La santidad en una vida joven (Sierva de Dios Alexia González-Barros)

Una devoción rápidamente extendida

El día 14 de abril de 1993, en la Basílica Pontificia de San Miguel de Madrid, tuvo lugar la apertura de la Causa de canonización de Alexia González-Barros y González. El Postulador de la Causa, en la presentación del acto, dijo: No importa que la vida sea larga o corta. Todos los cristianos están llamados a la santidad porque a todos se la pide Dios y a todos les da las gracias suficientes. El Beato Josemaría Escrivá (aún no había sido canonizado), que, con su espiritualidad, tanto influiría en la santificación de Alexia, escribió acertadamente que “Dios es como un jardinero, que cuida las flores, las riega y las protege y sólo las corta cuando están más bellas, llenas de lozanía. Dios se lleva a las almas cuando están maduras”.

              Nuestro Señor halló madura a Alexia el 5 de diciembre de 1985, y se la llevó consigo a pesar de no haber podido cumplir aún los quince años. La fidelidad a lo que el Señor le fue pidiendo y, sobre todo, la entereza y generosidad en aceptar el dolor en su última enfermedad, da pie a considerar que puede ser propuesto el examen sobre la posible heroicidad con que practicó las virtudes cristianas. “Puede el niño -dice Santo Tomás de Aquino- conseguir la plenitud de la que se dice en el Libro de la Sabiduría: La vejez honorable no es la de largos días, ni se mide por los años”  (Cardenal Ángel Suquía, Decreto de introducción de la Causa).

Después de la muerte de la joven adolescente se comenzó a manifestar enseguida la devoción a Alexia y tuvo pronto una impresionante e inexplicable extensión por todo el mundo. Es verdad que, durante toda su corta vida, y durante los meses de su enfermedad hasta su muerte, cuantos tuvieron la suerte de tratarla de cerca, pudieron darse cuenta de que Alexia vivía muy unida a Dios. Pero, en la hora de su muerte el Espíritu Santo impulsaba un verdadero plebiscito (Benito Badrinas Amat). Países lejanos, idiomas y culturas distintas, no han sido obstáculos para que su devoción privada haya ido extendiéndose y Alexia fuera insistentemente invocada con toda confianza y cariño.

En un hogar cristiano

            Alexia nació en Madrid, el día 7 de marzo de 1971, en el seno de una familia de acendrada fe cristiana, donde cada hijo era recibido como un verdadero regalo de Dios. Era la menor de siete hermanos, aunque dos de ellos -Ramón María y Javier- ya habían marchado al Cielo cuando ella vino a este mundo. Fue bautizada en la Iglesia del Monasterio de las Salesas Reales el día 19 de marzo. Siempre se mostró agradecida a Dios por la vida y por la familia que le había concedido. En una carta suya publicada el 28 de mayo de 1983 en el diario “Ya” de Madrid, decía: Tengo doce años y soy la séptima de mis hermanos. Doy muchas gracias a Dios de haber nacido en una familia donde todos se pusieron muy contentos cuando yo nací. Si mi madre hubiera sido una de esas que quieren matar a sus niños antes de nacer, yo no habría nacido. Me gustaría decirles que no los maten, por favor, porque seguro que alguien adoptaría a esos niños. En nuestra casa, seguro que recibiríamos encantados a uno de esos niños que no los quieren. Alexia.

Fue una niña muy piadosa, que vivía sus prácticas de piedad con absoluta naturalidad, sin que hubiera en ella un pietismo ridículo o afectado. Ya en los años de infancia manifestaba su fe en la vida ordinaria, con su oración personal y familiar. Todas las noches rezaba el Jesusito de mi vida; una oración a la Virgen: Madrecita mía vuestra esclava soy, con vuestro permiso a dormir me voy, que había aprendido de su niñera Celes; y a su ángel de la guarda a quien puso el nombre de Hugo.

Pero como el resto de los mortales, tuvo que luchar para ir adquiriendo la virtud y avanzar por el camino de la santidad. Siendo aún muy niña había escrito en su pequeña agenda, bajo la palabra examen: 1º) Cuando mamá me manda hacer alguna cosa y no me apetece, me hago la sorda. 2º) Cuando los hermanos me hacen rabiar, me enfado. 3º) Me cuesta levantarme. 4º) Me cuesta ponerme a estudiar. 5º) Soy quejica. Aquel examen era el punto de partida para comenzar -o recomenzar- en la batalla contra sus defectos dominantes.

