Historia de los Papas. ¿Quiénes son los antipapas? (II)

Los antipapas, independientemente de si lo fueron o no, son los siguientes:

San Hipólito. En el año 217 no reconoció como verdadero papa a san Calixto I, y se erigió en jefe de un grupo cismático. Sus seguidores le nombraron papa. Hipólito continuó su cisma durante los pontificados de san Urbano I y san Ponciano. Junto a éste fue desterrado a las minas de sal de Cerdeña por el emperador Maximino el Tracio. Allí se reconcilió con Ponciano, y ordenó a sus partidarios: Manteneos fieles a la fe católica y restaurad la unidad. Murió mártir por la fe de Cristo en el año 235. La Iglesia celebra su memoria el 13 de agosto.

Novaciano. En el año 251, al sentirse postergado por la elección de san Cornelio, Novaciano acusó al nuevo obispo de Roma de laxismo y se alzó contra el legítimo sucesor de San Pedro, haciéndose consagrar obispo por tres obispos italianos. Arrastró al cisma a una buena porción de la Iglesia. Excomulgado por un sínodo romano en otoño del 251, se alejó de Roma en el 253 durante la breve persecución de Trebonio Gallo, perdiéndose su rastro. Se cree que murió en el 257 ó 258.

Félix II. Al ser desterrado el papa Liberio, el emperador Constancio nombró obispo de Roma al arcediano romano Félix. La mayoría del clero romano le reconoció como verdadero papa, no así los seglares, que masivamente se mantuvieron fieles a Liberio. Cuando regresó de su destierro Liberio, Félix fue desterrado a perpetuidad por el Senado y pueblo de Roma. Murió en Porto.

Ursino. Cuando murió el papa Liberio, año 366, se produjo una doble elección. Una se celebró en la basílica transtiberina de Julio, de la que salió elegido el diácono Ursino; en la otra, que tuvo lugar en la basílica de San Lorenzo in Lucina, eligieron al diácono Dámaso. El emperador Valentiniano I intervino desterrando a Ursino, aunque el cisma perduró. En el 380, un sínodo celebrado en Roma solicitó de nuevo la intervención imperial. El emperador -ahora, Graciano- se declaró abiertamente -como su antecesor- de parte del papa Dámaso I. Durante el reinado de Teodosio I, favorecedor del legítimo papa, fue desapareciendo hasta extinguirse el cisma de Ursino.

Eulalio. A la muerte de san Zósimo, ocurrida en el 418, surgió en la Iglesia de Roma un nuevo cisma. Al igual que en el cisma del 366, éste tuvo origen en una doble elección. Tanto san Bonifacio I como el arcediano Eulalio fueron elegidos por grupos distintos para que ocuparan la Sede de San Pedro. En un principio, el emperador Honorio reconoció a Eulalio, pero poco más tarde, al ser informado de la verdadera situación y de quienes participaron en cada elección, confirmó como verdadero papa a Bonifacio I. Eulalio fue expulsado de Roma, residió en Antium, y posteriormente fue designado obispo de Nepi.

Lorenzo. A finales del siglo V, en el año 498, cuando quedó vacante la Sede romana por la muerte de Anastasio II, se reunieron en la basílica liberiana, Santa María la Mayor, parte del clero de Roma y una mayoría de senadores que aclamaron al presbítero Lorenzo, del título de Santa Práxedes, como nuevo papa, sin tener en cuenta las normas y costumbres establecidas. Simultáneamente, en Letrán, una asamblea más numerosa, elegía al diácono Símaco para suceder al difunto Anastasio. Símaco y Lorenzo accedieron a someterse al arbitraje de Teodorico, rey de los ostrogodos. Teodorico falló a favor de Símaco, y Lorenzo acató la decisión, concediéndosele el obispado de Nocera in Campania. Tiempo después, Lorenzo pretendió de nuevo el solio pontificio, sin conseguirlo, y tuvo que retirarse de Roma definitivamente.

