Homilía del domingo IV de Cuaresma (Ciclo B)

DOMINGO IV DE CUARESMA (B)

Lecturas: 2 Cro 36, 14-16.19-23; Ef 2, 4-10; Jn 3, 14-27

Juicio particular. Tanto en la 2ª lectura como en el pasaje evangélico se hace referencia a la misericordia de Dios, pues estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo (…). Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras. San Juan recoge las palabras de Jesús a Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. También Cristo habla de un juicio, en el que se retribuirá a las personas según sus obras.  

Está establecido que los hombres mueran una vez, y después de esto el juicio (Hb 9, 27). Meditemos la realidad de este novísimo. Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre (Catecismo de la Iglesia Católica).

Examen diario. Para que no haya sorpresas desagradables a la hora del juicio es muy conveniente examinar diariamente la propia conciencia. Examen. -Labor diaria. -Contabilidad que no descuida nunca quien lleva un negocio. ¿Y hay negocio que valga más que el negocio de la vida eterna (San Josemaría). Hay que saber en todo instante cuál es el estado de nuestra alma. Si resulta que está manchada con algún pecado, la limpiamos cuanto antes en el sacramento de la Penitencia. Pues si confesamos nuestras faltas y pecados con verdadero arrepentimiento el mismo Dios nos los perdonará.

Si durante nuestra existencia terrena hemos vivido según las enseñanzas de Jesucristo, el Señor nos recibirá con un gran abrazo y nos introducirá en el Cielo. Y qué ciertas resultarán las palabras de san Juan de la Cruz: Al atardecer de nuestra vida seremos juzgados en el amor.

Juicio final. Jesús anunció en su predicación el Juicio del último día. Cuando el Hijo  del  hombre  venga  en  su gloria y todos los ángeles con Él, se sentará sobre su trono de gloria, y se reunirán en su presencia todas las gentes, y separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda (Mt 25, 31‑33). Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino. Jesús dirá en el último día: Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis (Mt 25, 40).

En el Avemaría le pedimos a la Virgen María que ruegue por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Confiamos en su ayuda en ese trance fundamental de nuestra existencia. Y también la invocamos -en la Salve- Abogada nuestra. Ella presentará a su Hijo nuestras buenas obras en el momento en que seamos juzgados. Por eso la llamamos también Esperanza nuestra.

 

 

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