Homilía del IV Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: Dt 18, 15-20; 1 Co 7, 32-35; Mc 1, 21-28

Proclamación de la Palabra. El Señor, tu Dios, suscitará de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo. En Jesús se cumple esta profecía de Moisés. Él es el Verbo encarnado, la Palabra del Padre. A Él habéis de escuchar. En la Transfiguración del Señor también se nos dice: Escuchadle. Cristo es la plenitud de la Revelación. Jesús es la Palabra que debe ser proclamada. En Él Dios ya nos tiene dichas todas las cosas, ya nos ha revelado todo. Pone san Juan de la Cruz en boca de Dios: Pon los ojos sólo en Él (Jesucristo), porque en Él te lo tengo todo dicho y revelado, y hallarás en Él aún más de lo que pides y deseas. Todo está ya revelado en Cristo: Dios no tiene más cosas de que manifestar.

Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a plena luz; y lo que escuchasteis al oído, pregonadlo desde los terrados (Mt 10, 27). Estas palabras de Cristo dichas a sus apóstoles, también están dirigidas a la Iglesia. Hay que proclamar en voz alta la doctrina del Señor, para que su verdad llegue hasta el último rincón del mundo. La Iglesia tiene la misión de propagar el Evangelio por toda la tierra y enseñar la verdad revelada por Dios.

Adhesión a la doctrina. Solamente a la Iglesia se le ha encomendado el oficio de interpretar auténticamente lo que Dios ha querido revelar a los hombres. Y esta tarea la ejercita en nombre de Jesucristo. Por eso, nadie se puede apartar de sus enseñanzas sin peligro de perder la fe. Existe la obligación de conocer bien la doctrina cristiana. Especialmente hay que dar a conocer lo que dice el Magisterio de la Iglesia sobre temas de candente actualidad, como los que se refieren al carácter sagrado de la vida humana y su defensa; la dignidad del matrimonio, recalcando su unidad y su indisolubilidad; el fin sobrenatural de la Iglesia; la santidad del sacerdocio; la incomparable grandeza del Sacramento de la Eucaristía; el valor de los sacramentos…

La fidelidad a Cristo lleva consigo aceptar con docilidad las enseñanzas de la Iglesia. No sería fiel a Cristo quien se dejase arrastrar por doctrinas e ideologías contrarias a la doctrina expuesta por la Iglesia.

Programa de vida. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras. Y es que el mensaje que Cristo trajo al mundo es un programa lleno de vida que da solución a los problemas de la vida y libera al hombre de las cadenas del pecado. En él se descubre la grandeza de la propia humanidad. La doctrina cristiana eleva al hombre y lo lleva hacia Dios; abre la esperanza y la posibilidad de construir una sociedad mejor basada en la justicia, en el amor, en la paz y en la solidaridad de todos.   

¿Qué nueva es esta doctrina?, se preguntaban los que oyeron las palabras del Maestro. Es una doctrina que hace entender la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 6), que habla del valor del esfuerzo y del sacrificio. Además, encarece trabajar por aliviar sufrimientos y dolores, y a abrirse a las necesidades de todos los seres humanos, aunque ello implique esfuerzo y sacrificio. Es un mensaje que salva.

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