Dióscoro. El papa Félix IV había nombrado a su propio sucesor en la persona del arcediano romano Bonifacio. Y en efecto, cuando murió en el 530, el pueblo y el clero reunidos en la basílica de Santa María in Trastevere, proclamaron a Bonifacio como papa. Pero una parte del clero y del pueblo romano, celosos de sus prerrogativas, protestó de la irregular designación, y en la iglesia de Constantino elegían como obispo de Roma a Dióscoro, cardenal-diácono, antiguo legado papal en Constantinopla. El cisma duró poco tiempo -un mes- pues la muerte de Dióscoro puso fin a la división. Entonces Bonifacio II fue reconocido por todo el clero y pueblo de Roma. En el Anuario Pontificio se lee: Quizás puede sostenerse la legitimidad de Dióscoro, que murió 22 días después de su elección.

Pedro. En el año 686, a la muerte de Juan V, el clero reunido en la Basílica de San Juan de Letrán elegía al arcipreste Pedro como nuevo obispo de la ciudad. Mientras tanto, los magistrados y la milicia, congregados en la Iglesia de San Esteban in Rotundo, prefirieron elevar a la Sede romana al presbítero Teodoro. Ninguno de los dos fue papa, y además, Pedro tampoco figura en la lista de los antipapas, porque en realidad no lo fue. Como transcurría el tiempo y, a pesar de numerosas tentativas de conciliación entre los seguidores de ambos rivales, no se logró ningún acuerdo, se tomó la decisión de descartar a los dos -Pedro y Teodoro- y nombrar pontífice a Conón, que era un anciano de vida ejemplar. Éste fue aceptado por todos.

Teodoro. El papa Conón murió al año siguiente de ser elegido. Y de nuevo rebrotó la querella entre los diversos grupos a causa de la elección del sucesor del papa difunto. Otra vez Teodoro, con el apoyo de la milicia mostró sus aspiraciones y fue elegido por una pequeña porción del clero y del pueblo romano. Otro candidato era el archidiácono Pascual, que mediante una fuerte suma -cien libras de oro- consiguió ser elegido con el apoyo del exarca de Rávena, Juan Platin. Pero la mayoría del clero, arrastrando a los nobles y a una parte del ejército, decidió que ninguno de los dos era conveniente, y proclamó a Sergio, que pudo contar con la aclamación popular. Teodoro, al ver perdida su causa, y que la milicia le abandonaba, salió al encuentro de Sergio I y le reconoció como legítimo papa. Y de él nunca más se supo. Resulta indudable que no puede ser considerado como antipapa, pues en las dos ocasiones, la del 686 y la del 687, se sometió al papa legítimo -primeramente a Conón, y después, a san Sergio I-.

Pascual. Con la elección de Sergio I no se dio por vencido. Escribió al exarca de Rávena que fuera a Roma para que le ayudara en sus pretensiones. Platin acudió, pero al comprobar que Sergio I contaba con el favor de toda la población, reconoció a éste como legítimo papa. Pascual se negó a abdicar, siendo encerrado en un monasterio, convicto de magia y en el que murió sin reconocer al verdadero papa.

Constantino II. En el año 767, inmediatamente después de entregar el papa san Pablo I su alma a Dios, un grupo de laicos invadió el palacio Laterano para aclamar como papa a Constantino, que ni siquiera era clérigo. Esta elección,  realizada con el apoyo de Totón, duque de Nepi y hermano del elegido, parece ser que no fue conforme a las normas canónicas vigentes, aunque algunos autores la consideran válida. Constantino recibió todas las órdenes sagradas y tomó posesión de su cargo. Durante trece meses estuvo gobernando la Iglesia. Cabe preguntarse si fue verdadero papa. Para unos, sí; mientras que para otros fue un intruso, un usurpador. Constantino II fue depuesto el 30 de julio del 768 por el primicerio Cristóbal y su hijo Sergio, enemigos del duque de Nepi, ayudados por los lombardos de Waldiperto.

Baronio, en sus Annales Ecclesiastici, dice escuetamente: Arrojado el pseudo-Papa Constantino de la sede que había ocupado un año y un mes, y a la que había sido elevado sin ley ni justicia, dispuesto igualmente el cese de Felipe, en las nonas del mes de agosto (5 de agosto) fue elegido legítimamente y ritualmente, según lo prescrito en los sagrados cánones, Esteban, cuarto de su nombre, llamado por algunos tercero. Con la elección de Esteban III (IV), Constantino fue obligado a retirarse a un monasterio donde pasó el resto de sus días.

