Homilía del II Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: 1 S 3, 3-10.19; 1 Co 6, 13-15.17-20; Jn 1, 35-42

Dios llama. Aquí estoy, vengo porque me has llamado. En la 1ª lectura está la llamada que hizo Dios a Samuel y la respuesta de éste. Samuel muestra su disponibilidad para hacer lo que Dios le pida: Habla, Señor, que tu siervo te escucha. He aquí la esencia de la vocación: llamada por parte de Dios y respuesta afirmativa del llamado. La consecuencia es clara, está en el texto bíblico que hemos leído: El Señor estaba con él. Toda vocación que es una muestra de predilección por parte de Dios. La respuesta a la vocación divina es una respuesta de amor al amor que Cristo nos ha demostrado de manera sublime (Pablo VI).

La vocación no es producto del sentimiento ni fruto del noble deseo de emplearse en favor de los demás. Es una divina intromisión por parte de Nuestro Señor, que espera una respuesta de disponibilidad total. Quien responde que sí a la llamada de Dios encuentra el tesoro mayor, la perla preciosa, que da valor a todo lo demás, porque Él es la Sabiduría divina encarnada que vino al mundo para que la humanidad tenga vida en abundancia (Benedicto XVI).

Iniciativa divina. La llamada del Señor es un misterio que afecta a la vida de todo cristiano, pero que se manifiesta con mayor relieve en los que Cristo invita a dejar todo para seguirlo más de cerca. Quien es así invitado puede preguntarse: Señor, ¿por qué precisamente a mí? La respuesta está en el Evangelio: Jesús llamó a los que él quiso (Mc 3, 13). La iniciativa de la vocación es divina, y la vocación es un don gratuito al que se debe corresponder con la entrega de sí mismo.

En el evangelio se narra el encuentro de Andrés y Juan con el Señor, y después, cómo Andrés lleva a su hermano Simón a Jesús. Seguramente, Juan hizo lo mismo con su hermano Santiago; más tarde, fueron llamados al apostolado. Al igual que Jesús llamó a apóstoles, también hoy continúa Cristo llamando a muchos jóvenes a trabajar por Él, a trabajar con Él. Pidamos a Dios que los llamados sigan el ejemplo de los apóstoles: Pedro y Andrés al instante dejaron las redes y le siguieron; del mismo modo, Santiago y Juan al instante dejaron la barca y a su padre y le siguieron.

Perseverancia. La vocación es asunto divino y para siempre; una vez recibida, no se puede poner en duda con razonamientos humanos. Si es triste que se le dé a Dios una respuesta negativa, mayor tristeza causa los que imitan a Demas que, por amor a este mundo (1 Tm 4, 10), no perseveró. No hay desgracia en la vida de un hombre de Dios que pueda compararse a la pérdida de la vocación. Los que abandonan su vocación por egoísmo, tibieza, sensualidad… difícilmente sirven ya para trabajar por Cristo, salvo una nueva conversión. Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios (Lc 9, 62).

¿Cómo perseverar en la vocación? Creciendo cada día en el amor a Dios; profundizando más en ese regalo del Señor. De esta manera la vocación ganará en frescor y dará abundantes flores y frutos, porque irá adquiriendo mayor lozanía. ¡A ser en cada momento un poco más fieles! Y si en vez de un poco es un mucho, mejor… (Álvaro del Portillo).

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