Homilía del I Domingo de Cuaresma (Ciclo B)

DOMINGO I DE CUARESMA (B)

Lecturas: Gn 9, 8-15; 1 P 3, 18-22; Mc 1, 12-15

Una invitación a la conversión. El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio. Con estas palabras comienza Jesucristo su predicación. La nueva etapa de la Historia de la Salvación, la llegada del Reino de Dios que trae consigo la obra redentora de Cristo, exige un cambio radical en la conducta del hombre hacia Dios. Es una invitación a la conversión. La Redención es una intervención salvífica especial de Dios a favor de los hombres, que implica, a su vez, una exigencia de que éstos se abran a la gracia divina y se conviertan.

La conversión es necesaria dada la condición pecadora de la humanidad tras el pecado original. Para recibir la salvación que Cristo trae, la llegada del Reino, todos los hombres necesitan hacer penitencia de su vida anterior; esto es, convertirse de su caminar alejándose de Dios a un caminar acercándose a Él. Puesto que medio está el pecado, no hay posibilidad de dar la vuelta hacia Dios sin conversión, sin  penitencia.

Un “reencuentro” con Dios. La conversión no se reduce a buen propósito de la enmienda, sino que es un cambio radical de la existencia por medio de un comportamiento nuevo, que nace de querer compartir todo con Jesucristo. En realidad toda la vida del hombre es una incesante rectificación de su conducta -comenzar y recomenzar, hacer de hijo pródigo-, y por tanto implica un continuo hacer penitencia. Ya en el Antiguo Testamento, la conversión había sido predicación constante de los Profetas; pero ahora, con la venida de Jesucristo, esa conversión y penitencia se hacen absolutamente indispensables. Que Cristo haya cargado con nuestros pecados y padecido por nosotros no exime sino que exige de cada uno una conversión verdadera.

La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno a medida del Creador y Padre: el amor, al que “Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo” es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del “reencuentro” de este Padre, rico en misericordia (Juan Pablo II).

Tiempo propicio. El miércoles de ceniza comenzamos la Cuaresma. Decir Cuaresma es decir camino de conversión. Si cada día es buen momento de conversión, la Cuaresma, con sus llamadas apremiantes y la abundancia de ayuda del Cielo, nos empuja suave y fuertemente hacia esa meta. San Pablo nos amonesta: “en nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios” (Mons. Javier Echevarría). Una conversión honda que se debe manifestar en propósitos firmes de lucha interior y de mejora.

La Iglesia, como Madre y Maestra, no se cansa de proponer a los hombres la reconciliación, y no duda en denunciar la malicia del pecado, en proclamar la necesidad de la conversión, en invitar y pedir a los hombres “reconciliarse con Dios”. Hablar de reconciliación y conversión es necesariamente hablar del sacramento de la misericordia divina, que es la Confesión.

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