Homilía del Domingo XXII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Tras las huellas de Cristo. El quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. El 15 de julio de 1099 Jerusalén fue conquistada por los cruzados, culminando con éxito la primera Cruzada. Godofredo de Bouillón, jefe de la expedición, rehusó coronarse como rey allí donde su Redentor había llevado una corona de espinas. No es el discípulo más que su Maestro. Cristo nos redimió por medio de la Cruz, y todo el que desea imitarle e identificarse con Él ha de recorrer el mismo camino. San Pedro escribió: Cristo padeció por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pasos (1 P 2, 21).

 

El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. Cristo quiere vivir en nosotros, reinar en nuestros corazones, y para eso es preciso que el alma se vacíe de sí misma, y se una a la Cruz de Cristo por la mortificación. Para reinar con Cristo, hay que acompañarle en su Pasión. Es necesaria la mortificación para alcanzar el Reino, una mortificación continua, una mortificación generosa, como generosa fue la Pasión y Muerte de Nuestro Señor.

 

Necesidad de la mortificación. La mortificación es la práctica voluntaria de algo que suponga castigo del propio cuerpo o renuncia de la voluntad a algo gustoso; es ofrecer a Dios algo que cuesta con espíritu de reparación. Y es necesaria para imitar a Cristo, pues no es posible asemejarse a Nuestro Señor si no se dominan las numerosas tendencias desordenadas que se encuentran arraigadas en el alma: la soberbia, la pereza, la concupiscencia de la carne, etc. También la necesitamos para desagraviar a Dios, satisfacer por nuestros pecados y purificar el alma.

 

Otros motivos son: 1) Para ser almas de oración; 2) Para vivir la santa pureza. Desde que el hombre pecó, sus sentidos todos se rebelaron contra la razón; por consiguiente, si queremos que la carne esté sometida al espíritu y a la razón, es necesario mortificarla; si queremos que el cuerpo no haga la guerra al alma, es preciso castigarle a él y a todos los sentidos (Santo Cura de Ars); 3) para sanar la herida que ha dejado en nosotros el pecado original; 4) para avanzar por el camino de la santidad, porque remueve los obstáculos que se oponen a la acción del Espíritu Santo.

 

Mortificaciones que podemos hacer. La mortificación hay que buscarlas en las cosas pequeñas y ordinarias, en el trabajo intenso, constante y ordenado. Cosas pequeñas que no te hacen perder la salud, pero que te mantienen encendido. Mortificación en las comidas. Minutos heroicos a lo largo del día. Puntualidad. Orden. Guarda de la vista por la calle, con naturalidad (San Josemaría Escrivá).

 

Aceptar los imprevistos; llevar con garbo las posibles dificultades u obstáculos; dominar la imaginación; evitar juzgar a los demás; mortificar la memoria; no almacenar agravios y desaires; refrenar la lengua; luchar contra la comodidad; rendir el juicio; vencer los estados de ánimo; no dejarse llevar por la curiosidad; no quejarse innecesariamente; sonreír cuando cuesta; no tener en cuenta los detalles molestos de los demás.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s