Homilía del Domingo IV de Adviento (ciclo B)

Promesa divina. El plan primitivo de la creación fue quebrantado por la rebelión del pecado del hombre. Para su restablecimiento fue necesaria una nueva intervención de Dios que se realiza por la obra redentora de Jesucristo. Tras la caída, el hombre no fue abandonado por Dios. Al contrario, le llama y le anuncia de modo misterioso la victoria sobre el mal y le promete el levantamiento de su caída, según se narra en el Génesis, en los versículos llamados Protoevangelio, por anunciarse vez primera la Redención.

En el relato bíblico se habla del Mesías Redentor, del combate entre la serpiente y la mujer, y la victoria final de un descendiente de ésta. Cuando llega la plenitud de los tiempos, Dios cumple su promesa. Envía a su Hijo, el Redentor prometido ya desde el pecado de Adán y Eva.

Gracias, María. Hemos leído el relato de la Anunciación, el diálogo de María con el arcángel san Gabriel. Cuando María dio su consentimiento se produjo lo anunciado por el mensajero celestial: el Hijo de Dios se encarnó en las purísimas entrañas de la Virgen. La Encarnación del Verbo es el hecho más maravilloso, el misterio más entrañable de las relaciones de Dios con los hombres, de la misericordia divina, y el acontecimiento más importante y de mayor transcendencia que ha habido en la Historia de la humanidad.

La Encarnación fue posible al fiat de María. Has oído, Virgen, que concebirás y darás a luz un hijo. Has oído que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. En tus manos está el precio de nuestra salvación; si consientes, de inmediato seremos liberados. Apresúrate a dar tu consentimiento, Virgen, responde sin demora al ángel, mejor dicho, al Señor, que te ha hablado por medio del ángel.  Abre, Virgen santa, tu corazón a la fe, tus labios al consentimiento, tu seno al Creador.  Levántate por la fe, corre por el amor, abre por el consentimiento. He aquí -dice la Virgen- la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (San Bernardo). Gracias, Madre.

Gracias, Dios. Aquel día, el del anuncio del ángel, cambió la historia. Mientras que sobre la faz de la tierra, aparentemente, nada extraordinario sucedía, Dios asume la débil naturaleza humana, se hace hombre, semejante en todo a nosotros menos en el pecado, para salvarnos de la triple esclavitud (demonio, pecado y muerte) a la que estaba sometida el género humano desde el pecado de nuestros primeros padres.

Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacía falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla, ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado? (San Gregorio de Nisa). Y el Verbo se hizo carne (Jn 1, 14). Gracias, Dios.

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