A los cuatro años de edad empieza a ir al colegio. Sus padres eligen para ella el Colegio de Jesús Maestro, regido por las religiosas de la Compañía de Santa Teresa (las teresianas). En los años de colegiala -toda su vida- fue una buena compañera, divertida y simpática. Era muy afectuosa. Pronto consiguió hacerse amiga de las demás niñas. Según el testimonio de una compañera, aunque al principio podía parecer algo tímida, era todo lo contrario: extrovertida, amable y simpática. Lo que ocurría es que no era atolondrada ni inquieta. Tenía un carácter muy alegre y era muy sonriente. Tenía una gracia especial para contar las cosas y mucho sentido de humor (María Jesús López Jareño).

Fue una alumna aplicada, con gran capacidad para aprender cosas de memoria. Siempre tuvo interés por saber más. Observaba mucho, preguntaba lo que no entendía y siempre encontraba la respuesta adecuada. Era una chica sencilla, normal, muy del tiempo que le tocó vivir -no era ajena a este mundo-. Le encantaba leer, escuchar música, vestir bien; e incluso le había gustado un chico con el que se cruzaba durante las vacaciones de verano.

Primera Comunión en Roma

A Dios comenzó a tratarlo en su casa, en el colegio y en la parroquia. Poco a poco fue descubriendo a Dios hecho hombre en Jesús Niño y también presente en la Eucaristía, prisionero por nuestro amor. Cuando tenía seis años su madre la llevó a la Iglesia del Santísimo Cristo de la Victoria, de Madrid, para que hiciera su primera confesión. Desde entonces hasta el comienzo de su enfermedad, Alexia se dirigió espiritualmente con el sacerdote que la confesó.

Con mucha ilusión se preparó para recibir por primera vez a Jesús. Estudió con empeño el catecismo, que llegó a saberlo muy bien. El día señalado para la Primera Comunión fue el 8 de mayo de 1979, el mismo día en que sus padres celebraban las bodas de plata matrimoniales. Y decidieron que fuera en la Cripta del Oratorio de Santa María de la Paz en Roma, junto al sepulcro del ahora san Josemaría Escrivá.

Al recibir al Señor le diría lo que ya de pequeña le decía cuando le visitaba en una iglesia o en la capilla de su colegio: Jesús, que yo haga siempre lo que Tú quieras. Esta frase -jaculatoria- nadie se la enseñó ni leyó ni oyó en ninguna parte. Tenía apenas seis años cuando, ante una sugerencia de su madre de que era bonito decirle algo cariñoso a Jesús al hacer la genuflexión ante el Sagrario, con gran naturalidad e incluso con cierto asombro de que le propusieran algo que en ella era habitual, le contestó: ¡Claro mamá!, le digo: Jesús que yo haga lo que Tú quieras.

            Había ofrecido su limpio corazón a Jesús, con ilusión, con amor tierno y filial, un corazón que era como una cuna para Dios. Durante toda su vida siempre asistió con recogimiento a la Santa Misa, acercándose a comulgar con fe y devoción,

Al día siguiente estuvo con sus padres en una audiencia con el Papa en la Plaza de San Pedro. Tuvo la oportunidad de entregar personalmente al Santo Padre una carta que le había escrito. Y Juan Pablo II, tras recoger la carta, le hizo la señal de la cruz en la frente, dándole un beso.

El cariño de Alexia por el Vicario de Cristo fue acrecentándose con la edad. En un trabajo del colegio, realizado años después, escribió: A mí, las frases que más me gustan del Papa son: “Dejaos amar por Cristo que es luz, es vida, es nuestra alegría, es Dios con nosotros (…) Permitid a Cristo que os ame, que os encuentre, que os conozca (…) Sed firmes en la fe, amando, orando sin cesar, profundizando en la fe (…) Abridle las puertas a Cristo”, y terminó su trabajo con esta frase: El amor a la Iglesia se manifiesta siendo muy fieles a su magisterio, que nos llega a través del Papa.

