Homilía del Domingo III de Adviento (Ciclo B)

Testimonio de la Luz. Me ha enviado para dar la buena noticia. Antes de la venida del Mesías, surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste da testimonio de la luz. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia (Benedicto XVI). El Precursor no era la luz, pero refleja la luz verdadera, que ilumina a todo hombre (Jn 1, 9). Podemos decir que Juan era la luz de la esperanza. Con su palabra orienta a todos los que le escuchan al Mesías, e invita a todos los hombres a abrazar la fe en Jesús, la Luz verdadera.

La vida del hombre es como un viaje por el mar de este mundo, lleno de dificultades. A veces, el camino que se debe recorrer está oscuro, con densas nieblas, y es necesario buscar la luz, encontrar a Cristo. Para llegar hasta Él, Dios ha querido que haya luces cercanas, personas que dan luz reflejando la Luz verdadera, el Sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz (Lc 1, 78-79). Estas personas, verdaderas estrellas de nuestra vida, son los santos, que han sabido vivir en conformidad con la buena noticia del Evangelio.

Testimonio cristiano. Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso. -Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor (San Josemaría Escrivá). En nuestros días hay gente que nos dice a los cristianos: ¡Queremos ver a Jesús!  (Jn 12, 21). Pero la gente quiere ver a Jesús no sólo en las imágenes de nuestras iglesias, en los escritos y en las lecciones de nuestras escuelas, en el arte y en la doctrina católica. Quiere verlo sobre todo dentro de nosotros, en nuestra vida de cristianos, en nuestros hogares, en nuestro lugar de trabajo. Y lo verán en nosotros cuando, acercándonos a Cristo, sepamos reflejar su luz.

Seguir a Jesucristo implica muchas veces ir contra corriente, exigiéndonos un testimonio valiente en una sociedad que a menudo vive de espaldas a Dios. No temamos a los tiempos ni a las circunstancias. Temamos más bien a no ser testigos de Cristo cuando los tiempos y circunstancias lo requieran. En noviembre de 1870, santa Bernadette Soubirous decía que no tenía miedo de las tropas prusianas, sino de los malos católicos, es decir, de los que no son testigos de Cristo.

Fuego penetrante. Un hombre sacó del río una piedra y la rompió. Su interior estaba completamente seco. Esa piedra estaba en el agua, pero el agua no había penetrado en ella. Lo mismo ocurre con muchos hombres y mujeres de Europa. Hace muchos siglos que fluye entorno suyo el cristianismo, pero éste no ha penetrado, no vive dentro de ellos. El fallo no está en el cristianismo, sino en los corazones de esos cristianos.

Cada cristiano debe ser faro de luz, que ilumine la senda que todo hombre debe recorrer, pues ser cristiano significa dar testimonio de Cristo. Esto es lo que Dios quiere y lo que necesita el mundo de hoy. Para iluminar, no basta ser honrados, sino que hay que estar encendidos en el amor a Cristo, un amor que es fuego, que penetra en el corazón de los hombres.

 

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