Homilía de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Un especial distintivo. “Concebirás en tu vientre y darás a luz a un hijo” (…). Y dijo María al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?” Con estas palabras, María expresa su propósito de permanecer virgen. San Gabriel respondió a su pregunta: Para Dios no hay nada imposible. Entre todas las virtudes con que fue adornada Santa María por el Creador, la de la virginidad es especialmente singular. La singularidad consiste en haber juntado Dios en Ella de una manera prodigiosa la Maternidad más fecunda con su perpetua Virginidad.

Celebramos hoy la Inmaculada Concepción. En España, varios siglos antes de la definición dogmática, corporaciones, universidades, gremios, ciudades, cofradías e instituciones, se comprometieron defender el misterio inmaculista, e impulsar la devoción a la Limpia y Pura Concepción de la Madre de Dios. Pertenecéis a una tierra que supo defender siempre con la fe, con la ciencia y la piedad las glorias de María: desde su concepción inmaculada hasta su gloriosa asunción en cuerpo y alma a los cielos, pasando por su perpetua virginidad. No olvidéis este rasgo vuestro. Mientras sea éste vuestro distintivo, estáis en buenas manos. No habéis de temer (Juan Pablo II).

La virtud de la pureza. Santa María es Tota Pulchra, y le pedimos, con confianza filial, la limpieza de nuestros corazones, la inocencia de los niños, la pureza de los jóvenes, y el amor siempre fiel de los esposos, abierto a la transmisión de la vida. Las circunstancias actuales son adversas para vivir la virtud de la pureza, la castidad (ambiente permisivo y claramente agresivo, generalización del clima de sensualidad, programas corruptores en bastantes medios audiovisuales y de comunicación, modas dañinas para el pudor…). Pero con la ayuda de la Purísima siempre es posible mantener la pureza de corazón.

En nuestros días se habla mucho de ecología, de la purificación del ambiente físico, de los peligros de la contaminación, de las temidas mareas negras… Pero pocos son los que se preocupan de una ecología moral, donde el hombre pueda vivir como hombre y como hijo de Dios. Por eso, sin respetos humanos ni miedo al que dirán, pero con claridad y caridad, queremos decirles a nuestros coetáneos que la castidad protege al amor humano y señala el camino recto para que el individuo coopere libremente en el plan de la creación, usando de la facultad de engendrar que ha recibido de Dios.

Ideas claras. El amor entre hombre y mujer, entre chico y chica, es respeto al otro en su cuerpo, en su corazón, en su libertad; es recibirlo con admiración, como un don de Dios; es amarlo de forma diferente, con la intención de hacerlo todo para que sea feliz y mejor: es unirse para crear una familia (Juan Pablo II).

Vivir la pureza es posible. Esta virtud exige poner los medios para evitar las ocasiones de pecado. Si las circunstancias son adversas, existe un deber todavía más grave de mantenerse vigilantes para no ser salpicados por la sucia ola de sensualidad. También es preciso adquirir una conciencia recta y delicada, que sepa corregir en su raíz las posibles desviaciones.

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