Homilía del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Invitados al banquete eucarístico. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda. El Evangelio nos habla de un rey que quiere celebrar la boda de su hijo con un gran banquete, e invita a muchos. El deseo de Jesucristo y de la Iglesia es que los fieles se acerquen al sagrado convite, que es la Eucaristía. Por eso recomienda vivamente que comulguemos los domingos y festivos; o incluso todos los días.

Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. Permaneced en mí, y yo en vosotros (Jn 15, 4). ¿No es quizás éste el mayor anhelo del cristiano? Cristo se nos da en la Hostia Santa para “saciarnos” de Dios en esta tierra, a la espera de la plena satisfacción en el Cielo. Bien lo expresó el Santo Cura de Ars con estas palabras: Cuando se comulga, se siente algo extraordinario… un gozo… una suavidad… un bienestar que corre por todo el cuerpo… y lo conmueve. No podemos menos de decir con San Juan: ¡Es el Señor!… ¡Oh Dios mío! ¡Qué alegría para un cristiano, cuando al levantarse de la sagrada Mesa se lleva consigo todo el cielo en el corazón.

El traje de fiesta. Cuando el rey entró a saludar a los comensales reparó en uno que no llevaba traje de fiesta. El vestido para participar en el banquete eucarístico es estar en gracia de Dios; es decir, no tener en el alma ningún pecado grave, mortal. El que recibe la comunión en estado de pecado, sin la debida gracia, comete un pecado muy grave, llamado sacrilegio. Y así como nada aprovecha a un cadáver el mejor de los alimentos, así tampoco aprovecha la Comunión al alma que está muerta a la vida de la gracia por el pecado mortal.

San Pablo escribió palabras muy fuertes, que es bueno citar con frecuencia para que nadie se acerque a comulgar con el alma manchada por pecados graves: Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. (…) El que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación (1 Co 11, 27.29). Por eso, si se tiene algún pecado mortal es necesario acudir al sacramento de la Penitencia (confesarse) antes de comulgar.

Invitación de Dios. La invitación a esta fiesta también prefigura al deseo divino de la salvación de los hombres. Dios llama a todos al banquete, que es el Reino de los Cielos. Fueron avisados los convidados: Venid a la boda. Los convidados no hicieron caso. El rechazo a la invitación por parte de muchos es tan grave que merece un castigo definitivo. Ante la llamada de Dios a la aceptación de la fe y de sus consecuencias, a la conversión, no hay intereses humanos que se puedan oponer razonablemente. No admite excusas.

Hoy día hay que recordarles a muchos que Dios nos ha creado para el banquete celestial, que es desatino ocuparse de las cuestiones temporales olvidándose de los asuntos de su alma; ya que la riqueza de esta vida, comparada con la felicidad eterna, no es nada.

 

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