Homilía de la Solemnidad de la Santísima Trinidad (Ciclo A)

El misterio trinitario. Los cristianos recibimos el Bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Así comienza nuestra vida de miembros de la Iglesia. Con esta fórmula expresamos nuestra fe en los momentos más decisivos de nuestra existencia. La Santísima Trinidad es uno de los misterios escondidos en Dios, es el misterio de la intimidad de Dios, abierto a la mirada del hombre. Es una verdad inefable que sobrepasa infinitamente los límites de lo creado, exige de nosotros una disposición de fe humilde y reverente ante la majestad de Dios.

Dios no vive solo. Nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia, que es el amor (Juan Pablo II). ¡Qué diferencia es este Dios personal del Dios frío y distante de la metafísica! El descubrimiento de un Dios cercano, entrañable, un Dios-amor viviente en lo profundo del hombre. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un torrente de vida y de calor, de plenitud y felicidad. Dios en sí mismo es un derramarse en Amor, y en esta infinitud de amor está llamado a participar el ser humano.

Templos de Dios. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros. Un cosmonauta ateo comentó después de su viaje espacial: No he visto a Dios en el espacio. No encontró en el espacio porque vivía en la tierra alejado de Dios. Sabemos que el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, sino un Dios muy próximo, cuyas delicias son estar con los hijos de los hombres (Juan Pablo II). Dios Uno y Trino está muy cerca de nosotros: Inhabita en nuestra alma en gracia. ¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros (1 Co 3, 16).

No estamos destinados a una felicidad cualquiera, porque hemos sido llamados a penetrar en la intimidad divina, a conocer y a amar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo y, en la Trinidad y en la Unidad de Dios, a todos los ángeles y a todos los hombres (San Josemaría Escrivá). Dios viene al hombre para compartir con él su amistad y le invita a formar parte de su familia divina.

Trato con las Personas divinas. Dios es entrañable, lleno de ternura. Nuestra respuesta a este amor divino es vivir la relación filial con el Padre, cumpliendo su voluntad; tener una relación fraternal con el Hijo, aceptando su mensaje de salvación; y dejarse conducir por la luz y la fuerza del Espíritu Santo.

El trato con Dios Padre nos lleva a considerar nuestra filiación divina; el trato con Dios Hijo hace que nos fijemos en el modelo a seguir; y el trato con Dios Espíritu Santo santifica nuestras almas. Este trato con Dios Uno y Trino se debe reflejar en la atención que ponemos cuando invocamos a la Trinidad al hacer la señal de la Cruz (En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo). También cuando recitamos el Gloria. Y en toda la liturgia, pues ésta es trinitaria, especialmente la Santa Misa. Santa María es Maestra en el trato con la Trinidad, porque Ella es Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo.

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