Homilía del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Parábola de los talentos. Un hombre, al emprender un viaje llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. A cada uno le dio una cantidad para que la administrara; a uno cinco talentos; a otro, dos; y a otro, sólo uno; a cada uno según su capacidad. Y se marchó inmediatamente. Los servidores no sabían lo que podría durar la ausencia: unos meses o quizá varios años. De igual manera, cada uno de nosotros, que hemos recibido talentos de Dios, no sabemos el tiempo que disponemos de vida. Cada vez menos, eso sí que es cierto.

El que había recibido cinco talentos negoció con ellos y consiguió ganar otros cinco. Del mismo, el que había recibido dos ganó otros dos. En esta parábola el Señor nos enseña principalmente la necesidad de corresponder a la gracia de una manera esforzada, exigente y constante durante toda la vida. Hacer rendir los talentos. Lo importante no es el número, sino la generosidad para hacerlos fructificar.

Rendir cuentas. El que había recibido uno fue, cavó en la tierra y escondió el dinero de su señor, y se quedó tranquilamente en su casa, sin hacer nada para hacer fructificar el talento recibido. Pasado algún tiempo, volvió aquel hombre de su viaje y pidió cuenta a sus servidores. No olvidemos nunca que también nosotros rendiremos cuenta a Dios. Que podamos decir: Señor, cinco talentos me entregaste, he aquí otros cinco que he ganado. Le respondió su amo: Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor. Y le abrazó. Idéntico premio mereció el segundo criado, el que había recibido dos talentos.

Cristo Jesús nos pide que negociemos con los talentos recibidos, que ocupemos los días en hacer el bien, en sembrar paz y alegría a nuestro alrededor, en difundir el mensaje evangélico, en poner amor de Dios en el trabajo que realizamos, en dedicar tiempo a las obras de misericordia, en santificar los deberes de nuestro estado… El tiempo pasa, como pasó para aquellos servidores de la parábola.

Aprovechar el tiempo. Sí, también para el siervo malo pasó el tiempo. Pero sus días estaban vacíos de buenas obras, su vida carecía de sentido. Demasiada pereza. Cuando se presentó a su señor, tuvo que oír aquellas palabras duras, de reprobación: Eres un empleado negligente y holgazán, y el castigo merecido: Echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto  y el rechinar de dientes.

Demos gracias a Dios por los talentos recibidos, y trabajemos con ellos para ofrecer al Señor los frutos que hayamos conseguido. Él siempre es buen pagador. Entre los talentos, está el tiempo. Tú no puedes hacer que el día se detenga. Pero lo que sí puedes hacer es aprovecharlo y no perderlo (Proverbio latino). Muy ilustrativa es la siguiente anécdota: Una vez vieron a san Francisco de Asís pasar cargado con un saco lleno de piedras. Y uno del pueblo, de nombre Fabiello, le gritó: ¡Eh, Francisco! ¿Me vendes un poco tu sudor? Y ésta fue la respuesta de san Francisco: Lo siento, Fabiello, pero ya lo he vendido todo al Señor a un precio más elevado que el que tú puedas pagar…

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