacrificio y nunca dice basta, consciente de que al abrazarlo con generosidad está triunfando Cristo. y Él premia esa entrega humilde con la felicidad de su presencia y de su trato.

Nos ha elegido el Señor para santificar el mundo desde dentro, devolviendo a todas las cosas su noble y original sentido, que el pecado trastocó, y ofreciéndolas por Cristo, con Él y en Él para la gloria de Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo. Nos ha querido y nos ha puesto Dios, como cristianos y ciudadanos corrientes, no para que seamos como los demás siguiendo cualquier moda, sino para ayudarles a ser como Cristo.

Éste es el camino para transformar el mundo, que la fe muestra al alma sacerdotal: el camino de la identificación con Cristo en la Cruz. Cuando esa visión sobrenatural se debilita, aparecen los conflictos: resulta difícil distinguir entre el mundo y lo mundano, surge la tentación de pensar que el sacrificio y el desprendimiento de muchas cosas de esta tierra apartan de los demás… Entonces, si no reacciona con energía, el alma se desliza poco a poco hacia una vida aburguesada, mimetizada con el ambiente, y pierde la sal y la luz.

Plenamente identificado con Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, podemos estar ciertos de que continúa implorando esa intención ante la Santísima Trinidad.

 

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Una respuesta a “Meditación: Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

  1. felicidades a todos los hombres que comparte el ministerio de Cristo Sumo y Eterno sacerdote, Dios los bendiga

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