Homilía del Domingo XIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Encuentro con Jesús. En la 1ª lectura hemos leído el relato de una obra de misericordia –dar posada al peregrino-, realizada por un matrimonio de Sunam, que no queda sin recompensa. Y en el pasaje evangélico, Jesús habla igualmente de recompensas por acciones buenas. Es más, en el Juicio Final se examinará cómo se ha vivido la caridad con el prójimo. Cada vez que los hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis (Mt 25, 40). En el pobre, en el marginado, en el enfermo, en el agonizante, en el que padece soledad, en quien no tiene techo para cobijarse, en el encarcelado, en el más humilde, en el que necesita ser instruido o aconsejado, encontramos a Jesús mismo, y en Jesús encontramos a Dios.

Tocamos realmente el cuerpo de Cristo en los pobres. Por los pobres, es a Cristo hambriento a quien alimentamos, es a Cristo desnudo a quien vestimos, es a Cristo sin hogar a quien damos asilo (Beata Teresa de Calcuta).

Las obras de misericordia. Las acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales son las llamadas obras de misericordia. Suelen citarse catorce, siete espirituales y siete corporales. Las espirituales son: enseñar al que no sabe; dar buen consejo al que lo necesita; corregir al que se equivoca; perdonar las injurias; consolar al triste; sufrir con paciencia los defectos del prójimo; rogar a Dios por los vivos y por los difuntos. Las corporales son: visitar y cuidar a los enfermos; dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; dar posada al peregrino; vestir al desnudo; redimir al cautivo; enterrar a los muertos.

Entre todas estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna, es también una práctica de justicia que agrada a Dios. Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, calentaos o hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? (St 2, 15-16). Reflexionemos en estas palabras de Santiago el Menor.

El amor, esencia del cristianismo. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5,7). Nuestro Señor hace de la misericordia uno de los temas principales de su predicación. En el Evangelio según san Lucas están las parábolas de la misericordia, entre otras la del hijo pródigo y la del buen samaritano. Si queremos imitar a Cristo, debemos tener misericordia con los demás. El campo de la misericordia es inmenso, pues la miseria humana que hay que remediar es muy grande.

El amor es la esencia del cristianismo; hace que el creyente y la comunidad cristiana sean fermento de esperanza y de paz en todas partes, prestando atención en especial a las necesidades de los pobres y los desamparados. Ésta es nuestra misión común: ser fermento de esperanza y de paz porque creemos en el amor. El amor hace vivir a la Iglesia, y puesto que es eterno, la hace vivir siempre, hasta el final de los tiempos (Benedicto XVI).

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