Homilía de la Natividad del Señor

Dios con nosotros. Celebramos el nacimiento de nuestro Señor. Estando en Belén, María dio a luz a su hijo, y le acostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en el mesón. Dios hecho hombre nace en la humildad de un establo. Y en el portal contemplamos al Niño. Dios es tan poderoso que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso para que podamos amarle. Dios es tan bueno que puede renunciar a su esplendor divino y descender a un establo para que podamos encontrarle (Benedicto XVI). Jesús es el Emmanuel, Dios con nosotros. En la noche de Navidad, Dios se ha hecho uno de nosotros para que podamos estar con él, para que podamos llegar a ser semejantes a Él.

Las puertas de las casas de Belén se cerraron para María y José, para Dios. También hoy día hay personas que han cerrado las puertas de su corazón a Dios, y el amor misericordioso de Cristo no encuentra en ellas resquicio alguno por donde entrar. Creen que no necesitan a Dios; no lo quieren. Ojalá Jesús encuentre en nuestras almas una acogida amorosa. Abramos de par en par las puertas de nuestro corazón a Cristo, pues viene a visitarnos, quiere vivir en medio de nosotros para liberarnos de todo lo que impida nuestra verdadera felicidad. Dios viene a salvarnos.

La luz de Belén. Sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos. La humanidad, sumergida en la oscuridad del pecado, necesitaba la luz. Una luz que significa amor. Ciertamente, en el establo de Belén aparece la gran luz que el mundo espera. En aquel Niño acostado en el pesebre Dios muestra su gloria: la gloria del amor, que se da así mismo como don y se priva de toda grandeza para conducirnos por el camino del amor (Benedicto XVI). Igual que los pastores, queremos estar rodeados de la luz de Belén, de esa luz que nunca se apaga, que ilumina a los hombres en su caminar por la historia.

Que cada uno vea en el Niño ese amor grande de Dios. Que sepamos corresponder con amor. Los pastores le ofrecieron lo que tenían en aquellos momentos, con generosidad: unos quesos, unas ovejas… Preguntémosle: ¿Qué te puedo regalar, Jesús mío?

Estela de amor. Donde ha brotado la fe en aquel Niño, ha florecido también la caridad: la bondad hacia los demás, la atención solícita a los débiles y los que sufren, la gracia del perdón (Benedicto XVI). El que ha entendido la Navidad sabe que el misterio de Belén es un misterio de amor. Preguntémonos: ¿tenemos tiempo para el prójimo que tiene necesidad de nuestra palabra, de nuestro afecto? ¿Para aquél que sufre y necesita ayuda? ¿Para el inmigrante o el refugiado que busca asilo? ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios que es Amor? ¿Encuentra un lugar en nosotros o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?

Esto es lo que a Dios le interesa. Él ama a todos, porque todos son criaturas suyas. Esforcémonos en llevar la luz que brilló en la noche de Belén, luz de la paz y del amor, en lo más profundo de nuestro ser, y comunicarla a nuestros semejantes, sembrando siempre paz y alegría.

 

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