           Afán apostólico

Cuando tenía siete años, Alexia comenzó a asistir a un Club de actividades extraescolares. Ella eligió las clases de cocina y las de sevillanas que llegó a bailar con mucha gracia. Además, en el Club había actividades formativas. Alexia animaba a sus amigas a ir al Club, pues a pesar de sus pocos años, se daba cuenta de lo bien que les venían a las niñas las clases de catecismo y las charlas de formación cristiana que recibían. Se las ingeniaba siempre para, a la salida del colegio, presentar a su madre las madres de otras niñas, para que les hablara del Club.

Desde pequeña fue tremendamente apostólica, nunca iba sola, siempre llevaba amigas y compañeras. Pero no todas eran constantes en la asistencia. Esto la desazonó un poco, y desahogándose con su madre, le dijo: Mamá, eso del apostolado es bastante difícil. Ya ves, llevo a un montón de niñas, pero luego se quedan solamente unas pocas. Ante este comentario que quizás podía reflejar un poco de desánimo, su madre procuró animarla: Eso suele ocurrir, pero no debe desanimarnos. Invitamos a las amigas porque las queremos y deseamos para ellas lo mejor, y lo mejor es, por supuesto, una buena formación y acercarlas a Dios. Rezamos por ellas, ofrecemos algún sacrificio; si después de poner todos los medios se apartan, no debe inquietarnos, sino que hemos de mantener con ellas una sincera amistad.

En el mes de junio de 1985, al final del curso, estando en una silla de ruedas y completamente calva a causa de la quimioterapia, fue al colegio para despedirse de sus compañeras sin importarle nada su deteriorado aspecto. Llevó un precioso ramo de flores, que dejó en la Capilla, y una espléndida caja de bombones para la clase. Comentó a sus compañeras que rezaría por ellas para que aprobasen el curso. Cuando ya se iba, su madre le recordó: ¿No tenías algo que decirle a tus compañeras?. Ella, un poco azorada, le respondió: Dilo tú. Y entonces la madre dijo a las compañeras de su hija: Alexia quiere que sepáis que reza mucho por vosotras, siempre. Especialmente pide para que viváis en gracia todos los días de vuestra vida.

Amiga de verdad

          He sido amiga de Alexia desde los cuatro años, cuando empezamos como párvulas a ir al Colegio de Jesús Maestro. Hemos estado juntas hasta que ella enfermó -cuenta una amiga-. La recuerdo siempre de muy buen humor, alegre, con un carácter muy igual, sin altibajos. (…) También recuerdo que me invitaba a que la acompañase a hacer la Visita al Santísimo en la Capilla del Colegio. Una de las características de Alexia era su trato agradable, su fidelidad a la amistad y su manera de vivir el compañerismo. (…) Muy generosa. Le gustaba compartir y no sólo daba lo que se le pedía, sino que lo ofrecía espontáneamente. Tenía una gran delicadeza en su trato, no le recuerdo un gesto brusco, una palabra airada o un enfado y mucho menos expresiones de mal gusto (Irene de la Morena).

            Otra compañera de la guardería recuerda: He sido compañera de Alexia desde los cuatro años, pero fue a partir de los once cuando de verdad empezamos a ser amigas. (…) Nos hicimos muy amigas, porque además compartíamos muchas aficiones. (…) Siendo amiga suya empecé a llevarme bien con las demás compañeras, porque ella se llevaba bien con todas. Sabía ver siempre el lado positivo de cada una. (…) Basaba la amistad en la sinceridad, por eso, si algo no le parecía bien lo decía claramente. Sus observaciones, siempre acertadas, te hacían rectificar y te ayudaban a ser tú también sincera. Por eso, nunca tuvimos motivos para enfadarnos, a pesar de que a esas edades las amistades no suelen muy estables. (…) Cuando se fue a Pamplona, nos escribimos asiduamente. Días antes me fui a despedir de ella, porque me iba a la playa. A mí me daba pena pensar que mientras yo me iba de vacaciones, a ella le esperaba un verano lleno de dolores. Alexia, sin embargo, no demostró en ningún momento, no ya envidia, sino incluso ni siquiera añoranza de unas posibles vacaciones: Me pidió alegremente que al regreso le trajese un frasquito con agua de mar. (…) La última que hablé con ella por teléfono, fue dos semanas antes de entregar su alma al Señor, el 5 de diciembre de 1985. Me llamó desde Pamplona. Fue una conversación amable y entrañable. Alexia conservaba el mismo ánimo de siempre. Me siento feliz de que ella manifestase que yo era su mejor amiga. Ella también lo fue para mí. Nunca tendré otra igual. Considero un gran privilegio haber tenido una amiga santa, que ahora es -no lo dudo- mi gran intercesora en el Cielo (María Jesús López Jareño).                