Felipe. Depuesto Constantino II, inmediatamente después, Waldiperto, deseando cumplir los deseos de Desiderio, rey de los lombardos, promovió a la silla papal a un presbítero llamado Felipe. Un cierto número de ciudadanos reunidos en el monasterio de San Guido aclamó a Felipe como pontífice. En el recorrido que iba desde su monasterio, del que era abad, hasta la basílica del Laterano, la muchedumbre no dejó de gritar: Felipe es quien ha sido elegido Papa por San Pedro. Y fue entronizado como papa. Pero el primicerio Cristóbal no quiso reconocer la elección de Felipe por considerarla anticanónica. Felipe, sin oponer resistencia alguna, el mismo día de su elección, regresó a su monasterio rodeado del respeto de todos.

Juan. Al morir Gregorio IV, en el 844, una parte del pueblo eligió para sucederle al diácono Juan, pero no obtuvo el reconocimiento del clero ni de la mayoría de los romanos, por lo que fue obligado a retirarse en un convento, a la vez que Sergio II era consagrado como legítimo papa.

Anastasio, el Bibliotecario. Anastasio era cardenal de San Marcos. Con el apoyo de los emperadores Luis y Lotario, se declaró sumo pontífice y entró en Roma con hombres armados apoderándose del Palacio de Letrán y haciendo prisionero al verdadero papa, Benedicto III. Pero la mayor parte del clero y el pueblo permanecieron fieles al legítimo pontífice, y Anastasio fue prontamente depuesto.

Cristóbal. Cardenal presbítero del título de San Dámaso y familiar del papa León V (903-903). Juzgando al Pontífice poco apto para gobernar la Iglesia, Cristóbal se apoderó violentamente de la Sede papal obligando a León V a retirarse al monasterio benedictino de Bandallo. Estuvo en la Sede de San Pedro seis meses. En enero del 904 el pueblo de Roma, que lo odiaba, permitió a Sergio, el electo en discordia del 898 cuando fue elegido Juan IX, regresar a Roma, adueñarse de Letrán, encarcelar a Cristóbal y ser proclamado papa con el nombre de Sergio III. León V y Cristóbal murieron poco tiempo después. Es curioso que este usurpador esté inscrito como papa -y no como antipapa- en varios catálogos de la historia del Pontificado y que esté enterrado en el Vaticano.

Bonifacio VII. Gobernaba la Iglesia Benedicto VI cuando se produjo una insurrección en Roma provocada por Crescencio. El Papa fue encarcelado en Sant’Angelo, donde murió asesinado, mientras el diácono Franco, que ya había disputado con Benedicto VI en la elección, era entronizado como nuevo papa con el nombre de Bonifacio VII. El usurpador, sin embargo, sólo pudo estar unas semanas ejerciendo de pontífice porque el pueblo de Roma, horrorizado por el asesinato de Benedicto VI, se rebeló contra Bonifacio VII. Éste, ante la entrada en la Urbe de un ejército imperial, se refugió en Sant’Angelo. El conde Sicco de Espoleto lanzó entonces su asalto a la fortaleza. El antipapa logró escapar, llevándose parte de los tesoros de la Iglesia y ponerse a salvo en territorio bizantino. En Constantinopla estuvo oculto cerca de diez años

Para cubrir la sede vacante fue elegido el obispo de Sutri, que tomó el nombre de Benedicto VII. A la muerte de éste, en el 983, subió al solio pontificio Pedro Canepanova, que era vicecanciller del emperador Otón II en Italia y obispo de Pavía. Tomó el nombre de Juan XIV. Pero apenas elegido -aún no llevaba tres meses gobernando la Iglesia-, Otón II murió. Circunstancia que aprovechó Franco -Bonifacio VII- para presentarse en Roma y, esta vez con el apoyo de Crescencio y de grupos activos disidentes, encarcelar al Papa en Sant’Angelo, que también fue asesinado por orden del usurpador. Tampoco esta vez estuvo mucho tiempo ocupando la Sede romana, pues al año moría asesinado. Toda una pesadilla había terminado con la muerte del antipapa Bonifacio VII, asesino de dos papas.

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