Homilía del Domingo I de Adviento (Ciclo B)

La luz de la esperanza. Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él. Después del primer pecado, el de Adán y Eva, el mundo fue inundado de pecados. En la 1ª lectura, el profeta Isaías se refiere a la condición pecadora del hombre, a la humanidad que parece perdida y dominada por el poder del mal, pero ruega a Dios que muestre su misericordia, recordándole tú eres nuestro padre. Cuando Satanás creyó que triunfaba sobre el hombre, brilló con todo su esplendor la luz de la esperanza.

En el mismo Paraíso se manifestó ya la misericordia de Dios, su amor por el hombre, que le lleva al perdón. Dios no abandonó al hombre al poder de la muerte, antes al contrario, le anunció de modo misterioso que el mal sería vencido y el hombre levantado de la caída. Dios anuncia la victoria final del hombre en su lucha contra Satanás. Se trata del primer anuncio del Mesías Redentor. El desarrollo histórico de la realización de esta promesa es lo que constituye el mensaje de salvación contenido en los libros de la Sagrada Escritura.

El mensaje de Adviento. No carecéis de ningún don, vosotros que esperáis la manifestación de Nuestro Señor Jesucristo. Comienza hoy el Adviento, tiempo de espera. El Señor está cerca, repite la liturgia con acentos cada vez más vibrantes y apasionados. Pero, ¿por qué viene el Señor? Porque Dios ama a su criatura, el hombre; lo ama también después de su caída y no lo abandona a sí mismo. Lleva su amor hasta el extremo: se desprende de su gloria divina y se viste con ropa de esclavo.

Grande fue la ingratitud de los hombres, creados por Dios con especial amor. No sólo no le reconocieron como su Creador y Señor, sino que desde el primer momento pretendieron ponerse en su lugar, rebelándose contra Él. Pero el amor de Dios no se apagó, un amor que se revela como capaz de una paciencia infinita. Y por eso viene el Señor. Viene a causa del pecado; para quitar el pecado. El Adviento de cada año nos recuerda que la gracia es más fuerte que el pecado.

La gracia de la perseverancia. En el evangelio, san Marcos recoge el consejo que da Jesús a sus discípulos: Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. A lo largo de toda la historia de la humanidad, Dios sigue derramando gracias sobre sus criaturas. Él os mantendrá firmes hasta el final. Le pedimos al Señor la gracia de la perseverancia final, que caminemos siempre en su amor y en su misericordia.

Sabemos que la naturaleza humana está herida, que existe el fomes peccati, la inclinación al mal. El “combate” contra las fuerzas del mal, es un combate espiritual, que se libra contra el pecado y, en último término, contra Satanás. Es un combate que implica a toda la persona y exige una atenta y constante vigilancia (Benedicto XVI). Estemos, pues, vigilantes, evitando todo pecado y ocasión de pecar. Y, si en alguna vez se cae en la tentación, hay que acudir pronto al sacramento de la Penitencia para confesar el pecado cometido.

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