            Otra de sus amigas da el siguiente testimonio: Mi primer encuentro con Alexia fue el día de nuestro Bautismo. Nos bautizaron juntas (…). Después, la cercanía de nuestras casas hizo que coincidiéramos en el mismo colegio y en la misma clase. Lo que yo puedo realmente decir de Alexia, antes de su enfermedad, es que era una niña encantadora. Lo digo de verdad: tenía una naturalidad y sencillez increíbles. Sabía estar en cada momento como debía. Cuando yo me sentía sola ella estaba siempre allí para acompañarme de forma natural y espontánea, dispuesta a hablar conmigo haciendo algún comentario positivo y animoso. De hecho, en un diario que escribo desde pequeña he dejado constancia de que entre las personas que me ayudaban, aparte de mis padres, estaba Alexia. Su educación y modales eran excelentes y todo eso unido a una gran generosidad y preocupación por los demás. Esta generosidad le llevaba no sólo a dar cuando se le pedía, sino a ofrecerlo espontáneamente. A propósito de esto, recuerdo que al día siguiente de haber estado en su casa oyendo música vino al colegio y me regaló una “cassette” con las canciones que habíamos estado escuchando porque sabía que me haría ilusión (Begoña Hernández de Aguirre).

Amor a la Virgen María

Alexia trataba a la Virgen con amor filial y con una confianza ilimitada porque sabía que era su Madre del Cielo. Ponía mucho esmero en vivir las prácticas de piedad marianas. La mejor forma de obsequiar a la Virgen es cuidando las oraciones marianas como el Rosario, el Ángelus, el Acordaos, sin olvidar el decir a lo largo del día jaculatorias, había escrito. Y en otra ocasión comentó: Yo acudo con mayor amor a la Virgen cuando tengo que hacerle una petición, porque sé que Ella es la mejor intercesora ante el Señor.

Cuenta una compañera suya: Alexia tenía una gran devoción a la Virgen que vivía especialmente en el mes de mayo. No se olvidaba nunca de llevarle flores cuando la Virgen que iba de clase en clase, se quedaba en la nuestra. (…) Rezaba el rosario con mucha devoción y siempre con el rosario en la mano (María Jesús López Jareño).

Alexia se sentía segura en los brazos de Nuestra Señora. Sabía que Ella era su refugio en los momentos difíciles, su auxilio en las circunstancias adversas, su alegría en la soledad y una luz perenne en medio de la oscuridad del dolor; por eso la invocaba con confianza y la Virgen no la defraudó nunca. Su cariño a la Madre de Dios le llevó a componer unas letanías llenas de ternura en las que, de un modo entrañable, la invoca como: Madre de los niños // Madre de todos los hombres // Reina de los hogares cristianos // Modelo de los jóvenes // Espejo de las madres // Reina de todo amor santo // Refugio en la tristeza // Auxilio en el peligro // Alegría del triste // Reina de la luz.

            Especialmente se apoyó en la Virgen durante su enfermedad. Después de una de las noches que tuvo pasar sola en la Unidad de Cuidados Intensivos comentó a su familia al ser preguntada de cómo había pasado la noche: Me metía para dentro, me ponía en los brazos de la Virgen y empezaba a rezar el Rosario, poco después me quedaba dormida. Me despertaba y preguntaba qué hora era. Me decían: las once…, las doce…; y volvía a hacer lo mismo: me ponía en los brazos de la Virgen y seguía rezando.

            En los meses últimos de su vida, estando ingresada en la Clínica Universitaria, desde su habitación contemplaba el Campus de la Universidad de Navarra, y en un primer plano la ermita de la Virgen del Amor Hermoso, que preside y protege las personas y los afanes de los que allí estudian y se forman. Alexia, dada su inmovilidad, no podía acercarse, pero con su corazón y el deseo iba a postrarse ante la imagen de Nuestra Señora. Y cuando sus padres se acercaban a la ermita en busca de apoyo y consuelo y a ofrecer el dolor que les atenazaba, Alexia les pedía: Dadle un beso a la Virgen de mi parte.

