Homilía del VII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Lecturas: Is 43, 18-19.21-22.24-25; 2 Co 1, 18-22; Mc 2, 1-12

Misericordia de Dios. Si he borrado tus crímenes, y no he querido acordarme de tus pecados, ha sido únicamente por amor a mí mismo. En la 1ª lectura Isaías se refiere a los pecados de Israel, y cómo éstos son borrados por Dios. Queda manifiesta la infinita misericordia de Dios. Todo pecado es rechazo del amor paterno de Dios, ofensa a Dios, desagrada a Dios. Pusiste sobre mí la carga de tus pecados, y me cansaste con tus iniquidades. El misterio de la redención está, en su misma raíz, unida de hecho con la realidad del pecado. La salvación de la que habla la divina Revelación es, ante todo, la liberación del pecado.

El sacrificio de la cruz nos hace comprende la gravedad del pecado. Dios ama a su criatura, al hombre, y aunque le ofenden profundamente los pecados, no por eso deja de amarle. Lo ama también en su caída y no lo abandona así mismo. Lleva su amor hasta el extremo de entregar a su Hijo al sacrificio redentor del Calvario. Cristo lleva sobre sí los pecados de toda la humanidad. La misericordia de Dios es tan grande, que el mismo Dios se hace Niño en Belén, Pan en el Sagrario y Reo en la Cruz, para que el hombre alcance su salvación.

El sacramento de la Penitencia. Hijo, tus pecados te quedan perdonados. En el evangelio vemos cómo Cristo perdona los pecados del paralítico. Vino a la tierra para quitar el pecado del mundo. La pregunta que se hacen los escribas –¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?– es lógica. Si los pecados son ofensa a Dios, sólo éste puede perdonarlos. Y precisamente, porque Jesucristo es Dios perdona los pecados. Además, transmitió este poder de perdonar los pecados a su Iglesia: A quienes perdonéis los pecados, les son perdonados (Jn 20, 23).

Antes de la Última Cena, Jesucristo lavó los pies a sus Apóstoles. Él, en el sacramento de la Penitencia, lava nuestra alma, con el baño de su amor, que tiene la fuerza purificadora de limpiarnos de la impureza y de la miseria. Lava nuestros pies sucios, para que podamos ser admitidos a la mesa de Dios, para hacernos dignos de sentarnos a su mesa, algo que por nosotros mismos no podríamos ni deberíamos hacer jamás (Benedicto XVI).

Participar en la mesa de Dios. ¿Cuál es la mesa del Señor? Podemos referirnos a la mesa del banquete eucarístico, donde recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Para acercarse a comulgar hay que estar limpios. Nunca nadie podrá recibir la Comunión con toda la dignidad que el Señor se merece, pero Cristo instituyó la Eucaristía para que pudiéramos recibirle a pesar de nuestras miserias y flaquezas, siempre que se tenga el alma limpia de pecados mortales.

También el Cielo suele representarse como un banquete, al cual hay que acudir vestido con el traje de fiesta. Por tanto, también es necesario -si se ha tenido la desgracia de pecar gravemente- purificarse en la Confesión para participar del banquete celestial. Preguntémonos: ¿Me confieso lo antes posible después de haber ofendido a Dios? ¿Me acerco a la Sagrada Comunión lo más limpio posible, con el alma en gracia?

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