Homilía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Modelo a imitar. Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Estas palabras de Cristo nos invitan a imitarle en la mansedumbre y humildad de corazón. Humildad de Jesús: en Belén, naciendo en un establo, Él que es Rey de reyes y Señor de los que dominan; en Nazaret, donde permanece como un habitante más, como el hijo del artesano, Él que es el Artífice del universo; en la Cruz, donde muere siendo contado entre los malhechores, Él que es la Inocencia en grado supremo; y en la Eucaristía, donde nos espera pacientemente, estando siempre a nuestra disposición, Él que es nuestro Dios.

 

Toda su vida es un ejemplo de humildad. Antes de su Pasión, quiso dejarnos un ejemplo bien gráfico de humildad: el lavatorio de los pies. Después de lavar los pies a sus discípulos, tarea reservada para los siervos y criados, Jesús dijo a sus Apóstoles: ¿Entendéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque de verdad lo soy. Si yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros vosotros los pies unos a otros. Porque yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho (Jn 13, 12‑16).

 

Virtud necesaria. La humildad es en las virtudes lo que la cadena en los rosarios: quitad la cadena, y todos los granos caen; quitad la humildad, y todas las virtudes desaparece (Santo Cura de Ars). Y san Josemaría Escrivá dejó escrito: Por la senda de la humildad se va a todas partes…, fundamentalmente al Cielo.

 

La humildad es la verdad, y hace que el cristiano conozca su miseria, su condición pecadora, pero también su grandeza de hijos de Dios. La persona humilde reconoce lo que hay de bueno, pero también lo que hay de malo, valorando con verdad lo uno y lo otro. Sabe que en su vida hay cualidades y dones, pero los agradece a Dios. Lejos de vanagloriarse, piensa que otros hubieran correspondido a esos dones mucho mejor y les hubieran sacado mayor partido. No hay pecado ni crimen cometido por otro hombre, que yo no sea capaz de cometer por razón de mi fragilidad, y si aún no lo he cometido, es porque Dios, en su misericordia, no lo ha permitido y me ha preservado en el bien (San Agustín).

 

Primer pecado capital. Lo opuesto a la humildad es la soberbia. La persona soberbia pretende santificarse con sus propias fuerzas. El soberbio confía sólo en sí mismo, pero no consigue nada. Se ha olvidado de las palabras de Cristo: Sin Mí nada podéis hacer. Con Dios, sí que podemos: Todo lo puedo en Aquél que me conforta.

 

La soberbia hace que no se reconozca los fallos, los pecados. El soberbio no ve la necesidad del arrepentimiento. Escribió Juan Pablo II: Es humano que el hombre, habiendo pecado, lo reconozca y pida misericordia. Es inaceptable que se haga de la propia debilidad el criterio de la verdad para justificarse a uno mismo. Cuidado con la soberbia. El pecado del ángel caído fue de soberbia. El pecado de nuestros primeros padres también fue de soberbia. Estemos atentos para que no se meta en nuestra vida la vanidad, el orgullo, el amor propio, la soberbia.

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