La devoción y el cariño de Alexia a la Virgen tenían manifestaciones concretas: los sábados solía poner alguna flor ante la Virgen que preside el cuarto de estar de su casa, y en el mes de mayo colocaba en un lugar destacado una pequeña imagen que tenía en su habitación. A lo largo de su enfermedad, tuvo a su lado una estampa de la Milagrosa, y frecuentemente le dirigía miradas. Los sábados pedía a sus padres y hermanos que encargaran un ramo de flores para la Capilla del hospital o clínica en que estaban.

Sus escritos

Alexia, en su corta vida, no escribió ningún libro, pero sí dejó escritas algunas frases en los que se reflejan su intensa vida interior y su pensamiento.

A finales del año 1982, en uno de los trabajos del Colegio, cuyo tema versaba sobre la alianza que Dios hizo con Abraham y en la obediencia, llena de fe, con que él respondió, se le pedía que expusiera algún que otro ejemplo de compromiso o de alianza. Alexia escribió: La familia es una hermosa alianza. Para ella la familia entrañaba no sólo un compromiso trascendental, sino que lo califica de hermoso. Y más adelante, al definir qué es una alianza, dejó escrito: Una alianza es un pacto libre hecho entre personas que pretenden vivir con amor y fidelidad. Bien se puede decir que Alexia hizo un pacto de amor con Dios y lo cumplió, libre y entregadamente, hasta sus últimas consecuencias.

El trabajo que realizó finaliza con una oración compuesta por ella misma: Señor, te doy gracias por la alianza // que has hecho con nosotros. // Señor, auméntanos la fe, haznos obedientes // como Abraham para cumplir siempre tu voluntad. // Haz, Señor, que siempre seamos fieles // a nuestro compromiso contigo.

En otra ocasión, en un ejercicio de la asignatura de religión, le pidieron que compusiera una oración. La empezó con una frase muy parecida a la que repetía desde niña. La oración completa dice: Haz Señor que sigamos siempre tus mandatos, // y que estemos siempre atentos a tu palabra, // que sepamos darte gracias por el don de la vida, // por todo lo bello del mundo, // que sepamos llevar tu amor a los demás amando // nosotros más cada día.

La oración está redactada en plural como si quisiese extender su deseo a todo el mundo. Junto a ese deseo, la petición de que cumplamos su voluntad; es decir, que sigamos sus mandatos. Para esto es necesario estar atentos a su palabra, pues sólo así podremos descubrir lo que Dios quiere de cada uno de nosotros. Sigue una acción de gracias por todos los dones con que el Señor nos colma: la vida y tantas cosas buenas y bellas que nos rodean. Termina con un deseo de acercar las almas a Dios, y condición indispensable para este apostolado es que amemos cada día más a los que nos rodean y les hagamos partícipes de lo más importante que hay en nuestra vida: el amor de Dios.

También nos ha dejado otra oración. En ella se dirige a Jesús diciendo: Tú que nos amaste hasta el fin, que llegaste a morir por nosotros, ayúdanos a todos los miembros de tu Iglesia a vivir el Amor, a querernos como Tú nos has querido. Enséñanos a perdonar y a compartir todo como hermanos. Amén. En esta oración se refleja cómo entendía la caridad, el precepto divino “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

Hay otra oración suya, escrita un año antes de enfermar, llena de amor de Dios y de humildad. Dice así: Señor nuestro, te suplico me perdones mis pecados y mis faltas; porque yo me arrepiento y te prometo que, con tu ayuda, no volveré a pecar más. Necesito tu amor y comprensión. Dios mío, ayúdame. Sin Ti nada puedo. Ayúdame para que pueda serte fiel siempre, siempre, siempre. Amén.

En un trabajo escolar sobre el espíritu de servicio y la importancia de darse a los demás, escribió: Servir es vivir la alegría. Se ama la vida cuanto más nos damos a Dios y a los demás. Servir es estrenar la esperanza todos los días. Dios ama a quien da con alegría. Para Alexia, servir era un motivo de alegría; por eso saca como consecuencia que darse a Dios y ayudar a los demás es la mejor forma de crecer en el amor y de ese modo dar sentido a nuestra vida. Entendió que ayudar a los que la rodeaban era estrenar la esperanza de que, con cariño y espíritu de entrega, los lazos familiares y de amistad se harían cada vez más fuertes.

