Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Una llamada para todos. Id también vosotros a mi viña. El dueño de la viña salió a contratar obreros a diversas horas del día. Durante toda la vida del hombre, Dios le está llamando a la conversión, a la santidad. Y todos los hombres son llamados, como dice el Concilio Vaticano II: Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado (Lumen Gentium).

 

Son muchos los lugares de la Escritura Santa que fundamentan esta doctrina. Nos eligió (Dios) antes de la constitución del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados en su presencia (Ef 1, 4). Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación (1 Ts 4, 3). Desde 1928, san Josemaría Escrivá predicó esta llamada universal a la santidad, haciéndola sentir a tantas personas ‑hombres y mujeres‑ de toda condición, estado, profesión, edad, etc., y a lo largo de su existencia no alimentó otro deseo que el de ser instrumento de Dios para estimular a todos los hombres y mujeres a recorrer el camino de la santidad en medio del mundo (Mons. Javier Echevarría).

 

Santidad en la vida ordinaria. Se ha dicho de san Carlos Borromeo que se hizo santo por un método viejo y poco complicado: cumpliendo su obligación. No quepa la menor duda: una persona se hace santa por la observancia rigurosa y plenísima de sus deberes, quemando toda su existencia, poco a poco, entre los quehaceres cotidianos. La santidad que Nuestro Señor te exige se alcanza cumpliendo con amor de Dios el trabajo, las obligaciones de cada día, que casi siempre se componen de realidades menudas (San Josemaría Escrivá).

 

Cierto día, un hombre preguntó a un sacerdote qué debía hacer para vivir bien. Recibió como respuesta estas sencillas palabras: Cuando hoy vuelva a su casa y se siente a la mesa para cenar, pregúntese: ¿Cómo se comportaría Cristo si estuviese sentado en mi sitio? La santidad requiere una pregunta continua: En este momento ¿cómo actuaría Cristo si estuviese en mi lugar? No olvidemos que una de las razones por la que el Verbo se encarnó fue para ser nuestro modelo de santidad.

 

Posibilidad de alcanzar la santidad. Cuando León Magno salvó a Roma de Atila, el emperador Valentiano III dijo al Papa que le pidiera en recompensa lo que quisiese. León I respondió: Sólo quiero que seáis un buen cristiano. El Emperador contestó: Eso es imposible. Y el Papa, al oír la respuesta, comentó: Tan imposible como que Atila se fuese sin atacar a Roma. La santidad es posible. Dios no nos pide cosas imposibles. Es verdad que con las solas fuerzas humanas no podemos; pero contamos con la ayuda de la gracia divina.

 

La santidad está a nuestro alcance, pero exige esfuerzo. Hay que pelear contra la inclinación al mal, contra la pereza, la soberbia y las tentaciones. Para alcanzarla, hemos de aprovechar los medios que la Iglesia, instrumento universal de salvación, ofrece y enseña a vivir a todos los hombres: frecuencia de sacramentos, trato íntimo con Dios en la oración, fortaleza en cumplir los deberes familiares, profesionales, sociales.

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