Homilía del Domingo XV del Tiempo ordinario (Ciclo A)

La semilla buena. Salió el sembrador a sembrar… El Sembrador divino arroja la simiente, que no es otra cosa que la palabra del Reino. Cada cristiano debe reflexionar: La Palabra llega cada día al campo de mi vida. Y a veces no encuentra esa tierra buena (esponjosa y abonada) que produce mucho fruto, sino un terreno pedregoso, lleno de maleza. Hay que preparar la tierra quitando las malas hierbas de la inconstancia, de la pereza, de la seducción de las riquezas, de la sensualidad, de los afanes mundanos…, de todo lo que impida que la semilla produzca el fruto deseado por el Sembrador. El fruto llegará cuando el campo esté preparado, es decir, cuando se escucha la Palabra, se medita en el corazón y se entiende.

 

La semilla -la Palabra de Dios- es alimento para nuestra alma, firmeza para nuestra fe, sustento y vigor interno para nuestra vida cristiana. En la Sagrada Escritura vemos la intimidad de Dios, que se nos muestra en ella. Su conocimiento se ordena al amor, a la amistad con Dios.

 

Lectura de la Biblia. La Sagrada Escritura es la palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo. Leyendo la Biblia se contempla y se aprende a conocer la vida de Jesucristo, pues la Sagrada Escritura desde el principio hasta el final, está impregnada de misterio de Cristo, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo. Hasta el punto que san Jerónimo afirma con vigor: Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo. El Nuevo Testamento está latente en el Antiguo Testamento y el Antiguo está patente en el Nuevo.

 

Meditad a menudo la palabra de Dios, y dejad que el Espíritu Santo sea vuestro maestro. Descubriréis entonces que el pensar de Dios no es el de los hombres; seréis llevados a contemplar al Dios verdadero y a leer los acontecimientos de la Historia con sus ojos; gustaréis en plenitud la alegría que nace de la verdad (Benedicto XVI). La lectura de la Sagrada Escritura es oración, debe ser oración, debe brotar de la oración y llevar a la oración.

 

El corazón de la Escritura. De modo especial se recomienda la lectura meditada del Nuevo Testamento, donde está el testimonio de los Apóstoles, que tuvieron la experiencia viva de Cristo, le vieron con sus ojos, le escucharon con sus oídos y le tocaron con sus manos. De modo particular está recomendada la lectura de los Santos Evangelios, que son el corazón de todas las Escrituras. Cristo es el modelo de nuestra vida, y es necesario meditar su paso en la tierra. Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo (San Josemaría Escrivá).

 

María Santísima es la mujer del silencio y de la escucha (Juan Pablo II), que guardaba todo y lo meditaba en su corazón (Lc 2, 19). Fue reconocida como Madre por Jesucristo y ensalzada por Él como bienaventurada, por escuchar y practicar la Palabra de Dios. Ella nos alcanzará del Espíritu Santo que conozcamos y nos enamoremos de Cristo en la Escritura Santa, y que sepamos transmitir la Palabra de Dios con don de lenguas.

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