Sobre el trabajo dejó escrito lo siguiente: El trabajo debe ser una manera de alabar a Dios, no una carga y una obligación hecha de mala gana. El trabajo nos honra. Alexia sabía que el trabajo requiere esfuerzo y da ocasión de ejercer una serie de virtudes. Además, hecho por amor de Dios es materia de santificación. Para ella, su trabajo era principalmente el estudio y realizar sus tareas escolares, aunque no por eso dejaba de ayudar en casa. Como era muy organizada, tenía un horario fijo para estudiar en casa, por eso disponía de tiempo libre para oír música, dibujar y leer, que eran sus aficiones favoritas.

Sólo con una fe profundamente arraigada y amorosamente vivida Alexia pudo sobrellevar tanto dolor y tantas limitaciones como sufrió durante su enfermedad. Fue la suya una fe sin fisuras, cimentada en la filiación divina. Una fe que la alimentaba con la frecuencia de los Sacramentos y el trato íntimo con Jesús en la oración. A propósito de la fe dejó escrito: La gente, cuando niega a Dios, lo hace no por convencimiento, sino por comodidad. No está dispuesta a asumir sus compromisos con la Ley de Dios y prefiere prescindir de Él. Con frecuencia, cuando una persona dice que no tiene fe, lo más seguro es que tenga un problema moral y que, al faltarle el valor para rectificar, dice que no cree en Dios. Veía con claridad que la fe requiere humildad para aceptar sus misterios, acatamiento a la Ley de Dios y obediencia al Magisterio de la Iglesia.

Para ella no había conflicto entre fe y ciencia. En sus escritos aparece: Aceptando la ciencia, la fe nos dice que Dios está presente en la evolución, y que en todo lo creado se halla amorosamente el espíritu de Dios. Para nosotros, los creyentes, los avances de la ciencia en evolución son signos de la presencia y el amor de Dios.

Sobre el trato que debe existir entre cualquier cristiano y su Creador, ese Dios amantísimo que no sólo nos ha creado y nos sostiene en la vida, sino que en un acto de Amor extraordinario nos ha hecho hijos suyos por el Bautismo, escribió: El culto a Dios debe ser de amor filial porque es nuestro Padre; un culto de reverencia, porque es nuestro Dios y un culto constante, porque Él está dentro de nosotros en nuestra alma en gracia. Ponía en primer lugar el amor filial, porque ella se sentía muy hija de Dios. Habla después del culto de reverencia que se le debe como Dios y Señor nuestro. Ese culto, para ella, debe ser constante por la certeza que tiene de que Dios habita en su alma en gracia. La sencilla rotundidad con que lo expresa es prueba del grado de intimidad que tenía con Dios.

Porque se sabía hija de Dios, Alexia se sentía también fiel hija de la Iglesia. Según consta, pedía diariamente en la acción de gracias de la comunión: Por el Papa, por la Iglesia, por los Cardenales, Obispos y sacerdotes. Y a propósito de la Iglesia, escribió: El amor que debemos tener a la Iglesia se manifiesta siendo muy fieles a su Magisterio, que nos llega a través del Papa y de los Obispos, y también cuando la defendemos de quienes la atacan, dando con ello testimonio de nuestra fe cristiana.

Sarcoma de Ewing

A principios de 1985 irrumpe de modo inesperado y cruel en la vida de Alexia la enfermedad, en forma de tumor canceroso en las vértebras cervicales que en poco tiempo la deja completamente paralítica. El sarcoma de Ewing es una enfermedad dura, un auténtico calvario de sufrimientos, pero Alexia supo aceptarla plenamente identificada con la voluntad de Dios. No protestó ni se rebeló. Por el contrario, ofreció desde el primer momento, con serenidad y alegría, los fuertes dolores y las limitaciones de la enfermedad, así como las cuatro delicadas operaciones quirúrgicas que padeció.

