Homilía de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios


Madre de Dios. La liturgia de Navidad está centrada en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Hoy, ocho días del nacimiento de Jesús, la atención se concentra de modo especial en Santa María para contemplar su maternidad divina. En la 2ª lectura, san Pablo hace una discreta referencia a la mujer que fue la madre del Hijo de Dios: envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer. Esa mujer es María de Nazaret.

María es Madre de Dios. Ésta es una verdad profesada siempre por los cristianos. Cuando Nestorio negó a María el título de theotocos -Madre de Dios- todo el orbe cristiano reaccionó en defensa de la verdad católica, y el Concilio de Éfeso (año 431) proclamó solemnemente a María como Madre de Dios. La solemnidad de hoy celebra un misterio y un acontecimiento histórico: Jesucristo, persona divina, nació de María Virgen, la cual es, en el sentido más pleno, su madre.

 

Artífice de paz. Al iniciar un nuevo año, la Iglesia nos invita a entrar en la escuela de María, en la escuela de la fiel discípula del Señor, para aprender de ella a acoger en la fe y en la oración la salvación que Dios quiere derramar sobre los que confían en su amor misericordioso (Benedicto XVI). Además, invoca para el mundo la paz, la paz de Cristo, y lo hace a través de María, mediadora y cooperadora de Cristo.

Hemos escuchado en la 1ª lectura: El Señor te bendiga y te proteja. El Señor se fije en ti y te conceda la paz. El mensaje de Jesús es un mensaje de paz. Y el cristiano, discípulo de Cristo, debe estar comprometido a ser artífice de paz. Cuando ve en el mundo situaciones de injusticia y violencia, debe responder al odio inhumano con el poder fascinante del amor; debe vencer la enemistad con el perdón. Sólo así podrá ser constructor de la paz. Para ello necesita la ayuda de la oración y el consuelo que brota de una amistad íntima con Cristo, Príncipe de la paz.

La verdadera paz. Hay quienes confunden la paz con la mera tranquilidad exterior. Otros sólo trabajan por la salvaguardia del máximo bienestar material que puede alcanzarse con el mínimo de esfuerzo. De este modo construyen una paz ficticia, imperfecta e inestable. Contentarse con sucedáneos de paz es un grave error, que produce la más amarga de las desilusiones. Los cristianos promueven la paz, construyen la paz, poniendo las bases en el respeto de la dignidad y de los derechos de la persona humana, hecha a imagen y semejanza de Dios, y proclamando que el reconocimiento de la plena verdad de Dios es condición previa e indispensable para la consolidación de la paz.

Para que haya paz en la sociedad, es preciso que las almas gocen de paz. Nadie da lo que no tiene. Quien quiera sembrar paz, ha de permanecer muy unido a Dios, que es la fuente de la verdadera paz. La paz es anhelo de todas las personas de buena voluntad. Para los cristianos trabajar en favor de la paz es un mandato permanente. Los discípulos de Cristo tienen la misión de anunciar y testimoniar “el evangelio de la paz”. Pidamos a Santa María, Reina de la paz, su ayuda para construir la verdadera paz.

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