Homilía de la Solemnidad de Todos los Santos

Día de alegría y esperanza. La Iglesia es Madre y Maestra, y hoy quiere que contemplemos el maravilloso misterio de la Comunión de los Santos, celebrando a todos aquellos que alcanzaron la meta de la santidad, y están en el Cielo viendo a Dios cara a cara. Los que aún peregrinamos por esta tierra no estamos solos; estamos rodeados por una gran nube de testigos, de santos: con ellos formamos el Cuerpo místico de Cristo, con ellos somos hijos de Dios, con ellos hemos sido santificados por el Espíritu Santo.

Es día de alegría y exultación. La liturgia nos invita a compartir el gozo celestial de los santos, a gustar su alegría. Es también día de esperanza. El glorioso ejército de los santos intercede por nosotros ante el Señor; nos acompaña en nuestro camino hacia el lugar que nos tiene preparado Dios, hacia el Reino de los cielos. Además, nos estimula a mantener nuestra mirada fija en Jesús, nuestro Señor y Redentor, que vendrá al final de los tiempos en la gloria en medio de sus santos.

Madre de santos. La fiesta de Todos los Santos manifiesta la belleza de la Iglesia. Ella, esposa inmaculada de Cristo, es madre de los santos, fuente y modelo de santidad. Ciertamente, también tiene hijos díscolos e incluso rebeldes, pero es en los santos donde reconoce sus rasgos característicos, y precisamente en ellos encuentra su alegría más profunda.

Fijémonos en los santos. En primer lugar, en su número. San Juan, en el Apocalipsis, los describe como una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua. En esa muchedumbre están los santos del Antiguo Testamento. También los santos que aparecen en el Nuevo Testamento. Y además, todos los santos de toda la historia de la Iglesia. Ellos son un argumento vivo en favor del camino que conduce al reino de los cielos. Son hombres, como cada uno de nosotros, que han recorrido este camino en el curso de vida terrena, y que han llegado. Hombres que construían su propia vida sobre la roca; sobre la roca, no sobre arena movediza. ¿Cuál es esta roca? Es la voluntad del Padre, que se manifiesta en la alianza antigua y nueva, en los mandamientos del Decálogo y en todo el Evangelio.

Afán de santidad. En esta solemnidad, al contemplar el luminoso ejemplo de los santos, surge en cada uno de nosotros el deseo de ser como ellos, felices por vivir cerca de Dios, en su luz, en la gran familia de los amigos de Dios, el deseo inmenso de alcanzar la santidad.

Pero, ¿cómo podemos llegar a ser santos, amigos de Dios? A esta pregunta se puede responder ante todo de forma negativa: para ser santos no es preciso realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. Luego viene la respuesta positiva: es necesario, ante todo, escuchar a Jesús y seguirlo sin desalentarse ante las dificultades. “Si alguno me quiere servir -nos exhorta-, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará” (Jn 12, 26) (Benedicto XVI).

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