Era positiva y animosa -escribió de Alexia una amiga suya-. Si yo me quejaba por pequeñas cosas, ella después de escucharme solía decirme: “Se te pasará enseguida, ya verás como no es nada”. Y eso mismo nos hacía creer cuando estaba enferma: que lo suyo no era nada. Parecía darle tan poca importancia, que incluso decía que más que una enfermedad, lo suyo era un problema. La visité en los tres hospitales en que estuvo en Madrid y también en su casa, y al preguntarle que tal se encontraba, contestaba siempre: “Bien, mucho mejor, gracias”. No se sentía violenta por estar paralítica y sin pelo. Alexia además de fuerte, era muy paciente. Parecía haber hecho suya la máxima de Santa Teresa: “La paciencia todo lo alcanza” (María Jesús López Jareño).

En la enfermedad se manifestó de forma nítida la fe de Alexia, donde demostró lo que había cultivado durante sus anteriores catorce años. Sabía que la enfermedad era un tesoro que tenía en sus manos y procuró aprovecharlo al máximo. Tuvo un auténtico espíritu de inmolación cuyo reflejo exterior era una cara agradable, serena y sosegada. La razón que explica cómo pudo sufrir las abundantes molestias, limitaciones e incomodidades que le imponía su situación con paz, buen humor y alegría: una unión estrecha con Jesús, a quien amaba y se sometía tiernamente, y a quien gustosamente se ofrecía para colaborar en la tarea redentora. Siempre ofrecía sus sufrimientos, que nunca exageraba y que a menudo trataba de ocultar. Por eso, nunca se la vio triste ni abatida.

He aquí el testimonio de una enfermera: Tengo que decir que en el tiempo que llevo trabajando no he visto una caso igual en lo que se refiere a la aceptación del dolor. Dado el cuadro patológico de Alexia, es indudable que debía sentir mucho dolor, debido a las largas curas que se le hacían, a las constantes inyecciones que había que ponerle, etc. Sin embargo, en estas situaciones nunca la vi quejarse ni protestar, lo pasaba muy mal y, no obstante, sonreía. Debido al deterioro de sus venas, los pinchazos resultaban extremadamente dolorosos, y en más de una ocasión tuve la sensación de que la estaba “acribillando”. (…) En esas situaciones, Alexia se mostraba siempre serena, tranquila, incluso sonriente, aunque yo sabía que cada pinchazo le tenía que resultar muy doloroso (Celia Roncal).

Alexia vivió su enfermedad heroicamente, con absoluto sentido sobrenatural, rezando, ofreciendo y apoyándose en Dios en todo momento; por eso nunca hubo en ella queja ni amargura y sí, en cambio, una paz y serenidad infinitas.

Preocupación por los demás

Todas las personas -médicos, capellanes, enfermeras- que la trataron en los últimos meses de vida, destacan, además de su aceptación serena del dolor, su constante preocupación por los demás: niños ingresados, enfermeras, etc. Alexia era muy delicada y afable, creo que se preocupaba más de nosotros que de sí. Nunca atraía la atención hacia ella, escribió una doctora que la atendió.

             Se interesaba vivamente por la marcha del proceso de los niños enfermos en la Planta -testimonia una enfermera-. Prueba de ello es que así se lo cuenta en la carta que escribió a sus amigas de Madrid. Se acordaba del santo de cada una de las personas que la trataban, por razón de su trabajo, en la Clínica, conocía perfectamente sus nombres y para todos tenía un detalle: les felicitaba y les entregaba un regalo. El día de la Virgen del Carmen, santo de varias personas, entregó a cada una un pañuelo. Pero quiero señalar que el recuerdo era absolutamente para todos. En general, los pacientes suelen ser agradecidos con los médicos y enfermeras, por tener con ellos un trato más directo. Pero Alexia tenía un detalle para todos, incluidas las auxiliares, las señoras de la limpieza, etc. (Natividad Iribarren).

Pasando por alto sus casi constantes dolores, Alexia derramaba cariño de modo heroico sobre todos, especialmente en los niños enfermos. Cuando no estaba destrozada por los efectos de la quimioterapia a su habitación acudían los niños ingresados buscando su dulce sonrisa, pues lo que cautivaba de ella era el amor -chispa del amor de Dios- que sabía transmitir con una ternura y una fuerza inusitada. En otras ocasiones, si podía, era ella la que iba a sus habitaciones para visitarles. Con todos tenía siempre algún detalle: una caramelo, un bombón, etc.

