Homilía del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Una figura que atrae. Jesús se marchó a un sitio tranquilo y apartado. La gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Jesucristo, seguido de una multitud de personas. La figura del Señor atrae porque predica con la palabra y con el ejemplo. No como los fariseos que dicen, pero no hacen; atan cargas pesadas e insoportables y las ponen sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas (Mt 23, 3-4). Toda la vida de Cristo se resumió en el deseo de comunicar a los hombres el fuego del amor divino. Su mensaje trae la felicidad a los hombres y la salvación del mundo.

 

También en nuestros días -como en todas las épocas- hay que seguir a Cristo, caminar al encuentro de Cristo: solo Él es la solución de todos nuestros problemas; solo Él es el camino, la verdad y la vida; solo Él es la verdadera salvación del mundo; solo Él es la esperanza de la humanidad. Y fuera de Cristo no hay paz ni felicidad, no hay vida eterna y, lo que es más trágico, la vida humana revienta de asco y de rabia.

 

Atención a los necesitados. Vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Cristo es sensible a las necesidades espirituales y materiales de los hombres. Aquí le vemos, dejando el descanso -un descanso merecido-, tomar la iniciativa para satisfacer el hambre de aquella multitud que le sigue. Sí, nuestro Dios es misericordioso, se compadece de las miserias humanas. Ésta es otra de las enseñanzas del divino Maestro. A veces, no hay más remedio que olvidarse del propio descanso para atender, como buenos samaritanos, a personas que tienen necesidades materiales o espirituales.

 

Escribió Benedicto XVI en su primera encíclica: Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama. A los que sufren por estar solos, les podemos servir dedicando tiempo a escucharles, acompañándoles a ir de compras, a visitar un museo. A los ancianos, les podemos pedir consejo, proporcionarles ocupaciones, o acompañarles a dar paseo. A los enfermos les servimos facilitándoles la recepción de los sacramentos, visitándoles y prestándoles pequeños servicios, o haciendo diversas gestiones.

 

Lección de economía. Recogieron doce cestos llenos de sobras. Cristo quiso que se recogieran las sobras de aquella comida, para que aprendamos a no desperdiciar los bienes materiales, que son dones de Dios. El derroche de estos dones, el gasto caprichoso es opuesto al espíritu cristiano y al sincero deseo de seguir las pisadas del Maestro, porque sus huellas son de pobreza. El mandato de Cristo es una hermosa lección de economía -en el sentido más noble y más pleno de la palabra- para nuestra época, dominada por el derroche.

 

Pablo VI dijo en la ONU: Vuestra tarea consiste en conseguir que el pan sea suficientemente abundante en la mesa de la humanidad y no en fomentar el control artificial de nacimientos ‑que sería irracional‑ a fin de disminuir el número de comensales en el banquete de la vida.

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