Homilía del Domingo XXI del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Preguntas y respuestas. Llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo y preguntaba a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Conocemos la respuesta dada por los Apóstoles, como también lo que confesó san Pedro cuando el Maestro les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pero preguntémonos: ¿Qué ha dicho Jesucristo de sí mismo? Jesús dijo: Yo soy el Mesías (Jn 4, 26). Yo soy Rey (Jn 18, 37). Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6). Yo soy la luz del mundo (Jn 8, 2). Yo soy la Resurrección y la Vida (Jn 11, 25). Yo soy el pan de vida (Jn 6, 35). Yo soy el alfa y el omega, el primero y el último (Ap 22, 13). Yo y el Padre somos una sola cosa (Jn 10, 30). El Padre está en mí y Yo en el Padre (Jn 10, 38). El que me ha visto a mí ha visto al Padre (Jn 14, 9). Jesucristo mismo se proclamó Hijo de Dios y Dios verdadero.

 

Sí, Cristo es el Hijo de Dios, que nos descubre el rostro amoroso del Padre, la Encarnación de la infinita misericordia de Dios. Él es el Maestro, el único cuyas enseñanzas no pasan, el único que enseña con autoridad. Él es el amigo que dice a sus discípulos: No deseo llamaros siervos… porque os he llamado amigos (Jn 15, 15). Y demuestra su amistad entregando su vida por nosotros.

 

La fe de la Iglesia. Lo que caracteriza a la fe cristiana, a diferencia de todas las otras religiones, es la certeza de que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, la Palabra hecha carne, la segunda Persona de la Trinidad, que ha venido al mundo. Es contrario a esta fe introducir cualquier separación entre el Verbo y Jesucristo. Jesús es el Verbo encarnado, una sola persona e inseparable: no se puede hablar de un Jesús de la historia, que sería distinto del Cristo de la fe. La Iglesia confiesa, como Simón Pedro, a Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Por eso creemos en la identidad del Jesús histórico nacido en Belén y del Cristo de la fe predicado por los Apóstoles.

 

Jesús no es para los cristianos solamente un hermano, un amigo, un hombre de Dios. En Él reconocemos al Hijo único de Dios, que es una sola cosa con el Padre y que el Padre ha dado al mundo. Con razón dijo un literato: Una sola cosa merece la pena: amar a Jesucristo y hacer que le amen, darle nuestro pobre corazón, miserable y desgarrado (Paul Claudel).

 

Cristo, nuestra vida. Jesucristo es el Buen Pastor que dio su vida por sus ovejas, para salvar a los hombres e introducirlos en una nueva vida; es nuestro compañero, porque anda con nosotros y no se aparta de nuestro lado en la larga y penosa peregrinación por el camino de la vida; es nuestro defensor constante…; es nuestro bienhechor…; es nuestra luz…; es nuestra medicina…; es nuestro vigor y fortaleza…; es nuestra paz…; es nuestra alegría… (Beato Marcelo Spínola).

 

No está allí, no lo busques en la tristeza, que no está. En los ámbitos vacíos del odio y en los lugares secos de la desesperación, que no está, no le busques allí. No en la muerte, no, no le busques en nada que indique muerte, que es la nada, búscale en la vida, con tu vida, que Él es vida (Pedro Antonio Urbina).

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