Ya en los últimos días, una enfermera que estaba embarazada de su primer hijo le hacía las curas, que a veces realizaba agachándose o poniéndose de rodillas. Alexia se preocupaba por si esa postura quizás podía afectar al embarazo. Y antes de morir encargó a su madre un regalo para entregar a la enfermera cuando naciese su hijo.

En otra ocasión, una amiga le pidió que rezase por una prima suya diabética que había perdido un niño el año anterior y estaba de nuevo embarazada. No olvidó el encargo, al contrario, la incluyó en su lista de peticiones.

Muerte

Yo ya quiero irme al Cielo, dijo Alexia a su madre un mes antes de su muerte. Era una forma delicada de hacerla partícipe de lo que ya presentía inminente y, sobre todo, de lo que su corazón anhelaba: encontrarse con Dios.

Alexia no hablaba nunca de muerte, sino de irse al Cielo porque para ella su tránsito era alcanzar la Vida. Deseaba llegar a su morada definitiva y era consciente de que se encontraba en la recta final de su camino. En la última carta a sus amigas, al decir ahora sólo queda la recta final que, aunque es muy dura, es la recta final, podría entenderse que se refería al fin de sus padecimientos, pero ella aludía, sin duda, al camino del Cielo, a la meta definitiva, donde la estaría esperando ese Jesús que ella afirmaba haber querido siempre.

Había cumplido ya su tarea en esta vida y recorrido la senda del dolor que el Señor le había marcado. Nada la retenía ya en la tierra, ni el amor a los suyos, a los que tanto quería y a los que animaba a estar alegres porque ella se iba al Cielo. Alexia confiaba en la misericordia de Dios; en que el Señor la estaba aguardando para darle el denario que se había ganado por haber soportado con alegría el peso del día y del calor (Mt 20, 11). También ella, como San Pablo cuando escribió su segunda carta a Timoteo, había combatido el buen combate, estaba terminando la dura carrera que había recorrido con una fe sin fisuras y un amor sin límites. Su deseo era irse al Cielo sin demora, donde encontraría a su Padre Dios con sus brazos amorosos abiertos para recibirla.

Sus últimos meses fueron de gran dureza respecto al rigor de los tratamientos: cirugías, postoperatorios, sondas, rehabilitación, movilización pasiva de miembros dolorosos, úlceras de decúbito, infecciones interrecurrentes, problemas de nutrición y un largo etcétera que supusieron un importante dolor físico. En noviembre, la enfermedad penetra en el cerebro dando lugar a unas intensas cefaleas. El 30 de noviembre se confesó por última vez. A media mañana, los médicos comunicaron a sus padres que se le había detectado una metástasis en las meninges y que ese tumor acabaría con su vida en breve tiempo. Tras unos días de gran dolor, entregó su alma a Dios el 5 de diciembre.

En los últimos momentos -ya sabe que Dios viene a buscarla pronto-, cuando su madre le pregunta: ¿Eres feliz?, responde: Sí, ¡muy feliz! De verdad, de verdad, ¡muy feliz! Y sus dos últimas palabras dichas una y otra vez: más y sí. Más para que le siguieran hablando de Dios y para asentir a lo que había sido su frase, repetida constantemente desde muy niña: Jesús, que yo haga siempre lo que Tú quieras.

Tuve ocasión de asistir a sus últimos momentos -cuenta una de las enfermeras de la Clínica Universitaria de Navarra-. Con otra enfermera y su madre, la amortajamos. Recuerdo que tenía la espalda llena de moratones, como si hubiese sido cruelmente golpeada. Las largas cicatrices en el cuello, las huellas dejadas por el tornillo del aro metálico y los últimos pinchazos en las manos para extraerle sangre hacían de Alexia un retrato semejante a un Crucificado (Carmen López de la Fuente).

Al día siguiente de su muerte, los restos mortales de Alexia reciben cristiana sepultura en el cementerio de Aravaca. Antes de su entierro, pasaron por delante del Colegio, para que ella se despidiera. Avisadas sus compañeras de clase, bajaron hasta la barandilla y, muy emocionadas, en voz alta rezaron una avemaría. Todas contemplaron atónitas el féretro que contenía el cuerpo de su compañera y amiga. Las lágrimas no pudieron ser contenidas. En medio del silencio, una voz emocionada se oyó: ¡Adiós, Alexia!

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