Homilía del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Fidelidad al amor divino. Vengo a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña. La viña era la imagen de la esposa. El amigo la entrecavó, la decantó y plantó buenas cepas; construyó en medio una atalaya y cavó un lagar. Pero la viña le decepcionó y en vez de dar fruto apetitoso, dio agrazones. La esposa había sido infiel, había defraudado la confianza y la esperanza, el amor que había esperado el amigo. Para el profeta, Dios es el amigo, y la viña, la esposa, es Israel.

También se puede referir la viña al alma de cada cristiano. Ésta, cuidada amorosamente por Dios, regada con las aguas bautismales y abonada con la gracia, debería dar abundantes frutos de santidad. Y sin embargo, ¿en cuántas ocasiones da agrazones en vez de uva? Reflexionemos. Al amor ya conocido de Dios no se puede responder de otro modo que con amor. La fe es en cierto modo una declaración de amor a Dios. Amor, con amor se paga.

Recompensa del amor. El amor de Dios es un amor completamente gratuito. Él ama sin interés, sin esperar nada a cambio. Pero Dios es buen pagador. Yo no he dado a Dios más que amor. Él me devolverá amor, dijo santa Teresa de Lisieux poco antes de morir. Fruto de ese amor es la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Hay un Dios al que amar para toda la eternidad, pero comenzando cuanto antes, en el tiempo. El amor a Dios hay que traducirlo en amor a los hombres. Primero Dios, después los demás y el último, yo. La caridad por la que amamos a Dios y al prójimo es una misma virtud, porque la razón de amar al prójimo es precisamente Dios, y amamos a Dios cuando amamos al prójimo con caridad (Santo Tomás de Aquino).

La tentación de relegar a Dios. Agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. La parábola de los arrendatarios de la viña es plenamente actual. También hoy día se rechaza a Jesús y a su mensaje de amor. Ha escrito Benedicto XVI: Si abrimos los ojos, todo lo que se dice ¿no es una descripción de nuestro presente? ¿No es ésta la lógica de los tiempos modernos, de nuestra época? Declaramos que Dios ha muerto y, de esta manera, ¡nosotros mismos seremos dios! Por fin dejamos de ser propiedad de otro y nos convertimos en los únicos dueños de nosotros mismos y los propietarios del mundo.

Hay que denunciar el error del hombre contemporáneo y de las sociedades modernas de relegar a Dios, y de poner fin a la expresión del sentimiento religioso. La muerte de Dios en el corazón y en la vida de los hombres es la muerte del hombre. Sin Dios nada es verdadero, ni noble, ni justo, ni puro, ni amable, ni encomiable. Lo vemos en la sociedad en que vivimos: eclipse de valores morales, deterioro de la vida familiar, violencia doméstica, auge de la cultura de la muerte, jóvenes víctimas de la droga y de la pornografía, ancianos abandonados, consumismo degradante… Rechacemos la tentación de querer quitar a Dios lo que es suyo, y procuremos con nuestra vida producir frutos gratos a Dios.

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