Homilía: La Asunción de la Virgen María

Verdad de fe. La Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste. Con estas palabras definía Pío XII el cuarto Dogma mariano. María, asociada a la vida y misión de su Hijo, fue, junto con Él, glorificada por Dios. Al cumplirse los días de su vida mortal, fue llevada a los cielos, pues no había de conocer la corrupción quien no había sido corrompida por el pecado.

 

La Virgen entra en el Cielo. Nosotros nos unimos al júbilo de los ángeles y de los cortejos celestiales, y la alabamos: ¡bendita tú entre las mujeres! Y nos sentimos también llenos de entusiasmo: porque  la llena de gracia está en lo más encumbrado del Cielo; porque en la presencia del Señor tenemos una Madre que intercede siempre por nosotros; porque -con confianza filial de hijos de pequeños- podemos apoyar nuestro corazón en el suyo, purísimo, hasta llenarnos de amor a Jesucristo.

 

Esperanza nuestra. Santa María, asunta al Cielo y coronada de gloria por la Trinidad Santísima, posee en plenitud el destino que cada de uno de nosotros espera. María ha alcanzado ya esa plenitud de felicidad, de amor y de paz. Como Madre bendita se ha adelantado, llevada de la mano por Dios, para que todos sus hijos de la tierra vivamos con una segura esperanza. Nuestro último fin está en el Cielo; ese objetivo debe orientar y dar sentido a nuestro caminar por este mundo, a nuestra vida cristiana. Jesucristo nos ha precedido; y allí, en compañía de la Virgen, espera nuestra llegada.

 

La Virgen Santísima, Spes nostra, nos da ejemplo. Su vida heroicamente sencilla y generosa, su amor sin límites a la Voluntad divina, su eficacia correndetora y la gloria de su Asunción suscitan en nosotros nuevas energías para vivir nuestra fe con más amor. Y sentimos la necesidad de su protección: ¡Madre nuestra -le decimos- mira que aún tenemos abiertos los ojos de la carne, que estamos todavía en camino! ¡Ayúdanos a alcanzar la meta!

 

Verdadero icono de María. En el Evangelio está el Magnificat, el gran canto de la Virgen, esta gran poesía que brotó de los labios, o mejor, del corazón de María, inspirada por el Espíritu Santo: Proclama mi alma la grandeza del Señor. En un canto de alabanza a Dios, cuyo nombre es santo. Santa María reconoce que Dios ha mirado la humildad de su sierva, ha hecho en Ella maravillas y, por eso, todas las generaciones le llamarán bienaventurada. María desea que Dios sea grande en el mundo, que sea grande en su vida, que esté presente en todos nosotros (Benedicto XVI).

 

La vida de cada cristiano tiene que ser un Magnificat, un dejar hacer a Dios en su alma, y un canto agradecido al Creador, porque su misericordia se derrama de generación en generación. La luz sencilla y multiforme de Dios sólo se nos manifiesta en su variedad y riqueza en el rostro de los santos, que son el verdadero espejo de su luz. Y precisamente viendo el rostro de María podemos ver mejor que de otras maneras la belleza de Dios, su bondad, su misericordia (Benedicto XVI). Contemplemos, pues, a María elevada al Cielo.

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