Historia de los Papas. ¿Quiénes fueron los antipapas? (I)

LOS ANTIPAPAS

Se da el nombre de antipapa a diversos personajes, que en distintas épocas usurparon el título y las funciones del obispo de Roma, oponiéndose al papa legítimo. O también se puede definir como antipapa el pretendiente al Papado, elegido o designado en oposición al oficialmente nombrado y en consecuencia oficialmente reconocido como verdadero papa.

Ahora bien, hay dudas sobre algunos antipapas, que quizá no fueron tales sino auténticos papas, por ejemplo, Dióscoro (530-530), Félix II (355-365), Celestino II (1124-1124) y los papas de las obediencias de Aviñón y de Pisa durante el Cisma de Occidente, y también hay papas de cuya legitimidad se duda, por ejemplo, León VIII (963-965), Silvestre III (1045-1045) y Gregorio VI (1045-1046).

E incluso ha habido algunos antipapas que llegaron a ser papas legítimos como Vigilio (537-555), san Eugenio I (654-657) y Sergio III (904-911).

Además es de destacar la actuación de san León IX (1049-1054), que cuando en diciembre de 1048 el emperador Enrique III de Alemania lo designó en la Dieta de Worms para suceder al papa Dámaso II en la Sede romana, no ignoraba que los romanos tenían su propio candidato, y quiso tener la seguridad de que el pueblo romano aceptaba de buen grado la elección que había hecho el Emperador de su persona como obispo de la Urbe, y de esta forma evitar en convertirse en un antipapa. A tal fin se presentó humildemente en la Ciudad Eterna descalzo y con hábito de penitente, y esperó discretamente a que el pueblo y el clero cumplieran los requisitos formales. Los romanos le aceptaron y aclamaron sinceramente.

Algo parecido hizo Honorio II (1124-1130), que consciente de la irregularidad de su elección y comprendiendo que su promoción había sido ilegítima, renunció a la suprema dignidad, porque prefería tener con derecho el obispado de Ostia, que no el Romano con injuria. Pero los cardenales confirmaron de buen grado su nombramiento, siendo consagrado después de haberse repetido pacíficamente la ceremonia de aclamación, contando con el consentimiento unánime de todos los miembros del Sacro Colegio.

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