Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Con las lámparas encendidas. Llegaron más tarde las otras vírgenes, diciendo: Señor, señor, ábrenos. Pero él respondió: En verdad os dijo que no os conozco. Velad, pues que no sabéis el día ni la hora. La parábola que hemos leído es un ejemplo de la llamada a estar vigilantes. El Señor nos puede llamar en cualquier momento y siempre debemos estar preparados para salir a su encuentro, para entrar con él a las bodas. Las vírgenes prudentes tomaron aceite en las alcuzas juntamente con sus lámparas. Las otras cinco, -las necias- también eran vírgenes, pero al tomar las lámparas, no tomaron consigo aceite. Ese pequeño descuido hizo que fueran rechazadas.

El cuidado amoroso de las cosas pequeñas es camino que conduce a Dios. El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho; y el que en lo poco es infiel, también es infiel en lo mucho (Lc 16, 10). Atentos, pues, a las cosas pequeñas, especialmente a las que se refieren a la vida de piedad. El Señor no es indiferente a un amor que sabe estar en los detalles.

Cosas pequeñas en la piedad. Cuidemos la urbanidad de la piedad, por ejemplo, haciendo bien las genuflexiones, rezando jaculatorias, guardando silencio en la iglesia, vistiendo con la ropa adecuada cuando asistimos a la Eucaristía, adoptando la postura correcta en las diversas partes de la Misa, prestando atención a las oraciones vocales… Alguien puede decir que son pequeñeces, sí, pero es el aceite, aquel aceite que no tomaron las vírgenes necias.

Es significativa la siguiente anécdota de Juan Pablo II. Siendo niño, la primera vez que ayudó a Misa se distrajo. Su padre se dio cuenta, y al salir de la iglesia le comentó: Hijo mío, has estado distraído todo el tiempo, mirando de un lado para otro. ¿Es que no te has encomendado al Espíritu Santo antes de empezar la Misa? Aquella advertencia paterna, llena de cariño, no la olvidaría nunca durante toda su vida Karol Wojtyla.

Santidad en lo pequeño. Escribió Albino Luciani, que más tarde llegaría a ser Papa -Juan Pablo I-: Un día me preguntaron ‑son curiosas estas almas piadosas‑: -“Usted, ¿qué Virgen prefiere? ¿La del Carmen? Porque mire, yo soy muy devota de la Virgen del Carmen”. Es gente campechana, y le respondí: -“Si usted me lo permite le aconsejo la Virgen de los pucheros, los platos y las sopas”. Mirad que la Virgen se hizo santa sin tener visiones ni éxtasis, se hizo santa con estas pequeñas cosas. Lavaba los platos, preparaba la sopa, pelaba patatas y cosas por el estilo.

La vida es un conjunto de cosas pequeñas, de pequeños deberes. Y la santidad se alcanza en el heroísmo en la vida ordinaria, en lo pequeño. Son las cosas pequeñas hechas por amor, las que perfeccionan a un alma. ¿Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? ‑Un ladrillo, y otro. Miles. Pero, uno a uno. ‑Y sacos de cemento, uno a uno. Y sillares, que suponen poco, ante la mole del conjunto. ‑Y trozos de hierro. ‑Y obreros que trabajan, día a día, las mismas horas… ¿Viste  cómo  alzaron  aquel edificio de grandeza  imponente? … ‑¡A fuerza de cosas pequeñas! (San Josemaría Escrivá).

 

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