Homilía de la Solemnidad de la Epifanía del Señor


Fiesta de luz. Hoy en Cristo, luz de los pueblos, has revelado a los pueblos el misterio de nuestra salvación, diremos en el prefacio de la Misa de Epifanía. Celebramos la manifestación Cristo a los gentiles, representados por aquellos Magos llegados de Oriente para adorar al Niño de Belén. La luz que brilló en Navidad es como un foco de luz que, en medio de las tinieblas, guía a los hombres hacia Cristo, meta de la peregrinación de los pueblos en búsqueda de la salvación. Pero en esta fiesta de luz, hay una nota triste. Hay quienes, como Herodes, no se alegran con la noticia que traen los Magos, la del nacimiento del Mesías. Se quedan en la sombra del pecado. Es el misterio del mal: La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas (Jn 3, 19).

 

Dios es luz, en Él no hay tiniebla alguna (1 Jn 1, 5), y también Dios es amor (1 Jn 4, 8). La luz que iluminó en la noche el portal de Belén y que fue manifestada después a los pastores, aparece ahora como estrella, como verdadero manantial luminoso, a los Magos revelando el amor de Dios en la Persona del Verbo encarnado. Aquellos misteriosos personajes, guiados por la estrella, llegan a Belén y encuentran al Niño en brazos de su Madre.

Siguió caminando. Un jeque viajaba por el desierto. Llevaba mercancía de mucho valor, toda una riqueza en piedras preciosas. A consecuencia del fuego de los arenales, un camello extenuado, cayó. El arca que llevaba se rompió dejando esparcidas sobre las arenas joyas y brillantes. El príncipe, no teniendo con qué recoger aquel tesoro, dijo a los miembros de su séquito que cogiesen lo que cada uno quisiera para sí. Mientras éstos se abalanzaban en recoger las joyas, el jeque siguió adelante su camino. De pronto, escuchó los pasos de alguien que caminaba detrás de él. Se volvió y vio que era uno de sus pajes, que le seguía. Y tú, ¿no te quedas a recoger nada?, le preguntó. El joven respondió con sencillez: Yo sigo a mi rey.

Seguir a nuestro Rey, seguir a Cristo es toda una aventura, una aventura divina que llena de felicidad y de gozo. Sin la estrella, sin la luz de Belén, perdemos el norte de nuestra vida, la meta se hace inalcanzable, la vida carece de sentido.

 

La costumbre de los regalos. Hay quienes están obsesionados por los deseos de riqueza, y se quedan en el camino. No siguen la estrella, no encuentran a Cristo. Totalmente atrapados por la sociedad de consumo, están inmovilizados, son incapaces de caminar hacia Belén. Prefieren el lujo, la ostentación y el despilfarro.

Los regalos de Reyes es una costumbre que tiene sus raíces en el episodio evangélico de los dones ofrecidos por los Magos al Niño Jesús y, en su sentido más radical, en el don que Dios Padre ha concedido a la humanidad con el nacimiento de su Hijo encarnado. Es deseable que esta costumbre mantenga un carácter religioso. Esto ayudará a convertir el regalo en una expresión de piedad cristiana. Los Magos ofrecieron dones al Niño. Que cada uno piense qué le va a regalar a Jesús.

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