Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

Poder salvífico de la Cruz. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él. Cristo nos redimió muriendo en la cruz. Miremos al Calvario para contemplar a Cristo en la Cruz. Allí manifiesta su amor a todos los hombres entregando su vida. Por eso la cruz es la señal del cristiano y signo de un amor reconciliador que supera el sufrimiento y la muerte. Los cristianos tenemos la obligación de testimoniar que sólo en la Cruz reside la verdadera esperanza de una renovación cristiana de la sociedad actual. Difundamos su mensaje. El mensaje de la Cruz es una necedad para los que se pierden, pero es poder de Dios para los que se salvan (1 Co 1, 18).

 

La Cruz no deja lugar a la indiferencia: mueve a todo hombre a decidirse a favor o en contra de Jesús. Para unos -los que se pierden- es una necedad. Y cuando en sus vidas se encuentran con una cruz, ésa no es la de Cristo, sino la del mal ladrón, que no salva, que no es aceptada ni aprovechada. Otros, en cambio, los que van camino de salvarse, descubren -descubrimos- que la Cruz es poder de Dios, porque en ella el demonio y el pecado han sido vencidos.

 

La Cruz en la vida del cristiano. No hay santidad sin Cruz; para estar unidos con Cristo en medio de las ocupaciones del mundo, hemos de abrazar la Cruz con generosidad y con garbo (San Josemaría Escrivá). No es posible el cristianismo sin cruz. Hay que amar la Cruz. Aprendamos a amarla, a aceptarla como nuestra herencia, como norma de nuestra vida y a llevarla en silencio con la ayuda divina. Sintamos la necesidad de entender el sentido de la Cruz, que no es otro que el sacrificio por amor.

 

No se puede contemplar la Cruz -locura del amor infinito de Dios por el hombre- con la áspera frialdad de un corazón indiferente; sino despacio y con amor, con mucha piedad y hasta con asombro. En ella Cristo fue herido en sus divinas manos, pies y costado, curó las huellas del pecado y las heridas que la perniciosa serpiente había infligido a la naturaleza humana. En la Cruz fuimos liberados de la esclavitud de los poderes del infierno.

 

Espíritu de reparación. La Cruz nos habla de desagraviar a nuestro Dios, de reparar por nuestros pecados, pues no es la Cruz un disfraz de dolor, sino voz auténtica del sufrimiento. Por Cruz hay que entender toda la Pasión y Muerte de Cristo. El terrible suplicio de la Cruz nos enseña en una insustituible lección, de la manera más expresiva -sin palabras, con hechos- de la gravedad del pecado.

 

El pecado ha exigido la muerte del mismo Dios hecho hombre. Pero además, los tormentos físicos y morales que Jesús sufrió en el patíbulo de la Cruz son la más elocuente demostración del amor de Cristo al Padre, pues le da satisfacción de la increíble rebeldía humana con el castigo de su propia Humanidad inocente; y del amor a los hombres, al sufrir lo que nosotros deberíamos padecer en justo castigo por nuestras iniquidades.

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